viernes, 14 de diciembre de 2012

NADIE TIENE LA ULTIMA PALABRA


Esteban no supo sino hasta aquel momento cuánto la quería!. Pero ya era demasiado tarde, había partido.

“¿Por qué fui tan estúpido??” –se cuestionaba-, como buscando en el martirio personal un castigo mayor a su reciente pérdida.

“Habría bastado dejarla hablar, escucharla. Y no la dejé!.. “

No, Esteban no dejó que ella le dijera nada... Si algo caracterizaba su personalidad –y él lo sabía-, era ese mal hábito de tener siempre la última palabra, casi una enfermedad.

Ella se había ido, para no volver... Y aunque no lo había dicho exactamente con esos términos, él era consciente de ello. No era tonto... Las despedidas definitivas le eran muy familiares, sabían y olían diferentes. No era la primera vez que se le escapaba alguien de esa manera.

Esteban gritaba como un loco su nombre. Quizás, creyendo que sería escuchado a la distancia y que ella vendría en su auxilio... Pero era imposible, hacía mucho que se había marchado... Ya estaría bien lejos, seguramente.

No lo aceptaba ...

Esteban era un hombre muy terco, de esos que no se rinden fácilmente. Recuperarla no le estaba reservado únicamente al campo de los milagros. Él sentía que podía revertir su triste realidad, aunque no sabía bien cómo..

En un últimno intento desesperado tomó su celular ... ¿Una última llamada? -imaginó-. ¿Pero a quién?... ¿De qué iba a servirle?... Nada iba a poder cambiar el destino. A lo sumo, confirmaría la triste verdad que tenía ante sus ojos... Estaba solo una vez más.

“¿Por qué la dejé ir?” –volvía a recriminarse entre lágrimas-... Esteban transitaba de la esperanza a la depresión, como condenado a obedecer la voluntad de un péndulo. La idea de haberla perdido para siempre, invadía su cabeza como un cáncer...

“Ella quería decirme algo... pero, qué... Qué?”.

No había respuestas, ni las habría... Esteban aún no había podido retirar su mano del cuello de ella.

Patricio D'Orrys

jueves, 19 de noviembre de 2009

Con vuestro amable permiso....


Con vustro amable permiso, señor Rubén Darío, este humilde sitio de relatos, historias, fantasías y poemas, se ha tomado el atrevimiento de publicar una de sus escritos más gloriosos.

Los lectores de TLG, seguramente festejarán que lo hayamos hecho.

Patricio

LO FATAL


Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...¡
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,ni de dónde venimos!...

