jueves, 22 de enero de 2009

Vuelo de primavera

Tenue volar de mariposas lábiles.
Noche plagada de destellos azules.
Ángeles ciegos que no acuden a la cita
por temor a encontrarte aún desnuda.

Hay un rumor de manantiales claros
y una graciosa flor que se acomoda
entre las piedras de mis desvaríos,
para ceñirse el traje de la despedida.

Suenan violines, nace la aurora,
cantan a dúo los pájaros y el cielo.
Bebo en tu cántaro de miel y espero
que el sol de la mañana no te lleve.

Pero es inútil: soy invierno y frío.
Nada es capaz de detener tu vuelo.
Surges de pronto, debajo de la nieve
y es imposible pedirte que te quedes.

¡Déjame entonces! Vete, si quieres.
Tú eres la fértil. Yo soy la espera.
¡Qué no permita Dios que este capricho
deje sin germinar la primavera!

Lucio

domingo, 28 de diciembre de 2008

Andares

Desde lo alto de la loma, el pueblo parece adormecido.
Desciendo y lo bordeo.
Existen infinidad de entradas.
Elijo una y la traspaso naturalmente, como si fuera de la casa.
Un perro se incorpora, ocupa el rol de anfitrión. Solitario deambula. Me ha visto.
Se dirige hacia, mí describiendo círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta ubicarse a una distancia prudencial.

Su mirada es profunda y persistente. Se vuelve a echar.
Atemporal es la palabra que viste al entorno.
Envolvente, otra que le da cuerpo a mi sentir. Mi estado esta acorde. A tono con el lugar. Me hospeda.
La única melodía presente es la ejecutada por el viento.
Algo me impulsa y comienzo a recorrerlo.
Las calles están dispuestas en forma circular. La mayoría se solapa y las casas siguen el mismo patrón. Conforman una extraña geografía y un andar paradójico.
Pirata, así se llamaba el perro de Ana, compartía el mismo calvario que mi eventual compañero. Ambos carentes del ojo izquierdo.
Detengo mi marcha sin saber por qué.
El viento calma y escucho el crepitar de las hojas.
Ahora yace sentado a mis espaldas.
Se parece bastante al de Ana...
Retomo el camino. Me sigue .lo sigo. Mis dudas también.
Por algún extraño motivo me dejo guiar.
Parece un juego que alguien dispuso para mí.
Una señal ó simplemente un espejismo creado para preservarme y no terminar alienado.
Hubo un tiempo….
Es tarde…, perdí mis referencias y estoy a la deriva.
No es algo pasajero ó coyuntural. Es definitivo.
Ana y Pirata, habían vuelto a ocupar mis pensamientos de un modo fragmentario. “La memoria guardará lo necesario, ella sabe de mi mas que yo y no desecha lo que merece ser salvado “, decía Eduardo. Celebro su rescate en silencio. Me lo había ganado. No tenía cuentas pendientes.
Pirata se adelantó - me marca el camino. Su andar es tortuoso, pero avanza, siempre avanza.
Lo enigmático de las paradojas descansa en su incertidumbre. Sus pliegues. Cuando los extremos se tocan.
Estoy en paz.
Pirata se sienta a mi lado, lo acaricio.
Ya no hay camino.
Solo este inesperado, inexorable, sembradío de cruces.

Raúl Menéndez

domingo, 2 de noviembre de 2008

Momentos

Llegó al amanecer.

Abrió la puerta de rejas quebrando el silencio y la quietud que prevalecía en el lugar.
Luego traspuso el jardín y se detuvo bajo la arcada, a un costado del imperturbable macetón con malvones.

Recorrió su forma con la punta de sus dedos hasta encontrarla.

Procedió a introducirla en la gruesa puerta de madera que oficiaba de entrada principal.
Encendió luces a su paso.

Subió las persianas y desplazó ligeramente las ventanas que daban a la parte posterior de la casa.

De inmediato comenzó a percibir una agradable y conocida melodía natural que lo invitaba sutilmente a recorrer el parque.

Todavía era demasiado temprano.

