Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Arahuete. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Arahuete. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2009

La fuente

La plaza, fundada hace muchos decenios por un hombre que, de acuerdo a los parámetros de cordura aceptados en este mundo, podría considerarse demente, aún conserva la frágil belleza de su fuente.
Ésa que algunos lugareños, permeables a historias indemostrables por el sano juicio de la razón, consideran milagrosa, y otros, provenientes de oscuras localidades, con plazas similares a la nuestra pero, es justo decirlo, sin una fuente como la de este lugar, niegan con el único propósito de alimentar su mustio escepticismo (en el mejor de los casos) o simplemente derrochar burlas como si se tratara de un deporte tan importante en materia de adeptos como el ping-pong, también denominado tenis de mesa por aquellos que venían a presenciar, todos los años, los torneos interprovinciales en el club de Arbusto seco, donde se destacaban las increíbles performances de Aki Nomekedo, para muchos una verdadera promesa capaz de ocupar en un futuro próximo los peldaños más altos de la historia del ping-pong nacional.
En realidad, contar la historia de Arbusto Seco a partir de la fuente no obedece al capricho de la casualidad, sino que para mí cobra sentido al recorrer por última vez los espacios y recovecos donde pasé largas horas de mi vida y que hoy encuentro desconocidos, confrontados por una mirada que se deslumbra al pasar. Incluso, en el reconocimiento de esta fuente donde empieza y termina mi historia, o por lo menos mi historia con este lugar. No es fácil distanciarse de las callecitas bajas, bañadas por un sol abrasador que persiste hasta la noche, infranqueable vencedor de la humedad, a diario lo que ya resulta un castigo divino.
Sopor que los habitantes no perciben, acostumbrados a convivir con la sequedad de un clima sin lluvia. De las innumerables anécdotas arrumbadas en las páginas de un libro que aún no se escribe y tal vez ese momento nunca llegue, uno recuerda con la misma sensación de un misterio acogedor la inexplicable historia de la fuente, tan arcaica como la plaza de la que sigue siendo su principal atracción. Quien pretenda considerarse parte de este pueblo debe tomar partido en la insustituible tarea de mantener intacta la leyenda, alejar las sospechas sobre una posible tergiversación de los acontecimientos, disuadir siempre pacíficamente aquellas interpretaciones libres tendientes a minimizar un hecho trascendente.
Una minoría, entre los que me encuentro, transita por la sugestiva frontera entre el creer y el no creer. La duda saludable pero teñida de desencanto no es algo para celebrar. Por el contrario, trae consigo un manto de incertidumbres que revelan la absurda arrogancia de sentirse poseedor de una verdad. Lo mismo sucede con los ladrillos de las casas que mis yemas desprejuiciadas palpan ahora, sin preguntarse quién los puso ahí.
Los pobladores concurren a la milagrosa fuente sin reparar en el raro fenómeno: a simple vista vacía, pero no para la mayoría que la cree llena de agua y deposita sus monedas en procura de concretar un deseo. Durante un tiempo, así cuentan los más viejos a los chicos, la fuente de Arbusto Seco, instalada por el fundador del pueblo, Artemio Infiglio, hombre de pocas palabras y pasado desconocido, en un principio tenía agua.
Luego, un desbarajuste climático, inexplicable en una región de por sí húmeda, condenó a la comunidad de Arbusto seco a una sequía que todavía perdura. Desde ese momento, donde el agua escasea y la deben suministrar pueblos vecinos, la fuente quedó vacía. Hasta aquí, mi relato puede parecer un poco convencional, de nulo atractivo frente al de otros mitos.
Sin embargo, la fuerza de una leyenda no siempre se reduce al contenido de su historia, ni al alto o limitado aprendizaje moral que de ella pueda extraerse. La importancia radica en el efecto que genera entre quienes la reciben y luego transmiten sin una pizca de duda. Doña Libertad aquella sofocante noche tuvo el presentimiento de que algo extraordinario sucedería en la plaza.
Tomó su chalina azul, pese al calor reinante, cruzó apresurada pero prudente del empedrado porque uno de sus tacos podía atascarse, en dirección a la fuente. Refregó sus ojos, atónitos ante semejante hallazgo. "Está llena!" -exclamó entre la conmoción y la sorpresa- aunque parecía vacía.
