domingo, 27 de julio de 2008

Joven caballero

Bla, ble, bli, blo, blu. Bla!. Blablá. Hace mucho, mucho tiempo, conocí una doncella. Desde la almena de la torre en la que estaba prisionera me gritó: “Caballero, los hombres hacen de las palabras que conocen sus inexpugnables castillos”.

Sorprendido por aquellas palabras, grité: “No se preocupe bella doncella, he venido a liberarla”. Desmonté, me quité la pesada armadura y escalé la torre dificultosamente. La doncella no estaba contenta de mi heroica acción, miraba mis ojos con odio de huérfana; desconcertado pregunté: “¿Qué pasa?, en tus ojos sólo veo odio. Arriesgué mi vida escalando esta torre, ¿acaso no deseabas ser rescatada? ¿No eres víctima de un hechizo? ¿Prisionera de un dragón?.”. Con más odio me miró, dijo enfurecida: ”Acaso no has escuchado lo que he dicho. No estoy en esta torre para ser rescatada. La he levantado con mis palabras, desde aquí veo el mundo sin necesidad de viajar en todas direcciones.” No respondí; avergonzado, herido en el orgullo, me fui.

Cabalgué largas horas a través de un hermoso valle, los margaritones alegraban mis ojos y el cielo mostraba su mejor rostro. “Buena señal”, me dije. Era un joven caballero, el desaire de una doncella no desanimaría fácilmente mi férrea voluntad. Abandoné el frustrante episodio en el laberinto de la memoria, y juré acudir al primer pedido de socorro sin vacilar.

Un poderoso castillo clavado en la cima de una colina, invitábame a probar mi valentía. El puente levadizo estaba bajo, las inmensas puertas de madera abiertas de par en par, un enorme foso vacío rodeaba a la construcción. Nadie me recibió, ni anunció mi llegada, deduje que el lugar estaba abandonado a causa de una peste, o de una invasión enemiga.

Desmonté en el patio principal dispuesto a explorar cada dependencia a pie, pero un grito misterioso me obligó a desenfundar la espada: “¿Quién eres?”. “Soy un caballero que ha jurado hacer el bien, ¿tú quién eres?.”, pregunté. Las puertas del establo crujieron al abrirse lentamente. Un hombre de un metro cincuenta de estatura, pelirrojo, barbudo, ojos vivos, vestido con una capa roja que envolvía todo su cuerpo, me sorprendió diciendo, “Inclínate ante el rey de Yolosé”. No cuestioné su pedido, arrodillado ante el pequeño hombre, besé su mano.

-¿Qué ha pasado con tu reino?- pregunté.
-Este es mi reino, ¿no lo ves?. Lo he construido con mis propias palabras desde los cimientos…
-Pero no hay súbditos, juglares, nobles… ¿y tu reina?
-Mi reina vive en su castillo. No necesito súbditos, nobles, ni juglares. No necesito sus palabras…
-No entiendo, ¿qué valor puede tener tú palabra si no la compartes con nadie? Eres el rey de un reino muerto…
-Joven caballero…mi reina, los nobles, los súbditos y los juglares han construido sus moradas…algunos tienen castillos y otros humildes casas. Todo depende de las palabras -contestó con impaciencia.
-Comprendo… pero eso no explica la soledad de este reino…
-¡Tras los muros de nuestras palabras juzgamos el mundo! -
respondió con fastidio, y señaló la puerta invitándome a salir de su castillo.

Me fui sin saludar, pensando en no regresar jamás. Una doncella que no quería ser rescatada, un rey sin reina, ni reino. Era demasiado. Sentencié porfiadamente que el día no culminaría sin que yo, Pedro Della Cabeza, realizara una buena acción.

El camino de la montaña era estrecho y tortuoso, cuando llegué al llano agradecí la fidelidad de mi caballo, ambos necesitábamos descansar. Caminé entre los inmensos robles de un bosque interminable, hasta que vi las chozas de lo que parecía un mísero poblado. Supuse que era acosado por un recaudador de impuestos. Me presenté ante el primer hombre que crucé, le propuse me diera albergue y alimento a cambio de mis servicios. Todos los habitantes del lugar me rodearon; el líder, un hombre robusto, de rulos negros como el carbón y mirada bondadosa, me dijo:

-No te necesitamos caballero.
-¿Por qué?, están vestidos con harapos, sus chozas son de paja. Este pueblo parece una aldea bárbara…
-Lo que ves es lo que hemos podido construir, el recaudador de impuestos nos quita demasiado oro por pocas…
-Pídeme que haga justicia, y le cortaré la cabeza, con el oro que ahorrarán levantarán una ciudad…
-No, joven caballero. Eso sería una locura, el recaudador a cambio del oro nos da las palabras, con las cuales construimos nuestros hogares. Somos ignorantes, si lo matas ¿quién nos dará palabras?, ¿tú? Otro recaudador vendrá…
-Pídeme que lo castigue para que el pago sea justo…
-Entonces, cuando te vayas, nos dará palabras vulgares, condenándonos a la ignorancia. Vete caballero, no hay lugar para ti…

Al borde de la ira caminé hasta un claro del bosque, encendí una fogata, pues el ocaso era inminente, quité todas las ataduras a mi fiel caballo y lo liberé dándole un chirlo en las ancas, enterré la pesada armadura al pie de un roble. En el centro del claro señalé el cielo con la espada y la clavé en el suelo gritando: “Me has engañado, de qué sirve ser un caballero errante, que por obra debe hacer el bien, si no hay doncellas que rescatar, reinos que salvar o campesinos que ayudar” Lloré abrazado a mi espada, una lágrima corrió por su afilada hoja hasta sumergirse en la tierra que había herido.