Primero tenía que cerciorarse de que todo estaba a la altura de las circunstancias.
Durante la noche no había podido conciliar el sueño.

Una sensación de agobio brotaba de su interior.

Se acercaba la hora.

La casa tenía una distribución cerrada, nada especial. Los dormitorios, el living comedor, la cocina y el baño desembocaban en un pasillo común ubicado en el centro de la misma.

Aunque el hombre había experimentado que a veces la distancia entre alguno de estos lugares era tan grande que se perdía.

En otras circunstancias bastaba solo un giro ó unos pocos metros para que se encontrara ante un escenario completamente nuevo.

Al principio fue casi imperceptible, más tarde se extrañó.

Ahora le resultaba extraordinariamente natural.
La constante eran los viajes. Había temporadas en que algunos parroquianos venían de muy lejos y todo se bañaba de amarillo.

Se presentaban a menudo, pero rara vez se juntaban.

Sin embargo este encuentro era crucial.

En ocasiones las habitaciones crecían y crecían conforme se habitaban y su tonalidad cambiaba al verde, envolviendo a la belleza por venir.

En cuanto a sus paredes de ladrillos, no diferían de cualquier otra pared, pero si se observaba con detenimiento, guardaban una similitud notable con las arrugas que denotan el paso del tiempo.
Alguna de ellas emergía de lo profundo tomando forma de cicatriz.

Lo verdaderamente curioso era que tenía una extraña capacidad de almacenar sentimientos.
Pequeñas y grandes alegrías, sentidas pérdidas, fogosos deseos, profundas frustraciones.
Algunas veces las voces anunciaban su presencia, otras surgían explosivamente, como la risa franca, llena.

Acompañaban, siempre acompañaban latiendo al ritmo de sus habitantes.
En tanto la cocina ocupaba un lugar de privilegio, su peculiar aroma seducía y su expansión no conocía límites; hasta el silencio pasó a ser un huésped más, y luego por su persistencia fue tomando hegemonía.

Poco a poco fueron llegando hasta que estuvieron todos.

Por un instante la casa recuperó su bullicio habitual.

Solo faltaban ellos.

Entonces un sonido agudo llegó del exterior y repercutió en el vacío circundante.

El hombre observó por la ventana.

Eran ellos.

Les hizo señas mientras buscaba las llaves; entonces comprendió que el momento había llegado, se dirigió con pasos cortos en dirección al fondo de la casa.

Le pareció escuchar un murmullo, luego risas contagiosas, sanas, inconfundibles cuando la infancia juega.

Siguió decididamente hasta el umbral que delimitaba el mosaico con el pasto.

El día estaba despejado y calmo. Esperándolo.

Se paró y comenzó a recorrerlo palpando cada planta del lugar.

Todas estaban de pie, en señal de respeto. El sentimiento era mutuo. Cada una en su lugar, tan natural como anárquicas.

Se detuvo a escasos metros del sauce. Lo acarició –como se acaricia a los hermanos de la vida.
Posó sus manos en la tierra una vez más.

Se incorporó y prosiguió su recorrido con pasos lentos y armoniosos, haciendo inevitable su semejanza con una vieja danza oriental.

Desde lo alto de un pino vecino lo observaba el venteveo.

El pájaro lanzó su canto de bienvenida - como de costumbre. El hombre levantó la vista a modo de respuesta, se retiró como había llegado, en silencio.

De pronto se detuvo, giró, respiró profundo y echo una larga mirada.

Inmediatamente volvió a girar y se dirigió sin detenerse hasta antes de llegar a la puerta de entrada.

Paró, se compuso y con paso decidido, avanzó hacia la pareja joven que ansiosamente lo esperaba.

Sintió que sus fuerzas lo abandonaban; sin embargo puso su mejor sonrisa, entregó las llaves y estrechó fuertemente sus manos.

Se alejó caminando, previo saludar al joven que descolgaba el cartel. Era mediodía. Las calles estaban desiertas.

Otra partida.

Otra llegada.

Otro refugio.

Sintió entonces que de eso se trataba el viaje.
Solo de pasos y de paradas.