Inmediatamente, de puerta en puerta, protegida ante cualquier imprevisto por la chalina azul, Doña Libertad, que hasta ese día compartía la misma chatura e insignificante existencia con el resto, que como todos invertía su tiempo entre la habitual caminata por las veinte calles de Arbusto Seco, la visita al almacén de ramos generales para comprar alguna chuchería o por la tarde realizar tareas varias en el club, se había convertido en portadora de la esperanza en un pueblo donde nadie esperaba nada.
Tampoco se sabe a ciencia cierta qué vieron los lugareños al acudir a la fuente tras la convocatoria de la mujer ni cuál fue el motivo que los llevó a aceptar su historia. Mi relación con la fuente se remonta a la infancia cuando me enteré por qué no se iba a clases los 3 de junio, feriado en conmemoración de la muerte de Doña Libertad. Siempre recuerdo el acopio de monedas en la fuente, cada una impregnada de un deseo.
Recorro estas calles y una pregunta me inquieta ¿Cómo se puede cambiar en un lugar donde nadie parece haber cambiado? Tal vez las paredes del club un tanto descuidadas sean el signo de un cambio que no se percibe. No sé, no tengo respuestas. El salón central exhibe orgulloso en la vitrina los trofeos en reconocimiento a las hazañas de Aki Nomekedo, oriundo de su natal Taiwán, vino a parar acá casi de casualidad.
Y también por circunstancias fortuitas uno lo vio jugando al ping-pong contra la pared. Era admirable la velocidad de reacción del muchacho, un verdadero desperdicio detrás de la máquina cortadora de fiambres en el almacén de ramos generales.
Así, de la noche a la mañana el visitante taiwanés se ganó el respeto de todos. Alguien le propuso dar exhibiciones para poder apreciar su manejo de la raqueta e inclusive el dueño del almacén lo persuadió para dejar "ese peligroso trabajo de manipular cuchillas que puede cortar la prometedora carrera de un futuro fenómeno del deporte nacional."
En muy corto tiempo, el ignoto juego de la pelotita y la red se volvió tan importante para el pueblo como la fuente. El imbatible oriental cosechó premios en los torneos interprovinciales, acumuló recortes de diarios que ahora realzan las descoloridas paredes del club, que se llenaban de gente cuando defendía los colores verdinegros de la bandera de Arbusto Seco, en cuyo centro se destaca la figura de un árbol con tres hojas.
El prestigio de los logros deportivos alimentó la expectativa del numeroso contingente de seguidores y la idea de un posible viaje de Aki a Buenos Aires para continuar su ascenso hacia la gloria desencadenó una polémica que mantuvo dividido al pueblo. La plaza fue el escenario de disputas verbales entre una minoría, que aconsejaba la prudencia antes de caer en excesos de optimismo, ciegos frente a un probable fracaso.
Mi fascinación por las piruetas del hombrecito alto y poco comunicativo me ligaba al fulgor mayoritario, tenía la sensación de formar parte de algo. Algo similar me ocurría con la historia de la fuente, que en este instante no puedo dejar de ver vacía, rebalsada de nada, con pocas monedas en el fondo. La única vez que se extrajeron las monedas de este intocable reservorio de ilusiones fue con motivo del viaje de Aki a la ciudad.
Hubo consentimiento general de ayudarlo a comprar el pasaje y durante un mes el aporte anónimo logró eso que parecía inalcanzable.
Como dije al comienzo éste es mi punto de llegada. Creo que me voy de Arbusto seco porque mi asombro frente a las pequeñas cosas fue modificándose. Estoy cansado, éstas fueron las veinte calles más largas y pesadas de mi vida. Quizá mi cansancio obedezca al arsenal de preguntas y recuerdos que estuvo merodeando en mi cabeza.
La fuente luce intacta, el pueblo duerme la consuetudinaria siesta, la única medicina natural contra el envenenante letargo de la tarde, la persiana, a medio abrir, me devuelve la foto del lugar que deseo conservar. Espero no sentir culpa por llevarme unas monedas. Necesito algunos pesos para viajar. Un perro me observa. Aplaudo su valentía de enfrentarse a los rayos del sol y resignar su comodidad en la sombra. Me pregunto cómo ven sus ojos lo que voy a hacer en este instante.
El hombre metió sus manos en la fuente para sacar las monedas. El perro se echó vencido por el calor, que sigue penetrando en los rincones de la calma siestera, en las veinte callecitas coronadas por una sonata de ronquidos. De pronto, un grito logró despertar a quienes se encontraban cerca de la plaza. La fuente tenía agua como siempre.

