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viernes, 2 de noviembre de 2007

Ensueño del no vacío


Sí... El escepticismo nos llevó a desdeñar las advertencias de la mujer astral, la de los cabello de flama, cuando por primera vez tuvo sueños nocturnos.

En mitad de este sueño desperté de repente, más solo desperté para adquirir el convencimiento de que estaba soñando…

De haber estado atento a esos sueños llenos de presagios, esto no nos hubiera ocurrido. …Y era preciso que soñando siguiera. So pena de sucumbir, al modo que el sonámbulo necesita seguir soñando para no desplomarse.

Es por eso que ahora estoy aquí, montando estas extrañas escaleras de metal, que me devuelven en contra de mi voluntad a espacios iguales a los anteriores.
En sus visiones, nos hablaba de un eclipse del tiempo, donde en un cielo despejado se veía a la luna rodeada de un triple halo:

“El primero era de un color amarillo”
“El segundo era verde oscuro”
“El tercero era como una humareda gris”.


Hubo que verla el séptimo día, del séptimo mes, trepando la colina de las siete grutas, donde las ancianas sibilas develarían a través de su boca las visiones.

Hubo que verlas encaramadas sobre el trípode profético, desplegando con sus tortuosas y arrugadas manos las tablas astrológicas, pariendo las profecías:

“Sobrevendrá un tiempo….Los patriarcas han de disparar sus herméticos discursos adormecedores y aún cuando hablaren de paz y seguridad sobrevendrá de repente la ruina. Los guardianes tomarán por asalto el “vacío”, erigiendo en su lugar enormes pabellones repletos de abalorios y domesticarán a las gentes sin poder pensar, como en sueños posarán sus miradas sobre todas las cosas, buscando una facilidad momentánea, extremada sobre todo lo que les ofrecen, renunciando a la imaginación; le darán la espalda a los bosques, a los mares; olvidarán sus lecturas, sus viejas luchas. Todo se quedará quieto como sin tiempo”.

Hubo que ver, cuando ese día del día del que ya nadie recuerda su color llegó, como con indiferencia nos encogimos de hombros, volteando nuestras cabezas.

Hubo que ver, entre el polvo de los escombros, desaparecerían los antiguos lugares que solíamos frecuentar en compañía de nuestros amigos, olvidando nuestras charlas llenas de ideales….. ¿Cómo juzgar el miedo de los que nos dejamos vencer? Si en vez de modernos San Jorges, que hiriéramos el tiempo fatal, nos quedamos fascinados por el asombro, al descubrir en su lugar desmesurados edificios, como murallas oníricas almacenes de ramos generales invitándonos libremente a entrar.

Ya nada queda por hacer, si es que algo queda por hacer.

Sin moverse desciendo por peldaños hechos de aire, contemplo seres de rostros iguales deambulando por los pasillos, deteniéndose frente a los escaparates repletos de abalorios para un uso futuro con los ojos llenos de vértigo.

Asusta saber que no ha de hallarse una salida. Los colosales ventanales espejados devuelven la abominable faz de un cíclope, abajo una ciudad desolada sin arrabales.

La aurora, descubre en los umbrales, niños dormidos con los puños apretados.

Mis ojos erráticos giran sin finalidad por estos corredores de espacios indecisos y me pierde en galerías transparentes.

Carlos González