martes, 10 de marzo de 2009

Tío Pablo

La Italia de pos guerra fue el detonador de su partida. 1949 había sido otro de aquellos años miserables, sin esperanza. “Quedarse no tiene sentido”, solía decirle a sus pocos amigos, y seguramente no se equivocaba tratándose de un pueblo que nada prometía, sin futuro.

Su elección, si bien difícil, le deparó más de una alternativa: Argentina, Brasil y Canadá. En cualquiera de aquellos ignotos países encontraría el abrigo de tan queridos como extraños parientes. Pero para él, cualquier lugar daba lo mismo: “Aquí o allá”, era la cuestión central... morir o vivir, penar o soñar.

Buenos Aires le presentaba el mejor candidato para semejante jugada: el tío Pablo... y se llamaba igual que él, para más. Casualidad, o quizás no tanto – reflexionaba - pero sí razón suficiente para conferirle a su inminente desarraigo el toque personal e íntimo que necesitaba en aquel momento... Esa cuota de magia ligada al destino que anima a todo ser humano a tomar grandes decisiones al menos una vez en la vida.

Siquiera había partido, y ya fantaseaba con su llegada a estos pagos. Imaginaba que el tío Pablo sería la persona ideal para querer, para convertirla en su nuevo padre, uno merecidamente mejor al que con ninguna tristeza dejaba atrás en su pueblo natal.

El tío no tenía hijos, lo que lo hacía aún más entrañable; representaba para él ese deseo siempre adelantado de un porvenir diferente; la realización de un proyecto muchos años demorado; un lugar en el que nadie le era cercano y todo estaba por hacerse.
Su tío era el hermano de su madre. Había llegado a Argentina mucho tiempo atrás, a principios de siglo, y ostentaba una holgada posición económica, hecho que en su condición de único sobrino le garantizaba la generosidad y el afecto que tanto le negaran durante su niñez.

Una niñez cargada de ausencia paterna – “Me voy a hacer la América “ le dijeron alguna vez que fueron las últimas palabras de su padre cuando partió a Estados Unidos a forjar fortuna por más de 10 años -; una niñez famélica de ternuras, y al cuidado de una mujer joven y sola – su madre - que no encontraría nunca completo alivio en la sola compañía de un hijo de apenas 4 años.

Esa infancia había sido su pequeño infierno, quería escapar de ella a cualquier precio. Imploraba olvidar todas esas imágenes fragmentadas, incompletas, ambiguas con las que había convivido; desterrar para siempre ese infausto pasado, tan doloroso como vacuo.

Su renguera, producto de un accidente en su adolescencia, le reclamaba huir desesperadamente de la vista y del comentario de todos; era el desvalido del pueblo, el probrecito, al que solo la lástima no le era esquiva.

“Sí, Buenos Aires”, se dijo, y partió a conocer a su tío Pablo, tan lejano como deseado, tan amenazante como prometedor.

Y luego de un interminable mes en barco, llegó el día de aquel ansiado encuentro. En un Parque Chacabuco que lucía muy diferente del pueblo pastoril que lo acompañó por casi 30 años.

Esta nueva tierra le daba tanto miedo como asombro; las mismas ganas de amarla como de odiarla. Pero ya estaba allí, y con el dedo sobre el timbre de la casa de su tío, pero sin las fuerzas suficientes como para hacerlo sonar. Le faltaban agallas, estaba atemorizado ... Se le abría un mundo nuevo, pero desconocido a la vez. Se alejó de la casa y regresó tantas veces como su falta de coraje le sugirió hacerlo. Pero, después de infinitas cavilaciones, la noche y el frío le aconsejaron golpear la puerta y terminar con esa angustia de una vez por todas.

“Pablito!!!” fue lo primero que escuchó de aquel viejo que, duro en apariencia, no disimuló sus ojos vidriosos por la emoción. Lo estaban esperando, él y su esposa, Antonia, que se perfilaba por detrás, con una sonrisa encantadora de bienvenida.
“Tío Pablo”, devolvió él instintivamente, y con tanta emoción como supo. De pronto, se sintió soñando, querido como pocas veces...... Un guiso sabroso, pocas palabras y muchas sonrisas nerviosas coronaron aquella primera velada juntos.

Él habló castellano como pudo; el largo viaje le había servido para aprender algo de español. Su tío – piadoso - le facilitó la tarea “... Parlando italiano”, lo que le hizo perder un poco de ese temblequeo nervioso que lo había perseguido desde que entrara.

La primer noche lo acogió apacible, en una cama blanda, y cobijado bajo perfumadas sábanas ... "¡Querida tierra ... gracias, me siento vivo!", se dijo, y se echó a dormir.

Los siguientes días le sirvieron para ponerse a tono con el lugar. Muchas presentaciones familiares, vecinos y curiosos, le ocupaban gran parte de su tiempo. Pero no era fácil para él, un recién llegado, hacer migas tan pronto; nada ayudaba: el desconocimiento del lugar, el idioma, su renguera, y esa temeraria timidez para relacionarse socialmente… Todo conspiraba en contra suyo.