Pablo

domingo, 22 de junio de 2008

Después de la lluvia

Las gotas de lluvia lograron escabullirse por los resquicios de tierra seca del jardín. Viajaron, subterráneas hasta llegar al corazón de la semilla y al final la aventura. Unos cambios repentinos y, de pronto, la lucha por convertirse en tallo, luego, en flor. Salir de la más absoluta oscuridad hacia los primeros rayos de sol.

Se dejaba abrazar por la danzante brisa del revoloteo caprichoso, que jugaba entre los tallos cercanos, hasta el atardecer. Apuntó hacia el cielo y, luego de un descanso eterno, se desperezó. Entendió: por fin era el momento de crecer y así sus capullos rojos, mientras sus pies se afirmaban en las profundidades de la tierra, se extendieron. El sol se escondió detrás de la luna, que la acompañó con su luz durante todo el sueño. Los grillos desafinados no interrumpieron su viaje onírico por otros jardines; por otros cuerpos diferentes con formas inalcanzables. Los tibios rayos acariciaron sus primeros pétalos, acobardados en salir. Tímidamente, comenzaron a desenrollarse.

Firme en el suelo, presa de un impulso inexplicable pero maravilloso, sintió la necesidad de erguirse, de modificar su antigua posición reposada y adoptar una más desafiante. El cosquilleo suave de las pisadas de las hormigas le producía una alegría inmensa. Entonces, despedía un perfume dulce que, junto al viento, paseaba entre otras flores. Así, un día tras otro, de repente un empujón asesino, sacudió su estructura corporal. Se aferró a la tierra, donde las partículas se desplazaban en todas direcciones, y formaban una cortina de color negro. Un silbido agudo, siniestro, desde un lugar desconocido, acompañaba la lucha. De izquierda a derecha, empecinada en no rendirse ante el embate furioso, soportó con estoicismo el zarandeo y corrió el riesgo de quebrarse. Algunos de sus pétalos más viejos no lograron mantener el abrazo durante la batalla y quedaron flotando en el aire.
Todo lo peor pareció haber terminado. El tallo herido no sentía la fuerza expulsora a su alrededor, las partículas de tierra ya no se movían de su lugar. Y el silbido agudo había desaparecido. Exhausta, con un par de pétalos a punto de despojarse y con la luna como único testigo ocular de la masacre, se dejó atrapar en el sueño hasta la mañana siguiente, donde el sol curó sus heridas, una por una.

Y un día se secó.

Pablo Arahuete

sábado, 10 de mayo de 2008

... Y el mar los traerá

Anónimo, en el muelle,
busco el reflejo de la luna.
Entre pescadores, cañas firmes y arrebatadas,
mi línea silente se escurre.
Las pipas,
suspendidas,
laten al calor del silencio.
El viejo acomoda su gorra y tira
el niño limpia los baldes,
la perra coquetea con el abismo.
Y el mar seduce a los hombres
con ofrendas de peces.

Anónimo, desde el fondo,
persigo el reflejo y quedo atrapado
Entre las algas, corales brillantes e indiferentes,
mis agallas heridas se quiebran.
Las aletas sacuden el viento,
la sangre recoge la sal,
la boca expulsa baba
El viejo
me espera
bajo el humo impune de su pipa
el niño raspa mis escamas ardientes
y ríe
la perra juega con mi ojo
al borde del abismo
Y el mar ahoga el grito de las rocas
con cantos de espuma
.