RAUL

lunes, 8 de septiembre de 2008

Algo habrá hecho...

Para Laura, las noches de los domingos tenían un olor especial. Sabían a pucherito humeante y a esperar sentadita a la mesa, junto a su papá Hugo, a que empezara “Polémica en el bar”, su programa favorito. Las ocurrencias de Minguito Tinguitella la hacían reír a carcajadas.
Después de cenar y levantar los platos, completaba su tarea, mientras su mamá planchaba con almidón el uniforme del colegio religioso al que concurría.

Ese domingo, 16 de junio de 1977, y con sus 11 años recién cumplidos, Laura nunca más iba a saber de risas ni de mesas domingueras y, lo que fue mucho peor, nunca más volvería a ver a su papá ; un hombre noble, buenazo, de mirada transparente.

Hugo era sindicalista metalúrgico. De esos trabajadores que se levantaban todos los días a las cinco de la mañana y volvían a su casa a las ocho de la noche. Un luchador de los derechos de sus compañeros de fábrica. Jamás callaba lo que pensaba, sin darse cuenta que, por aquellos tiempos en la Argentina, era muy peligroso pensar, luchar y, por sobre todo, hablar.

A Teresa, la mamá de Laura, no le interesaba demasiado la política y sólo escuchaba a su marido con atención. Pasaban sus días con un ritmo rutinario, bello, amable.
Sentada junto a él, compartiendo un licor de café al cognac, lo admiraba y sentía - más allá de la humildad de su hogar- que todo estaba como debía ser. Ese domingo hacía frío. La estufa estaba prendida, y Pucho, un perro callejero que habían adoptado, dormía plácidamente frente a ella.
El puchero estaba en la mesa, y los actores de “Polémica en el bar”, ya se encontraban reunidos para entretener a los televidentes un domingo más.

A las nueve en punto de la noche, golpearon la puerta de la casa, con una fuerza, que la familia pensó que la derribarían. No se equivocaron. La puerta se vino abajo y, tras ella, irrumpieron tres hombres con escopetas en las manos. Decididos a todo.

Teresa les imploraba, aterrada, que no les hicieran daño; Laura lloraba apretando los dientes y las manos; y Hugo, con la boca abierta y de pie frente a ellos, comenzó a gritarles sin miedo, con firmeza, que se fueran.

En la memoria de Laura quedaron grabados para siempre aquellos gritos. Los ruidos de los adornos que estallaban en el suelo del comedor. Los insultos. La silueta de su madre arrodillada rezando en voz alta un Padre Nuestro. Lo último que pudo ver fue a uno de esos hombres que la miraba fijamente, mientras encapuchaba y arrastraba a su padre a la calle. Madre e hija quedaron confundidas mirando por la ventana cómo el Ford Falcon verde partía. Nunca supieron hacia dónde.

Se abrazaron y lloraron toda la noche sin decir una sola palabra. Laura jamás olvidaría ese domingo de junio. Como tampoco olvidaría esos ojos negros, penetrantes, que casi con burla la miraban. Pasaron toda la semana en una confusión terrible. La desaparición de Hugo les era incomprensible.
Teresa desesperada llamó por teléfono a un compañero de su marido que, sabía, era abogado. El Dr.Verdini, la atendió de mala gana, pero le aconsejó y ayudó a presentar un “Habeas Corpus en la comisaría más cercana”.

Ella lo hizo. Parada frente al oficial de policía, con los papeles en la mano, se sentía desolada. El maltrato que recibió y las miradas punzantes, acusadoras, hicieron que la mujer, después de la presentación, huyera- porque ése es el término exacto- huyera corriendo, sintiéndose perseguida, señalada.