Creo que fue el taller de su tío - ubicado en la azotea de la casa – el que con sus chucherías y herramientas, le acercó un poco de esa felicidad perdida que no podía encontrar en la nueva gente. En Italia, había estudiado Ingeniería electrónica por 2 años; estaño, diodos, resistencias y condensadores, le eran muy familiares, estaba a gusto con ellos. Su vocación hizo que en poco tiempo se convirtiera en otro más de esos tantos “ingenieri” que solieron darle vida a la Industria Argentina en los años 50.

Pablito armaba radios, arreglaba los primeros televisores blanco y negro, reparaba planchas, veladores y cualquier objeto que el barrio le traía. Era el genio que estaban esperando, el que sabía de todo un poco.... “Lástima que sea rengo...”, se escuchaba comentar de la vecindad. Especialmente de las mujeres, que las había en cantidad, hijas de italianos, españoles, polacos y franceses.

Del otro lado estaba el tío Pablo, quien se desvivía por él. Estaba en todo y para todo, no había demanda de su sobrino que no cumpliera: comida, ropa, dinero, regalos... todo era para Pablito. Podría agregar que sentía un verdadero orgullo por él... Como si fuera su padre. Hablaba de su sobrino y se le llenaba la boca, le brillaban los ojos. En su afán de dar, intentaba robarle cualquier momento, aunque fueran tan sólo unos minutos o segundos.

Esa actitud empalagosa comenzó a molestar a Pablito, quien no dudaba en hacerle notar a su tío el fastidio que sentía ante tanta condescendencia. Un tedio que llegó al punto de llevarlo a cuestionarse qué era mejor, si su pasado en Italia – triste y desvalido - o su presente, cargado de sobreprotección.

Sin embargo, y más allá de esa falta de correspondencia entre él y su tío, los días y los meses pasaron en notable armonía. Pablito era el dueño y señor de la casa, entraba y salía cuando se le antojaba. Lo que empeoraba notablemente con el correr de los días era su carácter, cada vez estaba más huraño y hosco ... buscando siempre refugio en el taller de la terraza ... su único lugar.

La desesperación de su tío en su afán de agradarle, crecía en la misma medida que su desdén por él. Era habitual verlo desenfundar su viejo “fuelle” – un bandoneón Doble A del 1900 -, y hacer de las suyas con un valsecito como El hospital o El aeroplano para llamar la atención... Pero no recibía la más mínima respuesta de su sobrino.

Pablito pasaba delante de él casi ignorándolo, apenas mirando de reojo, como ofreciendo una limosna a un mendigo.

Quizás la desilusión haya sido mutua, no sabría decirles. Posiblemente el tío Pablo no fue para él más que un viejo aburrido y patético, una mala copia del padre que lo abandonó por diez años cuando niño. O acaso haya creído que comenzar de nuevo en otro país le depararía la solución a su infortunio.... ¡Vaya uno a saber!.

Si tuviera que darles mi punto de vista, les diría que el tío Pablo hizo por su sobrino todo lo que estuvo a su alcance para decirle cuánto le importaba, cómo lo quería. En cambio, el destinatario de tanta bondad nunca contribuyó a alimentar la relación, siempre devolvió su más inmisericordioso desprecio a cada una de las demostraciones de afecto de su tío.

Ya al año de su llegada, y en una tarde cualquiera, sucedió lo inevitable. Pablito se encontraba trabajando en el improvisado taller del altillo. Su tío se le acercó como en varias ocasiones lo había hecho, y trató de llegar a él de la manera en que un padre se acerca a su hijo... Con una frase azarosa, casual, con el único deseo de compartir un momento con su ser querido.

“¿Pablito, en qué andás ... qué estás haciendo? – le inquirió. Él, concentrado en lo suyo y ausente como de costumbre, le respondió con un frío “Trabajando ... ¿No ve?”. La antipática respuesta no fue suficiente para desilusionar a su tío.... Estaba acostumbrado a sus descortesías, e insistió en su cometido.

¿Querés que te ayude, puedo darte una mano?, le habló casi al oído, y poniéndole su palma sobre el hombro.

Quizás fue la sorpresa del contacto físico, o acaso haya sido la falta de costumbre de ese afecto nunca recibido .... Pero cualquiera haya sido la razón – no importa -, su cuerpo se estremeció dejando caer una radio que estaba arreglando, con tan mala suerte que se hizo pedazos al tocar el piso.

“¡Pero la puta madre tío... Por qué no me deja de romper las pelotas... Mire lo que me hizo hacer!", le gritó, mirándolo fijamente a los ojos y quizás por primera vez con tanta determinación y odio.