Anónimo, en la superficie,
el reflejo de la luna
se disipa.
Entre las olas,
aves rasantes y asesinas,
la línea tensa avisa.
Mi caña arrastra la corriente
y despierta su ira.
Repta,
sube y baja
con la marea,
lucha,
coletea,
pero mi anzuelo se queda
El viejo corta las agallas
y festeja,
el niño recoge las cañas,
agrupa las cabezas
la perra olfatea el abismo,
se alejan
Y el mar los atormenta
con su grandeza obscena.

Anónimo, sentado al borde del abismo,
recuerdo el reflejo de la luna.
Entre los espectros,
cañas firmes y pipas humeantes,
mi abuelo con su perra y yo
atento con mi balde.
Los arrojo bien lejos
Y el Mar
con su mueca eterna
los trae de nuevo

PABLO E. ARAHUETE

domingo, 10 de febrero de 2008

La memoria, a pedazos

El camino hacia el castillo se hace largo. Al menos, conservo la ilusión de encontrar a una doncella, en apuros, a la espera de mi rescate. Será un largo viaje, sin dudas, pero no debo temer, salvo a la muerte.

Confío en mis instintos y en mi armadura, hecha con el metal de mis recuerdos. Un viejo herrero ciego, Nubis, descubrió una fórmula alquímica capaz de transformar los textos de los libros en pedazos de metal.

Mi condición de viajero me proporcionó la costumbre de registrarlo todo en un diario de viajes. Descripciones de paisajes maravillosos, encuentros desafortunados con criaturas terribles y episodios rutinarios de la vida de un caballero, mezclados en una fuente, fueron suficientes para obtener este atuendo plateado que porto hace unos años.

La carga se aligera luego de recorrer tramos extensos. En un determinado instante, siento como si una parte de mí dejara de existir. En realidad, pierdo trozos de la coraza en el camino y, pese a mis esfuerzos, no consigo recomponerla. Las razones de esta insólita situación exceden mi limitado razonamiento. Algunos pensarán en una maldición de hechiceros por un ajuste de cuentas. ¡Supercherías de pueblo ignorante! Un caballero no cree en esas habladurías o, por lo menos, no debería creerlas, aunque parezcan tan convincentes.

A veces, me detengo unos segundos y trato de recordar de dónde partí. Es inútil, sólo vagas imágenes de lugares por los que alguna vez anduve, aparecen en mis pensamientos.

Pensé en regresar a mi hogar luego de mi último viaje, pero, ¿cuál de todas esas casas que frecuenté es verdaderamente la mía?. Sobre el castillo, he recolectado numerosas historias. Una amable anciana me contó una que me intrigó mucho y, para mi asombro, no existían dragones ni ogros feroces.

Se trataba de una hermosa doncella, cuyo nombre debo averiguar, que decidió encerrarse en el último cuarto de su castillo al convencerse, luego de ver su rostro reflejado en el agua del lago, de que no era bella. Ya pasaron quince años y aún no quiere salir. La verdad es que ningún caballero eligió ir a rescatarla. Sin dragones que vencer o un enemigo visible, la aventura no tiene sentido, pensarán. Es un error creer eso porque no hay desafío más grande que vencerse a uno mismo. Un maestro me dijo alguna vez "Siempre se debe estar alerta del enemigo que todos llevamos dentro. Es necesario conocerse en profundidad para derrotarlo.".

Resulta extraño, avanzo muy rápido y el castillo parece alejarse. Los pájaros vuelan hacia el horizonte hasta un punto donde emprenden el regreso. A unos kilómetros de aquí, se encuentra el Bosque de los mil árboles. Hace unos días que conocía un atajo para no pasar por ese lugar, sobre todo por el Paso del ensueño. Ahora, no me acuerdo nada de caminos y atajos. Lugares, rostros, historias de caballeros valientes me acompañaron durante toda la vida. Hoy son borrones y no puedo retenerlos.

Los instintos resultan mi única guía. También esta armadura forjada con el metal de mis recuerdos por un viejo ciego, cuyo nombre me olvidé. Un pedazo de la cobertura de mi pecho se acaba de desprender. Lo levanto pero se hace polvo en mis dedos. El aroma que expele me resulta familiar, aunque no identifico de qué se trata. Los pájaros están regresando en bandadas grandísimas. Seguro, ese ruido tenebroso desde el Bosque, a unos kilómetros de aquí, los ahuyentó. Tal vez se trate de una criatura de la oscuridad. Sin embargo, su llanto agudo es identificable y éste es diferente.