Cuando llegó a su cuadra caminó más despacio. Todavía estaba agitada. Pensaba. No podía parar de pensar… Entonces se dio cuenta que sus vecinas y amigas del barrio no habían preguntado nada. Tampoco la fueron a visitar, a consolar y, en el almacén de don Ángel, recordó haber escuchado - casi como un susurro- “y…algo habrá hecho”. Sin poder controlarlo, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Con un nudo inmenso en el pecho pero con el corazón colmado de esperanzas, el domingo siguiente, se sentaron las dos en la mesa. No prendieron la tele, y a las nueve de la noche, con el tenedor y el cuchillo en la mano, Laura lloró a los gritos porque sintió dentro suyo que su padre no regresaría; como tampoco su perrito Pucho, que había escapado en el alboroto y nadie se había dado cuenta.

Al otro día iría al colegio. Eso la ponía un poco mejor. Su amiga Stella la estaría esperando; como también sus maestras. De alguna manera le haría bien que la abracen en silencio, que no hicieran preguntas. Porque ella no tenía respuestas. Sólo podía decir que unos ojos fríos y llenos de maldad le habían insinuado lo peor que pudiera pasarle: no estar más con su papá. Caminó nostálgica con su uniforme y portafolios hasta la puerta de la escuela. Sus trenzas terminaban en dos moños blancos impecables. La Madre Superiora la recibió con una sonrisa que- a su entender- le pareció algo exagerada. La llevó a su despacho, donde Jesús crucificado la miraba desde un cuadro inmenso que colgaba en la pared, y la invitó a sentarse.

Con voz calma pero inconmovible dijo: “Laura, siento mucho la desaparición de tu padre; pero debes entender que por algo suceden las cosas y Dios siempre es justo. Si tu padre jamás abandonó el camino que Jesús nos ha marcado, volverá pronto; y si no sucede así, deberás entender que son pruebas que debemos enfrentar para fortalecer nuestra alma con resignación y obediencia.”

Laura cerró los ojos y escuchó, casi con desgano, que terminaba su discurso: “…a tus compañeros no les hables del tema. De “eso” en este establecimiento no se habla. Tu maestra te revisará el portafolios todos los días. No lo tomes como un agravio, simplemente debemos saber qué lectura llevas contigo. Puedes ir con Dios.”

Laura poco entendió de todo eso. Había fantaseado con que la Madre Superiora la tomaría entre sus brazos y le diría “yo te ayudaré, rezaremos juntas una plegaria a Dios”.
Obedientemente salió del despacho, subiendo sus hombros, como queriéndose decir a ella misma, que ya nada importaba, que lo único que le interesaba era que su papá apareciera. Y eso debía suceder así, porque esos hombres malos fueron los que perdieron el camino de Jesús. Su padre- estaba segura- caminaba por el mismo sendero de siempre.

Cuando llegó al aula, sintió un silencio que la hizo estremecer. Buscó con la mirada los ojos de Stella. No los podía encontrar. La maestra la hizo pasar gentilmente, con esa sonrisa que encerraba la misma artificialidad que había notado en la Madre Superiora. Le pidió permiso para revisar su portafolios y Laura notó que se quedaba con la libretita donde tenía los nombres y direcciones de sus compañeros. Sin darse cuenta, apretó tan fuerte una goma, que la terminó partiendo.

En el banco de Stella, que estaba al lado del suyo, no había nadie. El vacío era tan grande que sintió que terminaría por llenarlo con lágrimas. Éstas salían a borbotones de sus ojos sin control.
Todos los días, desde entonces, Laura sintió el aislamiento de sus compañeros y maestras.
A veces en los recreos se sentaba en el patio de la escuela y conversaba con Marisa, una nena de séptimo grado de tez negra, que, como ella, estaba sola, y compartían la merienda en silencio. Marisa le tomaba la mano y las dos se sonreían.

Después de algunos meses de tristeza, de indiferencia, Laura estaba ansiosa porque sonara la campana que la haría volver a su casa. Cuando por fin sonó, se puso un poquito contenta, guardó sus útiles y salió. Caminó despacio. Los árboles estaban comenzando a florecer y sabía que, cuando llegara, Pucho no la recibiría ladrando como siempre. Eso hizo que el dolor volviera a invadirla con más fuerza. Encontró a su madre en la cocina, bordando un pañuelo blanco. Pudo leerlo casi al descuido. Era el nombre de su padre. Laura creyó que la cabeza le estallaría en mil pedazos. Dos palabras salieron sin querer de su boca “¿Para qué?”.