El tío se quedó mudo, ahogado en su propia impotencia. La frase “¡No me rompa las pelotas!” le resonó una y otra vez, como la voz de un eco interminable. Era un viejo de casi 70 años, hecho a la antigua... No estaba acostumbrado a que le faltaran el respeto de esa manera.

Miró a su sobrino sin proferir palabra. Sus ojos estaban vidriosos, llorosos. Su respiración, entre agitada y contenida. Dio media vuelta, y se fue sin abrir la boca.

No entendía el por qué de la ira y maltrato de su sobrino. “¿Qué le hice?”, se preguntaba. No encontraba razón, él y su esposa no habían hecho otra cosa que darle todo. Y quizás ése haya sido el motivo: ninguna imitación sustituye al original, ningún tío al padre. Ningún nuevo amor, por bueno que sea, entierra los todos los fantasmas de la sangre.

Y así fue que desde aquel día nada más se dijeron. Nunca más se hablaron. Todo lo que se debían entre ellos, era resuelto a través de un intermediario: la tía Antonia.

Ella ofició de intérprete por más de 15 años. Quince años durante los cuales nada se supo de lo que uno y otro sentían. No hubo amor ni odio visibles... Nada. Sólo un rencor inconfeso, pero latente como aquella frase que cambió la historia entre ambos, solo intercambio de consignas a través de la tía Antonia, en su nuevo e incómodo rol de mensajera: “Tía, dígale al tío que mañana.....”, o, del Tío Pablo, “Decile a ese que cierre la puerta del taller cuando se vaya porque....”.

El tío ya no se referiría más a su sobrino con el tan entrañable “Pablito”, sino con un “Ése”, desprovisto de afecto, cargado de mudo resentimiento. Su nombre no sonaría más de su boca, por largos quince años. Y me consta que fue así... El nombre de mi padre, Pablito, jamás se volvió a mencionar en aquella casa de Parque Chacabuco hasta el día en que me contaron esta historia.

Y fue de la boca del propio “tío Pablo” -así lo llamaba yo también-, que la supe.
Una mañana cualquiera, cuando me negué a acompañar su bandoneón con mi guitarra. Una mañana cualquiera, en la que yo también me fastidié y le dije: “Tío, no me rompa las pelotas”, y él se volvió loco: “¡Sos igual que él!”, me gritó, y se puso a llorar como un chico... “¡Sos igual que tu padre!”.

“No tío”, le dije... “¡No soy igual, yo soy Luis, perdóneme, yo lo quiero mucho tío, no sabe cuánto lo quiero!”. Y sin más, lo abracé fuertemente. Él hizo lo mismo, y nos pusimos a llorar como chicos; aún hoy me estremece recordarlo.

Mi papá no estuvo presente aquel día
de mi discusión con el “Tío Pablo”, ya se había separado de mi madre. Jamás se enteró de lo ocurrido.

Poco tiempo después, el pobre Tío enfermó. Y fue a mí a quien le tocó padecer la agonía de aquel querido viejo. Estaba muy cansado, llevaba 85 años a cuestas.

No soportaba la idea de verlo morir en un hospital, era injusto. El tío Pablo no se merecía una despedida así. Ese viejo era mío, parte de mi vida.... Lo había sido todo: mi tío, mi abuelo, mi padre ausente.

No sabía qué hacer, y me faltaba valor para estar junto a él en su partida. Desesperado, sólo rezaba todas las noches y fantaseaba con la idea de un milagro.

Una tarde, a pedido de “Mi tía Antonia” – así llamaba yo también a su esposa – me decidí a ir al hospital. El Tío estaba acostado, medio dormido, con los ojos cerrados. Debió de haber sentido mi presencia, no sé cómo explicarlo... Pero a poco de entrar a su habitación, recobró la lucidez.

“Tío!”, le dije contento de ver sus ojos buenos una vez más.

“Hola Pablito”, me respondió. “¿Cómo estás?... ¡Qué lindo que me hayas venido a ver! .... “¿Te acordás cuando íbamos al cine del pueblo a ver las películas de Chaplin?.... “¡Cómo nos reíamos, te acordás! ... ¿Qué lindo volver a verte, Pablito .... Qué alegría que estés aquí!”

Yo estaba desconcertado, no supe qué decirle.

Por detrás, su esposa Antonia me dijo que hablaba incoherencias y lo mezclaba todo: nombres, rostros, fechas... Que quizás me confundía con algún amigo de la infancia, de aquella Italia mágica a la que jamás retornó. “Seguile la corriente”, me sugirió ... Y conversé con él por unos minutos hasta que se durmió susurrando aquel nombre, el de mi padre.

Sus últimos recuerdos antes de partir le habían jugado una mala pasada. Sus últimas palabras traicionaron quince años de innecesario rencor y silencio, dejando al descubierto un inconfeso amor, un amor deseado desde lo más profundo del corazón.

El amor por su sobrino, su hijo postizo, “Pablito”, pero lamentablemente enredado con el rostro de quien tiene a cargo contarles esta historia.