El llanto cesó y el silencio se apoderó de la noche. Creo que dormí unas horas junto al pie de este árbol gigante. La tierra está húmeda y estoy rodeado de un polvo que huele bien. Siento frío en mis pies desnudos. Posiblemente, las huellas en dirección a este árbol me pertenezcan. No pueden ser mías, tengo los pies limpios. Ya está amaneciendo. El rocío que cae de las hojas se disuelve en la tierra.

A unos pocos kilómetros, se divisa un enorme castillo. Tal vez alguien viva allí y pueda decirme dónde estoy. Soñé que era un caballero y mi misión, rescatar a una princesa de las garras de un feroz ogro. Conservo en mi memoria el hermoso rostro de la doncella del sueño. El último trozo de una armadura que porto se acaba de soltar.

Una sensación de libertad recorre ahora mi cuerpo y, por más que intente recordar el rostro que se refleja en el lago, aún no logro saber quién soy ni qué hago frente a un castillo vacío.

Pablo Arahuete

domingo, 23 de diciembre de 2007

La inercia de las no palabras

Indiferente a las voces externas, portadoras de frases inconexas, pedidos rutinarios, preguntas tendientes a desmenuzar el silencio, reclamos interrumpidos por un penoso vacío, Abel experimentaba un misterioso estado de excitación y angustia, habitual en los momentos en que se veía enfrentado a la incómoda interpelación de una hoja en blanco.
Su obstinada fe, o mejor dicho, su perseverancia caprichosa ante cualquier argumento racional que pusiera en tela de juicio esa seguridad absurda de conseguir trascender un instante de pánico y naufragar en un mar de impotencia, le transmitía cierta tranquilidad.
Al mismo tiempo que su cerebro, recorría el inextinguible repertorio de palabras, acumuladas durante horas y horas –quizás, media vida si alguien se tomara el esfuerzo inútil de contabilizarlas, yo no lo haré- de lecturas para comenzar a escribir y, así, superar el duro trance -sabrán disculpar la redundancia, ¿no?- de comenzar a escribir algo, estiró las piernas hasta por fin lograr una fugaz comodidad. La tos quejosa de un anciano, tapado por la voluminosa silueta de una mujer en pleno deleite gastronómico de un pebete de jamón con tomate, lo perturbó.
En realidad, le resultaba trabajoso discernir qué era exactamente lo perturbador. Todo se resumía a la irritante tos, no había dudas. Sin embargo, no podía obviar el malestar generado al levantar su cabeza y encontrarse con el patético cuadro, enfrente: la deglución obscena de un pebete.
El término obsceno parecía una exageración. Por lo general, se utiliza para referirse a otro tipo de situaciones, no ligadas a la sensación de asco como en este caso, sino con el firme propósito de establecer distinciones entre una conducta normal y otra desmedida. Un acto tan simple y natural, por ejemplo comer, supone la perfecta armonía del cuerpo y el espíritu, el control del instinto en pos del placer gustativo, reminiscencias de sabores pasados que convocan recuerdos.
Las sobras de medialunas, que Abel había dejado tras un lacónico -dos medialunas, por favor- horas antes de que el bar comenzara a atestarse de gente, los mozos debieran soportar pedidos incongruentes- sandwiches de miga con poca miga para no engordar- y que la humareda no llegara hasta su mesa, a unos metros de la caja registradora hacia donde, de vez en cuando, dirigía la mirada para perderse en los ojos soñados de esa chica o se contagiaba de sus bostezos.
Las medialunas, en el plato, mantenían latente la consistencia gomosa de su masa.
Ella, la chica que ahora mismo se debate entre el aburrimiento y el temor de cobrar de más algún ticket, se había acercado para retirarle el plato y Abel le había obsequiado un gesto desaprobatorio e incomprensible. Similar al que se puede recibir en ocasiones donde uno se apropia de lo ajeno. ¿Por qué esa reacción desmesurada frente a un acontecimiento insignificante? Pregunta molesta para un hombre acostumbrado a pensarlo todo.
Bastaba con un sencillo -déjelas, por favor, señorita - pero no. No. De acuerdo a los parámetros seguidos por Abel, la suya no sólo había sido una conducta anormal, sino que, además, podía considerarse obscena. Sin proponérselo, el vulgar gesto lo equiparaba al nivel de la devoradora de pebetes, despreocupada por la mayonesa, que se escurre por sus labios fucsia y cae en un hueco del vestido junto a restos de tomate. No encontraba una posición adecuada para sus piernas, demasiado largas, conflictivas desde su infancia, al extremo de privarlo en la calesita-por citar uno entre muchos otros casos- de sentarse en autos, aviones o helicópteros.