Teresa levantó la vista, dejó el bordado y le explicó que a partir del jueves próximo iba a dar vueltas a la Pirámide de Mayo junto con otras mujeres, madres, abuelas y esposas de desaparecidos. “Lo hacen en busca de respuestas, en silencio, con un pañuelo blanco en la cabeza, donde está bordado el nombre del ser querido que no pueden encontrar”.Con una bella sonrisa, la invitó a danzar junto a ellas. Laura sintió una bronca que le golpeaba contra el pecho y hacía que su corazón latiera a un ritmo descontrolado. ¡Todo lo que había vivido en el colegio, y todavía su madre con esto de “girar” en círculo en la Plaza de Mayo!

Comenzó casi a gritarle, tratando de hacerle entender que por llevar un pañuelo blanco y girar nada más, su padre no aparecería. Que ella quería luchar, que sentía odio y vergüenza, que en la escuela la discriminaban todos y no entendía porqué. Que el otro día, a la salida de la escuela, la mamá de Stella agarró la mano de su hija y salieron como si se las llevara el demonio.
Teresa suspiró hondo, le acarició las mejillas mojadas y trató de explicarle que ella estaba luchando por su padre, pero desde otro lugar. Tratando de vaciar su corazón de odio. Llenándolo de comprensión y sabiduría. Que todo sentimiento de rencor y venganza no la llevarían a nada, más que a engendrar más odio. Girar en la plaza era una manera pacífica de manifestar su inmenso dolor, y que, a la vez, las vería el mundo entero.”Es una manera de hacer algo, hija”.
Cuando Laura se fue a dormir, no lograba conciliar el sueño. Sentía miedo. Miedo de que la vieran la Madre Superiora y sus compañeras de escuela, girando, con un pañuelo en la cabeza. Pensarían que estaba loca, que su madre también había enloquecido… Miedo, mucho miedo, de que- al verlas- “ellos” volvieran a buscarlas al domingo siguiente.
Cuando llegó el día jueves, Laura se sintió diferente. El miedo se había disipado, y las palabras que le había dicho su madre le daban una fuerza que ni ella misma entendía. Fue como soltar una mochila que llevaba en la espalda y poder caminar más liviana. Primero giró alrededor de la Pirámide, de la mano de su mamá, con la cabeza gacha, como con vergüenza. Cuando tuvo el valor de levantarla, escuchó las risotadas de unos oficinistas que caminaban por la plaza. Entonces apretó fuerte la mano de su madre. La miró, y se enorgulleció de ver un rostro con una mirada altiva, triste, pero segura. Lloró en silencio. Por su padre, por su madre, por tanta incomprensión que había tenido que aprender a soportar a sus 11 años. Por la Madre Superiora. Por Pucho, que lo extrañaba horrores. Por la vida misma que, sentía, le dolía en cada paso que daba.

Los meses pasaron. Todos los jueves sin decirse nada, con total complicidad, tomaban el subte “A” y giraban, gritando en sigilo tanta impotencia. Y, aún así, ese silencio era escuchado. A veces con insultos, otras con corridas, con nuevas desapariciones. Pero manteniendo intactas las mismas convicciones. Sin odios, ni resentimientos, ni venganzas. Ni siquiera el recurso a la voz para exigir “¡Justicia!”. Cuando llegó noviembre y también la finalización del año escolar, Teresa acudió orgullosa al colegio de su hija. Pero esa alegría se desvaneció rápidamente cuando, al verla, la Madre Superiora la invitó “a conversar”.

En su despacho, y otra vez con el cuadro de Jesús como testigo, le comunicó con pocas palabras que no había vacante para su hija el año próximo. Que no lo tomara a mal, que Dios y otra vez Dios, las guiaría hacia el camino correcto. Que ese establecimiento no la podía albergar, “porque el alumnado había estado preguntando” y bla, bla, bla, bla. Teresa le sonrió, se levantó torpemente y salió de esa escuela dándose cuenta cuánto se había equivocado al haberla elegido. Tratando de olvidar ese triste episodio para siempre.