“¡Qué muerte triste!”, reflexioné. Debió haber sido mi padre el que ocupara mi lugar... A él estaban dirigidas esas palabras.

Fue desde aquella tarde que comprendí la necesidad de perdonar, de no vivir con un estúpido resentimiento a cuestas. Me dije a mí mismo “No hay nada que no valga la pena ser perdonado”, aunque duela, aunque parezca imposible.

Cada vez que necesito grandeza de espíritu, indulgencia, recuerdo la voz del tío Pablo antes de dejarme: “Pablito, Pablito, Pablito”.

Patricio

(dedicado al Tío Pablo - 1891-1976)

jueves, 22 de enero de 2009

Vuelo de primavera

Tenue volar de mariposas lábiles.
Noche plagada de destellos azules.
Ángeles ciegos que no acuden a la cita
por temor a encontrarte aún desnuda.

Hay un rumor de manantiales claros
y una graciosa flor que se acomoda
entre las piedras de mis desvaríos,
para ceñirse el traje de la despedida.

Suenan violines, nace la aurora,
cantan a dúo los pájaros y el cielo.
Bebo en tu cántaro de miel y espero
que el sol de la mañana no te lleve.

Pero es inútil: soy invierno y frío.
Nada es capaz de detener tu vuelo.
Surges de pronto, debajo de la nieve
y es imposible pedirte que te quedes.

¡Déjame entonces! Vete, si quieres.
Tú eres la fértil. Yo soy la espera.
¡Qué no permita Dios que este capricho
deje sin germinar la primavera!

Lucio

domingo, 28 de diciembre de 2008

Andares

Desde lo alto de la loma, el pueblo parece adormecido.
Desciendo y lo bordeo.
Existen infinidad de entradas.
Elijo una y la traspaso naturalmente, como si fuera de la casa.
Un perro se incorpora, ocupa el rol de anfitrión. Solitario deambula. Me ha visto.
Se dirige hacia, mí describiendo círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta ubicarse a una distancia prudencial.

Su mirada es profunda y persistente. Se vuelve a echar.
Atemporal es la palabra que viste al entorno.
Envolvente, otra que le da cuerpo a mi sentir. Mi estado esta acorde. A tono con el lugar. Me hospeda.
La única melodía presente es la ejecutada por el viento.
Algo me impulsa y comienzo a recorrerlo.
Las calles están dispuestas en forma circular. La mayoría se solapa y las casas siguen el mismo patrón. Conforman una extraña geografía y un andar paradójico.
Pirata, así se llamaba el perro de Ana, compartía el mismo calvario que mi eventual compañero. Ambos carentes del ojo izquierdo.
Detengo mi marcha sin saber por qué.
El viento calma y escucho el crepitar de las hojas.
Ahora yace sentado a mis espaldas.
Se parece bastante al de Ana...
Retomo el camino. Me sigue .lo sigo. Mis dudas también.
Por algún extraño motivo me dejo guiar.
Parece un juego que alguien dispuso para mí.
Una señal ó simplemente un espejismo creado para preservarme y no terminar alienado.
Hubo un tiempo….
Es tarde…, perdí mis referencias y estoy a la deriva.
No es algo pasajero ó coyuntural. Es definitivo.
Ana y Pirata, habían vuelto a ocupar mis pensamientos de un modo fragmentario. “La memoria guardará lo necesario, ella sabe de mi mas que yo y no desecha lo que merece ser salvado “, decía Eduardo. Celebro su rescate en silencio. Me lo había ganado. No tenía cuentas pendientes.
Pirata se adelantó - me marca el camino. Su andar es tortuoso, pero avanza, siempre avanza.
Lo enigmático de las paradojas descansa en su incertidumbre. Sus pliegues. Cuando los extremos se tocan.
Estoy en paz.
Pirata se sienta a mi lado, lo acaricio.
Ya no hay camino.
Solo este inesperado, inexorable, sembradío de cruces.

Raúl Menéndez

domingo, 2 de noviembre de 2008

Momentos

Llegó al amanecer.

Abrió la puerta de rejas quebrando el silencio y la quietud que prevalecía en el lugar.
Luego traspuso el jardín y se detuvo bajo la arcada, a un costado del imperturbable macetón con malvones.

Recorrió su forma con la punta de sus dedos hasta encontrarla.

Procedió a introducirla en la gruesa puerta de madera que oficiaba de entrada principal.
Encendió luces a su paso.

Subió las persianas y desplazó ligeramente las ventanas que daban a la parte posterior de la casa.

De inmediato comenzó a percibir una agradable y conocida melodía natural que lo invitaba sutilmente a recorrer el parque.

Todavía era demasiado temprano.

Primero tenía que cerciorarse de que todo estaba a la altura de las circunstancias.
Durante la noche no había podido conciliar el sueño.

Una sensación de agobio brotaba de su interior.