Rubén Darío

viernes, 24 de julio de 2009

La fuente

La plaza, fundada hace muchos decenios por un hombre que, de acuerdo a los parámetros de cordura aceptados en este mundo, podría considerarse demente, aún conserva la frágil belleza de su fuente.
Ésa que algunos lugareños, permeables a historias indemostrables por el sano juicio de la razón, consideran milagrosa, y otros, provenientes de oscuras localidades, con plazas similares a la nuestra pero, es justo decirlo, sin una fuente como la de este lugar, niegan con el único propósito de alimentar su mustio escepticismo (en el mejor de los casos) o simplemente derrochar burlas como si se tratara de un deporte tan importante en materia de adeptos como el ping-pong, también denominado tenis de mesa por aquellos que venían a presenciar, todos los años, los torneos interprovinciales en el club de Arbusto seco, donde se destacaban las increíbles performances de Aki Nomekedo, para muchos una verdadera promesa capaz de ocupar en un futuro próximo los peldaños más altos de la historia del ping-pong nacional.
En realidad, contar la historia de Arbusto Seco a partir de la fuente no obedece al capricho de la casualidad, sino que para mí cobra sentido al recorrer por última vez los espacios y recovecos donde pasé largas horas de mi vida y que hoy encuentro desconocidos, confrontados por una mirada que se deslumbra al pasar. Incluso, en el reconocimiento de esta fuente donde empieza y termina mi historia, o por lo menos mi historia con este lugar. No es fácil distanciarse de las callecitas bajas, bañadas por un sol abrasador que persiste hasta la noche, infranqueable vencedor de la humedad, a diario lo que ya resulta un castigo divino.
Sopor que los habitantes no perciben, acostumbrados a convivir con la sequedad de un clima sin lluvia. De las innumerables anécdotas arrumbadas en las páginas de un libro que aún no se escribe y tal vez ese momento nunca llegue, uno recuerda con la misma sensación de un misterio acogedor la inexplicable historia de la fuente, tan arcaica como la plaza de la que sigue siendo su principal atracción. Quien pretenda considerarse parte de este pueblo debe tomar partido en la insustituible tarea de mantener intacta la leyenda, alejar las sospechas sobre una posible tergiversación de los acontecimientos, disuadir siempre pacíficamente aquellas interpretaciones libres tendientes a minimizar un hecho trascendente.
Una minoría, entre los que me encuentro, transita por la sugestiva frontera entre el creer y el no creer. La duda saludable pero teñida de desencanto no es algo para celebrar. Por el contrario, trae consigo un manto de incertidumbres que revelan la absurda arrogancia de sentirse poseedor de una verdad. Lo mismo sucede con los ladrillos de las casas que mis yemas desprejuiciadas palpan ahora, sin preguntarse quién los puso ahí.
Los pobladores concurren a la milagrosa fuente sin reparar en el raro fenómeno: a simple vista vacía, pero no para la mayoría que la cree llena de agua y deposita sus monedas en procura de concretar un deseo. Durante un tiempo, así cuentan los más viejos a los chicos, la fuente de Arbusto Seco, instalada por el fundador del pueblo, Artemio Infiglio, hombre de pocas palabras y pasado desconocido, en un principio tenía agua.
Luego, un desbarajuste climático, inexplicable en una región de por sí húmeda, condenó a la comunidad de Arbusto seco a una sequía que todavía perdura. Desde ese momento, donde el agua escasea y la deben suministrar pueblos vecinos, la fuente quedó vacía. Hasta aquí, mi relato puede parecer un poco convencional, de nulo atractivo frente al de otros mitos.
Sin embargo, la fuerza de una leyenda no siempre se reduce al contenido de su historia, ni al alto o limitado aprendizaje moral que de ella pueda extraerse. La importancia radica en el efecto que genera entre quienes la reciben y luego transmiten sin una pizca de duda. Doña Libertad aquella sofocante noche tuvo el presentimiento de que algo extraordinario sucedería en la plaza.
Tomó su chalina azul, pese al calor reinante, cruzó apresurada pero prudente del empedrado porque uno de sus tacos podía atascarse, en dirección a la fuente. Refregó sus ojos, atónitos ante semejante hallazgo. "Está llena!" -exclamó entre la conmoción y la sorpresa- aunque parecía vacía.
Inmediatamente, de puerta en puerta, protegida ante cualquier imprevisto por la chalina azul, Doña Libertad, que hasta ese día compartía la misma chatura e insignificante existencia con el resto, que como todos invertía su tiempo entre la habitual caminata por las veinte calles de Arbusto Seco, la visita al almacén de ramos generales para comprar alguna chuchería o por la tarde realizar tareas varias en el club, se había convertido en portadora de la esperanza en un pueblo donde nadie esperaba nada.