Pasaron los años. El tiempo no se detiene. Camina para algunos, corre para otros; pero continúa, indefectiblemente. Con un sol que nace todos los días y se esconde a la noche, para renacer otra vez, en cada uno, con la misma calidez. Laura creció. Se hizo una bella mujer, por dentro y por fuera. A Teresa ya no la tenía. Había partido cuando llegó la democracia a la Argentina y pudo al fin sentirse en paz, sabiendo que su hija era un ser íntegro, libre de odios y venganzas. Fue una mujer que prefirió descansar con la grandeza de aquellos que han sufrido mucho y, aun así, saben perdonar. A Laura los médicos le dijeron que “se había ido apagando como una velita”. Y ella también lo creía así. Se convirtió en una maestra jardinera- ésas que los chicos no pueden olvidar- y era feliz en ese mundo de inocencia.

Todos los días iba a su trabajo con alegría. Tomaba el colectivo y luego de una hora de viaje, se bajaba. El trayecto lo hacía, a veces leyendo, otras, escribiendo informes.
Pero esa mañana de abril tenía su cabeza en blanco. Miró distraída a los demás pasajeros y, entre sus caras, percibió una mirada que conocía muy bien. Negra, fría, penetrante.
Entonces recordó. Y, al hacerlo, tembló.

Era él, lo sabía. ¿Cómo no reconocer esos ojos? Los había visto tantas veces en sus pesadillas, en todos esos años de terapia…

No podía dejar de mirarlo. Él, en cambio, trataba de ignorarla. A partir de ese día Laura estaba obsesionada con volver a verlo, hablarle, preguntarle por su padre. Se sentía confundida.
Por momentos la asaltaban ráfagas de odio y, a su vez, las ansias inconmensurables de saber qué sucedió ese domingo oscuro de junio.

Varios meses transcurrieron. Todos los días siguió buscando - fascinada y a la vez aterrada- esa mirada. Esas respuestas que tanto necesitaba. Y la volvió a encontrar…

Una mañana cálida de primavera, cuando subió al colectivo, mientras sacaba boleto, lo vio. Estaba sentado solo en un asiento de dos, del lado de la ventanilla. El corazón le dio un vuelco.
Se sentó junto a él. Comenzó a mirarlo. Podía sentir su respiración, reconocer su olor, sus manos…

Sus manos eran lo que más la obsesionaban. Esas manos que habían tocado a su padre, ésas que estarían manchadas por siempre con su sangre. Las mismas que lo habían encapuchado, arrastrado, y también quizá…lo habrían matado. Tantos sentimientos encontrados: odio y venganza mezclados con perdón y compasión. Años de enseñanza que le había dado su madre. ¡Cuánto había imaginado y esperado ese momento! Y ahora lo tenía allí, sentado junto a ella…
Sin pensarlo -como un acto reflejo- tomó las manos de ese hombre, las puso entre las suyas y las besó, mientras lloraba desconsoladamente. Las besaba pensando que así sus lágrimas limpiarían la sangre derramada de su padre. Las besaba como un símbolo de perdón.
Las besaba, tan sólo las besaba. Y se sintió feliz. Bajó del colectivo sin mirar a nadie. Se secó las lágrimas con el pañuelo blanco bordado que siempre llevaba en su cartera, y supo entonces que, a un pasado doliente, uno puede o bien pasarle por arriba, o bien abrazarlo.

Y Laura pudo abrazarlo.
Alejandra Muente

FIN

domingo, 10 de agosto de 2008

BASES PREMIO NARRATIVA "GUADALQUIVIR· PARA AUTORES NOVELES 2008

Nos llegó ayer, y pensamos que podría ser del interés de nuestros lectores. Esperamos, les sea de mucho provecho.

Patricio/ AlexB/ Demian


BASES DEL PREMIO DE NARRATIVA "GUADALQUIVIR" PARA AUTORES NOVELES 2008

1.- Podrán concurrir a este Certamen cualquier escritor que no haya publicado ninguna obra de narrativa, con trabajos escritos en lengua castellana y en prosa.