Se acercaba la hora.

La casa tenía una distribución cerrada, nada especial. Los dormitorios, el living comedor, la cocina y el baño desembocaban en un pasillo común ubicado en el centro de la misma.

Aunque el hombre había experimentado que a veces la distancia entre alguno de estos lugares era tan grande que se perdía.

En otras circunstancias bastaba solo un giro ó unos pocos metros para que se encontrara ante un escenario completamente nuevo.

Al principio fue casi imperceptible, más tarde se extrañó.

Ahora le resultaba extraordinariamente natural.
La constante eran los viajes. Había temporadas en que algunos parroquianos venían de muy lejos y todo se bañaba de amarillo.

Se presentaban a menudo, pero rara vez se juntaban.

Sin embargo este encuentro era crucial.

En ocasiones las habitaciones crecían y crecían conforme se habitaban y su tonalidad cambiaba al verde, envolviendo a la belleza por venir.

En cuanto a sus paredes de ladrillos, no diferían de cualquier otra pared, pero si se observaba con detenimiento, guardaban una similitud notable con las arrugas que denotan el paso del tiempo.
Alguna de ellas emergía de lo profundo tomando forma de cicatriz.

Lo verdaderamente curioso era que tenía una extraña capacidad de almacenar sentimientos.
Pequeñas y grandes alegrías, sentidas pérdidas, fogosos deseos, profundas frustraciones.
Algunas veces las voces anunciaban su presencia, otras surgían explosivamente, como la risa franca, llena.

Acompañaban, siempre acompañaban latiendo al ritmo de sus habitantes.
En tanto la cocina ocupaba un lugar de privilegio, su peculiar aroma seducía y su expansión no conocía límites; hasta el silencio pasó a ser un huésped más, y luego por su persistencia fue tomando hegemonía.

Poco a poco fueron llegando hasta que estuvieron todos.

Por un instante la casa recuperó su bullicio habitual.

Solo faltaban ellos.

Entonces un sonido agudo llegó del exterior y repercutió en el vacío circundante.

El hombre observó por la ventana.

Eran ellos.

Les hizo señas mientras buscaba las llaves; entonces comprendió que el momento había llegado, se dirigió con pasos cortos en dirección al fondo de la casa.

Le pareció escuchar un murmullo, luego risas contagiosas, sanas, inconfundibles cuando la infancia juega.

Siguió decididamente hasta el umbral que delimitaba el mosaico con el pasto.

El día estaba despejado y calmo. Esperándolo.

Se paró y comenzó a recorrerlo palpando cada planta del lugar.

Todas estaban de pie, en señal de respeto. El sentimiento era mutuo. Cada una en su lugar, tan natural como anárquicas.

Se detuvo a escasos metros del sauce. Lo acarició –como se acaricia a los hermanos de la vida.
Posó sus manos en la tierra una vez más.

Se incorporó y prosiguió su recorrido con pasos lentos y armoniosos, haciendo inevitable su semejanza con una vieja danza oriental.

Desde lo alto de un pino vecino lo observaba el venteveo.

El pájaro lanzó su canto de bienvenida - como de costumbre. El hombre levantó la vista a modo de respuesta, se retiró como había llegado, en silencio.

De pronto se detuvo, giró, respiró profundo y echo una larga mirada.

Inmediatamente volvió a girar y se dirigió sin detenerse hasta antes de llegar a la puerta de entrada.

Paró, se compuso y con paso decidido, avanzó hacia la pareja joven que ansiosamente lo esperaba.

Sintió que sus fuerzas lo abandonaban; sin embargo puso su mejor sonrisa, entregó las llaves y estrechó fuertemente sus manos.

Se alejó caminando, previo saludar al joven que descolgaba el cartel. Era mediodía. Las calles estaban desiertas.

Otra partida.

Otra llegada.

Otro refugio.

Sintió entonces que de eso se trataba el viaje.
Solo de pasos y de paradas.

RAUL

lunes, 8 de septiembre de 2008

Algo habrá hecho...

Para Laura, las noches de los domingos tenían un olor especial. Sabían a pucherito humeante y a esperar sentadita a la mesa, junto a su papá Hugo, a que empezara “Polémica en el bar”, su programa favorito. Las ocurrencias de Minguito Tinguitella la hacían reír a carcajadas.
Después de cenar y levantar los platos, completaba su tarea, mientras su mamá planchaba con almidón el uniforme del colegio religioso al que concurría.

Ese domingo, 16 de junio de 1977, y con sus 11 años recién cumplidos, Laura nunca más iba a saber de risas ni de mesas domingueras y, lo que fue mucho peor, nunca más volvería a ver a su papá ; un hombre noble, buenazo, de mirada transparente.