Debió conformarse con montar unicornios y burros en el lapso que duró su encantamiento por la calesita, antes de volcarse, en forma definitiva, a la lectura y, posteriormente, a la escritura. Y ahí se encontraba, abrumado por la hoja que seguía igual de blanca, a la espera de alguna frase inspirada, o comentario acerca de las medialunas que había cuidado con recelo.
No iba a comerlas, estaban gomosas. Peor entonces, la necesidad de deshacerse de ellas incrementaba su angustia. Hacia donde mirara, no encontraba otra cosa que gente comiendo, chorros de salsa vertidos sobre un plato de fideos, danzas de bandejas repletas con bebidas, tragos multicolores, desfile de comisuras sucias, donde los pedacitos de servilletas de papel quedaban impregnados.
Entre la bruma de humo incesante, que de a poco se estaba apoderando del lugar, todos parecían espectros. Solo en un mundo de espectros, lo escribió con desgano, poco convencido de decir algo interesante.
Lejos de encontrar alivio tras haber derrotado a la inercia de las no palabras, sentía, a partir de este momento, otra interpelación: la de la hoja escrita, por un tiempo inmaculada, suspendida en la eternidad de lo que pudo haber sido, un cuento, un poema, el prólogo de un ensayo sobre las medialunas, una carta de amor dirigida a la víctima del gesto censurable o el escueto trazo de un personaje abatido por el ojo acusador de quien lo creó. Dejó escapar un resuello. Una, dos, tres veces.
Veía todo más nítido: el bar era un inmenso teatro de marionetas entrelazadas por un hilo invisible que pendía del techo, sombras de movimientos repetidos sobre la pared, atravesadas por el grito prolongado de mil gritos. Solo en un mundo de espectros, atravesado por el grito de mil gritos, siguió escribiendo.
Secó su frente transpirada en medio de un desahogo sordo. Reparó unos segundos en la figura extraña que se había formado a raíz del sudor. Luego, intentó con todo el rostro. Apretó. La tela le devolvió una huella de sus facciones. Su boca, ésa era su boca, el resto no le pertenecía. Sorprendido del hallazgo, volteó sus ojos hacia la caja registradora. Ella estaba de espaldas. El pelo cubriéndole los omóplatos.
Movía los hombros para desembarazarse del hastío, presa en una jaula de vasos de cristal y botellas. Giró, de repente. Los brazos sueltos y sus ojos intensos, de un celeste intenso, relajado e irresistible. Un estallido de luz celeste alcanzó a Abel y el bar ya no era un bar. Se trataba de una playa donde Abel tampoco era Abel, sino un caminante errabundo a merced del dictado de la arena. La mujer obscena del pebete se había vuelto una niña, al borde del éxtasis con un helado derretido, los cachetes manchados como su vestido de lunares blancos, deslumbrada por el carraspeo de las olas. La arena quemaba. Pero qué importa, el errabundo seguía embelesado con los anillos de espuma, que reposaban en la orilla y, al desaparecer las olas, el celeste intenso de los ojos del mar había borrado la playa, la nenita del helado, todo.
Menos el anillo de espuma blanca, que ahora rebalsaba en la orilla de un chop de cerveza fría para la mesa cinco. “Solo en un mundo de espectros, atravesado por el grito de mil gritos entre la espuma del mar celeste e irresistible”, agregó a la hoja en blanco, con la tranquilidad de haber derrotado a la inercia de las no palabras.

Pablo Ernesto Arahuete