De la herida nació una dama blanca como la nieve, de rostro calmo y mirada celeste, desenterró la espada y dijo: “Joven caballero, nadie te ha engañado, toma esta flauta, ve de reino en reino, recitando los versos que tu corazón manda, y verás como en poco tiempo logras hacer el bien sin tu espada”.

Así fue, rescaté bellas doncellas de sus palabras, regalé cuanta palabra pude a los campesinos de todos los feudos, las distancias de un reino a otro se acortaron con mis versos y hasta los prejuicios huyeron.

Veglia

domingo, 22 de junio de 2008

Después de la lluvia

Las gotas de lluvia lograron escabullirse por los resquicios de tierra seca del jardín. Viajaron, subterráneas hasta llegar al corazón de la semilla y al final la aventura. Unos cambios repentinos y, de pronto, la lucha por convertirse en tallo, luego, en flor. Salir de la más absoluta oscuridad hacia los primeros rayos de sol.

Se dejaba abrazar por la danzante brisa del revoloteo caprichoso, que jugaba entre los tallos cercanos, hasta el atardecer. Apuntó hacia el cielo y, luego de un descanso eterno, se desperezó. Entendió: por fin era el momento de crecer y así sus capullos rojos, mientras sus pies se afirmaban en las profundidades de la tierra, se extendieron. El sol se escondió detrás de la luna, que la acompañó con su luz durante todo el sueño. Los grillos desafinados no interrumpieron su viaje onírico por otros jardines; por otros cuerpos diferentes con formas inalcanzables. Los tibios rayos acariciaron sus primeros pétalos, acobardados en salir. Tímidamente, comenzaron a desenrollarse.

Firme en el suelo, presa de un impulso inexplicable pero maravilloso, sintió la necesidad de erguirse, de modificar su antigua posición reposada y adoptar una más desafiante. El cosquilleo suave de las pisadas de las hormigas le producía una alegría inmensa. Entonces, despedía un perfume dulce que, junto al viento, paseaba entre otras flores. Así, un día tras otro, de repente un empujón asesino, sacudió su estructura corporal. Se aferró a la tierra, donde las partículas se desplazaban en todas direcciones, y formaban una cortina de color negro. Un silbido agudo, siniestro, desde un lugar desconocido, acompañaba la lucha. De izquierda a derecha, empecinada en no rendirse ante el embate furioso, soportó con estoicismo el zarandeo y corrió el riesgo de quebrarse. Algunos de sus pétalos más viejos no lograron mantener el abrazo durante la batalla y quedaron flotando en el aire.
Todo lo peor pareció haber terminado. El tallo herido no sentía la fuerza expulsora a su alrededor, las partículas de tierra ya no se movían de su lugar. Y el silbido agudo había desaparecido. Exhausta, con un par de pétalos a punto de despojarse y con la luna como único testigo ocular de la masacre, se dejó atrapar en el sueño hasta la mañana siguiente, donde el sol curó sus heridas, una por una.

Y un día se secó.

Pablo Arahuete

sábado, 10 de mayo de 2008

... Y el mar los traerá

Anónimo, en el muelle,
busco el reflejo de la luna.
Entre pescadores, cañas firmes y arrebatadas,
mi línea silente se escurre.
Las pipas,
suspendidas,
laten al calor del silencio.
El viejo acomoda su gorra y tira
el niño limpia los baldes,
la perra coquetea con el abismo.
Y el mar seduce a los hombres
con ofrendas de peces.

Anónimo, desde el fondo,
persigo el reflejo y quedo atrapado
Entre las algas, corales brillantes e indiferentes,
mis agallas heridas se quiebran.
Las aletas sacuden el viento,
la sangre recoge la sal,
la boca expulsa baba
El viejo
me espera
bajo el humo impune de su pipa
el niño raspa mis escamas ardientes
y ríe
la perra juega con mi ojo
al borde del abismo
Y el mar ahoga el grito de las rocas
con cantos de espuma
.

Anónimo, en la superficie,
el reflejo de la luna
se disipa.
Entre las olas,
aves rasantes y asesinas,
la línea tensa avisa.
Mi caña arrastra la corriente
y despierta su ira.
Repta,
sube y baja
con la marea,
lucha,
coletea,
pero mi anzuelo se queda
El viejo corta las agallas
y festeja,
el niño recoge las cañas,
agrupa las cabezas
la perra olfatea el abismo,
se alejan
Y el mar los atormenta
con su grandeza obscena.