Hugo era sindicalista metalúrgico. De esos trabajadores que se levantaban todos los días a las cinco de la mañana y volvían a su casa a las ocho de la noche. Un luchador de los derechos de sus compañeros de fábrica. Jamás callaba lo que pensaba, sin darse cuenta que, por aquellos tiempos en la Argentina, era muy peligroso pensar, luchar y, por sobre todo, hablar.

A Teresa, la mamá de Laura, no le interesaba demasiado la política y sólo escuchaba a su marido con atención. Pasaban sus días con un ritmo rutinario, bello, amable.
Sentada junto a él, compartiendo un licor de café al cognac, lo admiraba y sentía - más allá de la humildad de su hogar- que todo estaba como debía ser. Ese domingo hacía frío. La estufa estaba prendida, y Pucho, un perro callejero que habían adoptado, dormía plácidamente frente a ella.
El puchero estaba en la mesa, y los actores de “Polémica en el bar”, ya se encontraban reunidos para entretener a los televidentes un domingo más.

A las nueve en punto de la noche, golpearon la puerta de la casa, con una fuerza, que la familia pensó que la derribarían. No se equivocaron. La puerta se vino abajo y, tras ella, irrumpieron tres hombres con escopetas en las manos. Decididos a todo.

Teresa les imploraba, aterrada, que no les hicieran daño; Laura lloraba apretando los dientes y las manos; y Hugo, con la boca abierta y de pie frente a ellos, comenzó a gritarles sin miedo, con firmeza, que se fueran.

En la memoria de Laura quedaron grabados para siempre aquellos gritos. Los ruidos de los adornos que estallaban en el suelo del comedor. Los insultos. La silueta de su madre arrodillada rezando en voz alta un Padre Nuestro. Lo último que pudo ver fue a uno de esos hombres que la miraba fijamente, mientras encapuchaba y arrastraba a su padre a la calle. Madre e hija quedaron confundidas mirando por la ventana cómo el Ford Falcon verde partía. Nunca supieron hacia dónde.

Se abrazaron y lloraron toda la noche sin decir una sola palabra. Laura jamás olvidaría ese domingo de junio. Como tampoco olvidaría esos ojos negros, penetrantes, que casi con burla la miraban. Pasaron toda la semana en una confusión terrible. La desaparición de Hugo les era incomprensible.
Teresa desesperada llamó por teléfono a un compañero de su marido que, sabía, era abogado. El Dr.Verdini, la atendió de mala gana, pero le aconsejó y ayudó a presentar un “Habeas Corpus en la comisaría más cercana”.

Ella lo hizo. Parada frente al oficial de policía, con los papeles en la mano, se sentía desolada. El maltrato que recibió y las miradas punzantes, acusadoras, hicieron que la mujer, después de la presentación, huyera- porque ése es el término exacto- huyera corriendo, sintiéndose perseguida, señalada.

Cuando llegó a su cuadra caminó más despacio. Todavía estaba agitada. Pensaba. No podía parar de pensar… Entonces se dio cuenta que sus vecinas y amigas del barrio no habían preguntado nada. Tampoco la fueron a visitar, a consolar y, en el almacén de don Ángel, recordó haber escuchado - casi como un susurro- “y…algo habrá hecho”. Sin poder controlarlo, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Con un nudo inmenso en el pecho pero con el corazón colmado de esperanzas, el domingo siguiente, se sentaron las dos en la mesa. No prendieron la tele, y a las nueve de la noche, con el tenedor y el cuchillo en la mano, Laura lloró a los gritos porque sintió dentro suyo que su padre no regresaría; como tampoco su perrito Pucho, que había escapado en el alboroto y nadie se había dado cuenta.

Al otro día iría al colegio. Eso la ponía un poco mejor. Su amiga Stella la estaría esperando; como también sus maestras. De alguna manera le haría bien que la abracen en silencio, que no hicieran preguntas. Porque ella no tenía respuestas. Sólo podía decir que unos ojos fríos y llenos de maldad le habían insinuado lo peor que pudiera pasarle: no estar más con su papá. Caminó nostálgica con su uniforme y portafolios hasta la puerta de la escuela. Sus trenzas terminaban en dos moños blancos impecables. La Madre Superiora la recibió con una sonrisa que- a su entender- le pareció algo exagerada. La llevó a su despacho, donde Jesús crucificado la miraba desde un cuadro inmenso que colgaba en la pared, y la invitó a sentarse.

Con voz calma pero inconmovible dijo: “Laura, siento mucho la desaparición de tu padre; pero debes entender que por algo suceden las cosas y Dios siempre es justo. Si tu padre jamás abandonó el camino que Jesús nos ha marcado, volverá pronto; y si no sucede así, deberás entender que son pruebas que debemos enfrentar para fortalecer nuestra alma con resignación y obediencia.”

Laura cerró los ojos y escuchó, casi con desgano, que terminaba su discurso: “…a tus compañeros no les hables del tema. De “eso” en este establecimiento no se habla. Tu maestra te revisará el portafolios todos los días. No lo tomes como un agravio, simplemente debemos saber qué lectura llevas contigo. Puedes ir con Dios.”