2.- La temática y el contenido de los trabajos será libre, pudiéndose presentar más de un trabajo por autor.

3.- Cada trabajo deberá tener una extensión mínima de 200 páginas y máxima de 400, han de ser originales e inéditos, en Tipografía Arial, Times new Roman o Garamond, cuerpo 12 y con espaciado de 1,5.

4.- El plazo de admisión de los trabajos finalizará el domingo 31 de agosto.

5.- Los trabajos se remitirán cumpliendo los siguientes requisitos:

Se enviarán a través de la página Web http://www.premioguadalviquir.com/siguiendo las instrucciones que allí se indican.
Se enviarán dos archivos: uno con la obra que se deberá titular como la misma y otro con la plica que se llamara "plica [titulo de la obra]" en la que deberán figurar los siguientes datos: nombre y apellidos, nacionalidad, direccion, teléfono y cuenta de correo electrónico.

6.- El jurado calificador estará compuesto por 5 miembros cualificados de los que tres serán designados por la editorial y dos por la Escuela Andaluza de Escritores (http://escribes.es/). Dicho jurado emitirá el fallo, que será inapelable, en un acto público que se celebrará antes del viernes 31 de octubre.

7.- Los autores galardonados comprometerán su asistencia al Acto público, en cuyo transcurso harán una breve presentación de sus trabajos, recibiendo los premios que les correspondan.Ante la ausencia del interesado, este podrá delegar en otra persona autorizada por él, la cual portará documentos acreditativos del autor. Faltando ambos, el premio se considerará desierto.

8. El premio consistirá: para el primer premio, la publicación de la obra por parte de RD Editores en una colección creada a tal efecto. De la misma manera firmará un contrato de edición con dicha editorial de donde se devengaran anualmente las liquidaciones en concepto de derecho de autor.

9.- Todos los trabajos originales, quedarán en poder de la editorial para su posterior publicación, si procede. En caso de ser publicado deberá constar, el premio obtenido y una mención a la Escuela Andaluza de Escritores y RD Editores.Los trabajos no premiados serán destruidos a los tres días del fallo del jurado.

10.- Si de todos los trabajos presentados, ninguno de ellos tuviera la suficiente calidad requerida por el jurado Calificador, este podrá declarar el primer premio desierto, al igual que los finalistas.

11.- El hecho de tomar parte en el Premio de Narrativa "Guadalquivir" para autores noveles supone el conocimiento y total aceptación de estas bases.

Composición del Jurado del Premio Guadalquivir de narrativa para autores noveles.

Presidente : Rogelio Delgado Romero (Director General de RD Editores)

Jurado : Pablo Rodríguez Balbontín
Licenciado en Teoría de la literatura y literatura comparada por la universidad de Granada y Licenciado en Filosofía pura por la universidad de Sevilla. Máster internacional de escritura para cine y televisión por la universidad autónoma de Barcelona. Seleccionado entre los 8 mejores jóvenes escritores andaluces del año 2006 para la Feria Internacional del Libro de México con el relato Pájaro, mujer y yermo. Publicado en la revista: Punto de partida Nº148. Autor del libro Yo sobre la tierra , Padilla Editores, Sevilla, 2005.

Andrés Nadal: Es el director de la Escuela Andaluza de Escritores, que se encuentra en Sevilla.
Después de licenciarse en historia y en antropología se dedicó profesionalmente al mundo del libro y a la informática. Desde el año 1993 enseña técnicas de escritura creativa. Se ha especializado en la estructura de la novela y en la aplicación de la informática en la estructura narrativa. Ha dirigido muchos equipos de trabajo, desde pequeños grupos con una docena de personas en empresas muy especializadas hasta grandes equipos en organizaciones de ámbito estatal. Ha contribuido a la técnica de la escritura con estudios sobre la estructura de la novela y las relaciones entre los personajes.