Anónimo, sentado al borde del abismo,
recuerdo el reflejo de la luna.
Entre los espectros,
cañas firmes y pipas humeantes,
mi abuelo con su perra y yo
atento con mi balde.
Los arrojo bien lejos
Y el Mar
con su mueca eterna
los trae de nuevo

PABLO E. ARAHUETE

domingo, 13 de abril de 2008

En el cuerpo equivocado

¿Cómo explicar esto que me ocurre?

Todo está oscuro hace ya meses.

Me siento encerrado, preso. Apenas recuerdo el accidente. O mejor dicho, el atentado.

Imagino los tubos que colgarán de mi cuerpo, las sondas, los monitores. Ese ruido insoportable del respirador… Me cuesta recordar, insisto, pero he de hacer un esfuerzo.

No quisiera despertar y que mi amnesia los favorezca.

Mi mujer. Mi mejor amigo.

Y yo aquí postrado e inconciente.

¿O acaso estuve conciente siquiera en algún momento? ¿Cómo no me daba cuenta?. Si hasta escucho sus voces regodeándose con el embarazo y la proximidad del parto. ¿No tienen pudor?

Salí con mi auto aquella noche en la que él había venido a cenar a casa.
- ¿Quieres que te acompañe?. Me dijo.
- No, gracias. En una hora estaré de regreso. Es sólo una niña con unas líneas de fiebre. Con estos días lluviosos y fríos: ¿Quién no se “pesca” una gripe? Tomen el café mientras tanto y espérenme con un Brandy.
- Como quieras.

Tomé mis cosas y fui por el coche, imaginando entre tanto el camino más propicio para llegar a la casa de mi desconocida paciente. Eran veinte kilómetros más o menos.

Luego supe como ellos aprovecharon mi ausencia en mi propio dormitorio. Recuerdo haber recorrido unos diez o doce kilómetros por lo menos, ya que estoy seguro de haber dejado atrás la estación de servicio nueva. Pero es inútil ver más allá.

Fue como un fogonazo, un dolor insostenible, las sirenas y el silencio. Un silencio que duró semanas o quizás meses. No podría precisarlo.

De pronto volví a sentir mi cuerpo, aunque en realidad no podía moverme. Era como estar flotando desnudo sin poder sostenerme a mi mismo.

Lentamente, he ido recuperándome. Ya hace tiempo que puedo moverme. Como médico, he trabajado en salas de terapia intensiva y creía que estando en coma, el paciente no podía oír a quienes lo rodeaban.

Pues bien: Estaba equivocado. A ellos los escucho a diario.

Así supe de como habían planeado cobrar el seguro, del sabotaje al sistema de frenos del auto, de la llamada falsa en medio de la noche por una niñita con fiebre y, sobretodo, de la lujuriosa celebración que llevaron a cuando supieron que yo no regresaría aquella noche.

Pero lo más hiriente, lo insoportable, lo que no puedo tolerar es escuchar las palabras de ella hablando del bebé y del futuro de los tres como dándome por muerto.

No se imaginan que voy a despertar pronto y podré atestiguar todo lo que sé.

Por cierto, siento que ya puedo levantarme. Si bien estoy débil, ha llegado el momento esperado.

Hoy he de lograrlo. Debe ser así.

Me duele hasta el último hueso. Mi cabeza oprimida parece a punto de estallar.

Alguien me toma con fuerza de ella y … Ahí voy. ¡Estoy abriendo los ojos!.

¡Oh no!... Estoy naciendo. Y pensar que tampoco creía en la reencarnación.

Lucio (2007)

miércoles, 5 de marzo de 2008

Carta de amor de "El" hombre a "La" mujer

Amada mujer.

Abdica ante tí, la luna, el eterno reinado de los cielos nocturnos.

No se comparan contigo las miríadas de estrellas que te cortejan, ni el vago rumor del mar, ansioso por alcanzarte.

Te escribo desde el confín de los tiempos, desde el origen de la conciencia. Como un sonámbulo dispuesto a esperar toda la vida tu respuesta.

Te escribo bajo el hechizo de tus miles de rostros, de tus cientos de nombres.

¿Cuánto tiempo habré de esperar la caricia de tus palabras?

¿Cuánto por acercarme a tu ser?

¿Cuánto por navegarlo?

Por delinear tu rostro desfilan los pintores.

Esculpen tu cuerpo en el mármol los cinceles más diestros. Cantan las aves imitando tu voz y dedica el poeta su obra a tu sola existencia. Y yo no puedo más que escribirte esta carta.

Como una gaviota solitaria tratando de alcanzarte.

Rogaré que despierte tu atención por un instante y descubras lo que encierra.

Es la carta de un hombre. Del hombre que te ama.

Quien te ha amado desde siempre. Aquel que será cientos de hombres y que ha sido otros tantos.

Amada mujer:

Tú eres todas las mujeres.

¿Yo?

Yo soy el hombre.


ORIÓN