Laura poco entendió de todo eso. Había fantaseado con que la Madre Superiora la tomaría entre sus brazos y le diría “yo te ayudaré, rezaremos juntas una plegaria a Dios”.
Obedientemente salió del despacho, subiendo sus hombros, como queriéndose decir a ella misma, que ya nada importaba, que lo único que le interesaba era que su papá apareciera. Y eso debía suceder así, porque esos hombres malos fueron los que perdieron el camino de Jesús. Su padre- estaba segura- caminaba por el mismo sendero de siempre.

Cuando llegó al aula, sintió un silencio que la hizo estremecer. Buscó con la mirada los ojos de Stella. No los podía encontrar. La maestra la hizo pasar gentilmente, con esa sonrisa que encerraba la misma artificialidad que había notado en la Madre Superiora. Le pidió permiso para revisar su portafolios y Laura notó que se quedaba con la libretita donde tenía los nombres y direcciones de sus compañeros. Sin darse cuenta, apretó tan fuerte una goma, que la terminó partiendo.

En el banco de Stella, que estaba al lado del suyo, no había nadie. El vacío era tan grande que sintió que terminaría por llenarlo con lágrimas. Éstas salían a borbotones de sus ojos sin control.
Todos los días, desde entonces, Laura sintió el aislamiento de sus compañeros y maestras.
A veces en los recreos se sentaba en el patio de la escuela y conversaba con Marisa, una nena de séptimo grado de tez negra, que, como ella, estaba sola, y compartían la merienda en silencio. Marisa le tomaba la mano y las dos se sonreían.

Después de algunos meses de tristeza, de indiferencia, Laura estaba ansiosa porque sonara la campana que la haría volver a su casa. Cuando por fin sonó, se puso un poquito contenta, guardó sus útiles y salió. Caminó despacio. Los árboles estaban comenzando a florecer y sabía que, cuando llegara, Pucho no la recibiría ladrando como siempre. Eso hizo que el dolor volviera a invadirla con más fuerza. Encontró a su madre en la cocina, bordando un pañuelo blanco. Pudo leerlo casi al descuido. Era el nombre de su padre. Laura creyó que la cabeza le estallaría en mil pedazos. Dos palabras salieron sin querer de su boca “¿Para qué?”.

Teresa levantó la vista, dejó el bordado y le explicó que a partir del jueves próximo iba a dar vueltas a la Pirámide de Mayo junto con otras mujeres, madres, abuelas y esposas de desaparecidos. “Lo hacen en busca de respuestas, en silencio, con un pañuelo blanco en la cabeza, donde está bordado el nombre del ser querido que no pueden encontrar”.Con una bella sonrisa, la invitó a danzar junto a ellas. Laura sintió una bronca que le golpeaba contra el pecho y hacía que su corazón latiera a un ritmo descontrolado. ¡Todo lo que había vivido en el colegio, y todavía su madre con esto de “girar” en círculo en la Plaza de Mayo!

Comenzó casi a gritarle, tratando de hacerle entender que por llevar un pañuelo blanco y girar nada más, su padre no aparecería. Que ella quería luchar, que sentía odio y vergüenza, que en la escuela la discriminaban todos y no entendía porqué. Que el otro día, a la salida de la escuela, la mamá de Stella agarró la mano de su hija y salieron como si se las llevara el demonio.
Teresa suspiró hondo, le acarició las mejillas mojadas y trató de explicarle que ella estaba luchando por su padre, pero desde otro lugar. Tratando de vaciar su corazón de odio. Llenándolo de comprensión y sabiduría. Que todo sentimiento de rencor y venganza no la llevarían a nada, más que a engendrar más odio. Girar en la plaza era una manera pacífica de manifestar su inmenso dolor, y que, a la vez, las vería el mundo entero.”Es una manera de hacer algo, hija”.
Cuando Laura se fue a dormir, no lograba conciliar el sueño. Sentía miedo. Miedo de que la vieran la Madre Superiora y sus compañeras de escuela, girando, con un pañuelo en la cabeza. Pensarían que estaba loca, que su madre también había enloquecido… Miedo, mucho miedo, de que- al verlas- “ellos” volvieran a buscarlas al domingo siguiente.
Cuando llegó el día jueves, Laura se sintió diferente. El miedo se había disipado, y las palabras que le había dicho su madre le daban una fuerza que ni ella misma entendía. Fue como soltar una mochila que llevaba en la espalda y poder caminar más liviana. Primero giró alrededor de la Pirámide, de la mano de su mamá, con la cabeza gacha, como con vergüenza. Cuando tuvo el valor de levantarla, escuchó las risotadas de unos oficinistas que caminaban por la plaza. Entonces apretó fuerte la mano de su madre. La miró, y se enorgulleció de ver un rostro con una mirada altiva, triste, pero segura. Lloró en silencio. Por su padre, por su madre, por tanta incomprensión que había tenido que aprender a soportar a sus 11 años. Por la Madre Superiora. Por Pucho, que lo extrañaba horrores. Por la vida misma que, sentía, le dolía en cada paso que daba.