Andrés Sorel: Nacido en Segovia de padre castellano y madre andaluza, actualmente es Director de la Asociación de Escritores de España y director de la revista República de las Letras . Ha colaborado en los principales diarios españoles y fue fundador y presidente del diario Liberación. Tiene publicados cuarenta libros, entre novela y ensayo, y ha sido traducido al inglés, rumano, eslovaco y portugués. Su vida puede considerarse inmersa en una sola palabra: compromiso. Ahí radica su patria, su lenguaje, la síntesis de su biografía. Confiesa ser escritor no correcto, ni política ni literariamente. Situado al margen de los usos y exigencias del mercado literario, rechaza las normas y prácticas de una "literatura a la que matan la gramática y el estilo" (Samuel Beckett). "Mera máscara". Piensa que su obra es su vida. Por eso escribe sobre los vencidos, para denunciar a los inmorales, corruptos personajes políticos o literarios que denominan como protagonistas de la historia y aparecen sonrientes y comedidos o prepotentes en los medios de la incomunicación, la desinformación y la mentira institucionalizada. Algunas de sus obras más conocidas son Las voces del Estrecho (1999), La noche en que fui traicionada (2002), Guerra antifranquista (2002), Concierto en Sevilla (2003), Apócrifo de Luis Cernuda (2004), Jesús, el hombre sin evangelios (2005), Mañana, Cuba (2005) y Siglo XX. Tiempo de canallas (2006) y La caverna del Comunismo (2008).

Rafael de Cózar: Nace en 1951, en Tetuán (Marruecos). A partir de los once años reside en Cádiz, lugar donde inicia su actividad artística como pintor. En Cádiz participa en la fundación del grupo literario «Marejada». Se doctora en Filología Hispánica, y a partir de 1972 cambia su lugar de residencia a Sevilla, donde actualmente ejerce la labor de profesor titular de Literatura Española.
Es también miembro asesor del Centro Andaluz de las Letras así como de la Comisión de Ayudas a la Edición de la Consejería de Cultura (Junta de Andalucía). Entre 1982 y 2002 ha sido Presidente de la Sección Andaluza de la Asociación Colegial de Escritores de España. Como poeta es autor de Ojos de uva (1988), Entre Chinatown y Riverside: los ángeles guardianes (1987) y Poesía (1988) y Con-cierto visual sentido (2006). Es autor también de novelas como Motín de la Residencia (l978), El Corazón de los trapos (1996) que obtuvo el Premio Vargas Llosas y de libros de relatos, Bocetos de los sueños (2001). A parte de su tarea como escritor, ha sido director Literario de la Editorial «El Carro de la Nieve » y colaborador en diversos medios ( ABC , Informaciones , Diario 16 , Canal Sur). Ha recibido numeroso premios, entre los que cabe destacar, aparte del ya citado, el Premio Extraordinario de Doctorado (l985); Premio «Ciudad de Sevilla» para Tesis doctorales (l986) por la obra Poesía e imagen . Y ha sido finalista de los premios de poesía «Ricardo Molina» de Córdoba y «Rafael Montesinos» de Sevilla.

Juan José Téllez: Nació en Algeciras, 1958 y cursó estudios de Historia en Cádiz .Ha trabajado en Diario 16, en la agencia Efe, en la cadena Ser, ha escrito guiones para el "Loco de la Colina ", frecuenta los platós de Canal Sur y tiene un programa de radio sobre la inmigración, Bienvenidos , que le ha hecho merecedor de un premio Ondas. También ha trabajado en Europa Sur, que ha dirigido, en Diario de Sevilla y en Diario de Cádiz. Ha publicado seis libros de poemas entre 1979 y 2000: Crónicas Urbanas , Medina y otras memorias , Ciudad sumergida , Bambú, Daiquiri y Trasatlántico . También ha publicado varios libros de relatos, Territorio estrecho , Amor negro , El lobo pálido y Main street , así como diversos ensayos de corte periodístico: Moros en la costa , Paco de Lucía en vivo o Gibraltar, en el tiempo de los espías , entre otros.

Secretario: Ignacio García Alonso (Subdirector RD Editores)