Los meses pasaron. Todos los jueves sin decirse nada, con total complicidad, tomaban el subte “A” y giraban, gritando en sigilo tanta impotencia. Y, aún así, ese silencio era escuchado. A veces con insultos, otras con corridas, con nuevas desapariciones. Pero manteniendo intactas las mismas convicciones. Sin odios, ni resentimientos, ni venganzas. Ni siquiera el recurso a la voz para exigir “¡Justicia!”. Cuando llegó noviembre y también la finalización del año escolar, Teresa acudió orgullosa al colegio de su hija. Pero esa alegría se desvaneció rápidamente cuando, al verla, la Madre Superiora la invitó “a conversar”.

En su despacho, y otra vez con el cuadro de Jesús como testigo, le comunicó con pocas palabras que no había vacante para su hija el año próximo. Que no lo tomara a mal, que Dios y otra vez Dios, las guiaría hacia el camino correcto. Que ese establecimiento no la podía albergar, “porque el alumnado había estado preguntando” y bla, bla, bla, bla. Teresa le sonrió, se levantó torpemente y salió de esa escuela dándose cuenta cuánto se había equivocado al haberla elegido. Tratando de olvidar ese triste episodio para siempre.

Pasaron los años. El tiempo no se detiene. Camina para algunos, corre para otros; pero continúa, indefectiblemente. Con un sol que nace todos los días y se esconde a la noche, para renacer otra vez, en cada uno, con la misma calidez. Laura creció. Se hizo una bella mujer, por dentro y por fuera. A Teresa ya no la tenía. Había partido cuando llegó la democracia a la Argentina y pudo al fin sentirse en paz, sabiendo que su hija era un ser íntegro, libre de odios y venganzas. Fue una mujer que prefirió descansar con la grandeza de aquellos que han sufrido mucho y, aun así, saben perdonar. A Laura los médicos le dijeron que “se había ido apagando como una velita”. Y ella también lo creía así. Se convirtió en una maestra jardinera- ésas que los chicos no pueden olvidar- y era feliz en ese mundo de inocencia.

Todos los días iba a su trabajo con alegría. Tomaba el colectivo y luego de una hora de viaje, se bajaba. El trayecto lo hacía, a veces leyendo, otras, escribiendo informes.
Pero esa mañana de abril tenía su cabeza en blanco. Miró distraída a los demás pasajeros y, entre sus caras, percibió una mirada que conocía muy bien. Negra, fría, penetrante.
Entonces recordó. Y, al hacerlo, tembló.

Era él, lo sabía. ¿Cómo no reconocer esos ojos? Los había visto tantas veces en sus pesadillas, en todos esos años de terapia…

No podía dejar de mirarlo. Él, en cambio, trataba de ignorarla. A partir de ese día Laura estaba obsesionada con volver a verlo, hablarle, preguntarle por su padre. Se sentía confundida.
Por momentos la asaltaban ráfagas de odio y, a su vez, las ansias inconmensurables de saber qué sucedió ese domingo oscuro de junio.

Varios meses transcurrieron. Todos los días siguió buscando - fascinada y a la vez aterrada- esa mirada. Esas respuestas que tanto necesitaba. Y la volvió a encontrar…

Una mañana cálida de primavera, cuando subió al colectivo, mientras sacaba boleto, lo vio. Estaba sentado solo en un asiento de dos, del lado de la ventanilla. El corazón le dio un vuelco.
Se sentó junto a él. Comenzó a mirarlo. Podía sentir su respiración, reconocer su olor, sus manos…

Sus manos eran lo que más la obsesionaban. Esas manos que habían tocado a su padre, ésas que estarían manchadas por siempre con su sangre. Las mismas que lo habían encapuchado, arrastrado, y también quizá…lo habrían matado. Tantos sentimientos encontrados: odio y venganza mezclados con perdón y compasión. Años de enseñanza que le había dado su madre. ¡Cuánto había imaginado y esperado ese momento! Y ahora lo tenía allí, sentado junto a ella…
Sin pensarlo -como un acto reflejo- tomó las manos de ese hombre, las puso entre las suyas y las besó, mientras lloraba desconsoladamente. Las besaba pensando que así sus lágrimas limpiarían la sangre derramada de su padre. Las besaba como un símbolo de perdón.
Las besaba, tan sólo las besaba. Y se sintió feliz. Bajó del colectivo sin mirar a nadie. Se secó las lágrimas con el pañuelo blanco bordado que siempre llevaba en su cartera, y supo entonces que, a un pasado doliente, uno puede o bien pasarle por arriba, o bien abrazarlo.

Y Laura pudo abrazarlo.
Alejandra Muente

FIN