Tampoco se sabe a ciencia cierta qué vieron los lugareños al acudir a la fuente tras la convocatoria de la mujer ni cuál fue el motivo que los llevó a aceptar su historia. Mi relación con la fuente se remonta a la infancia cuando me enteré por qué no se iba a clases los 3 de junio, feriado en conmemoración de la muerte de Doña Libertad. Siempre recuerdo el acopio de monedas en la fuente, cada una impregnada de un deseo.
Recorro estas calles y una pregunta me inquieta ¿Cómo se puede cambiar en un lugar donde nadie parece haber cambiado? Tal vez las paredes del club un tanto descuidadas sean el signo de un cambio que no se percibe. No sé, no tengo respuestas. El salón central exhibe orgulloso en la vitrina los trofeos en reconocimiento a las hazañas de Aki Nomekedo, oriundo de su natal Taiwán, vino a parar acá casi de casualidad.
Y también por circunstancias fortuitas uno lo vio jugando al ping-pong contra la pared. Era admirable la velocidad de reacción del muchacho, un verdadero desperdicio detrás de la máquina cortadora de fiambres en el almacén de ramos generales.
Así, de la noche a la mañana el visitante taiwanés se ganó el respeto de todos. Alguien le propuso dar exhibiciones para poder apreciar su manejo de la raqueta e inclusive el dueño del almacén lo persuadió para dejar "ese peligroso trabajo de manipular cuchillas que puede cortar la prometedora carrera de un futuro fenómeno del deporte nacional."
En muy corto tiempo, el ignoto juego de la pelotita y la red se volvió tan importante para el pueblo como la fuente. El imbatible oriental cosechó premios en los torneos interprovinciales, acumuló recortes de diarios que ahora realzan las descoloridas paredes del club, que se llenaban de gente cuando defendía los colores verdinegros de la bandera de Arbusto Seco, en cuyo centro se destaca la figura de un árbol con tres hojas.
El prestigio de los logros deportivos alimentó la expectativa del numeroso contingente de seguidores y la idea de un posible viaje de Aki a Buenos Aires para continuar su ascenso hacia la gloria desencadenó una polémica que mantuvo dividido al pueblo. La plaza fue el escenario de disputas verbales entre una minoría, que aconsejaba la prudencia antes de caer en excesos de optimismo, ciegos frente a un probable fracaso.
Mi fascinación por las piruetas del hombrecito alto y poco comunicativo me ligaba al fulgor mayoritario, tenía la sensación de formar parte de algo. Algo similar me ocurría con la historia de la fuente, que en este instante no puedo dejar de ver vacía, rebalsada de nada, con pocas monedas en el fondo. La única vez que se extrajeron las monedas de este intocable reservorio de ilusiones fue con motivo del viaje de Aki a la ciudad.
Hubo consentimiento general de ayudarlo a comprar el pasaje y durante un mes el aporte anónimo logró eso que parecía inalcanzable.
Como dije al comienzo éste es mi punto de llegada. Creo que me voy de Arbusto seco porque mi asombro frente a las pequeñas cosas fue modificándose. Estoy cansado, éstas fueron las veinte calles más largas y pesadas de mi vida. Quizá mi cansancio obedezca al arsenal de preguntas y recuerdos que estuvo merodeando en mi cabeza.
La fuente luce intacta, el pueblo duerme la consuetudinaria siesta, la única medicina natural contra el envenenante letargo de la tarde, la persiana, a medio abrir, me devuelve la foto del lugar que deseo conservar. Espero no sentir culpa por llevarme unas monedas. Necesito algunos pesos para viajar. Un perro me observa. Aplaudo su valentía de enfrentarse a los rayos del sol y resignar su comodidad en la sombra. Me pregunto cómo ven sus ojos lo que voy a hacer en este instante.
El hombre metió sus manos en la fuente para sacar las monedas. El perro se echó vencido por el calor, que sigue penetrando en los rincones de la calma siestera, en las veinte callecitas coronadas por una sonata de ronquidos. De pronto, un grito logró despertar a quienes se encontraban cerca de la plaza. La fuente tenía agua como siempre.

Pablo

sábado, 9 de mayo de 2009

No despertar

La voz de Joaquín Sabina salió de la radio y envolvió el aire de manera mágica, haciéndolo más cálido de lo que era.

Los 30 de diciembre siempre olían igual. Un poco a comida recién horneada, a ilusiones venideras, a sueños por cumplirse. A pólvora.

Por fin el termómetro de la pavita saltó, eso indicaba que la cena del 31 estaba lista. Satisfecha, con la tarea cumplida, abrí la heladera para guardarla, y aprovechar así, el fresco que de ella salía.

De vez en cuando el estruendo de un cohete hacía que me sobresaltara. El calor era sofocante, el horno había estado encendido por mucho tiempo.

Con un calendario que Daniel, el almacenero, me había regalado, me abanicaba mientras canturreaba distraídamente -como al pasar- “mentiras piadosas”. Suspiré hondo, y decidí tomar una ducha casi fría, para reconfortarme.

Me puse un camisón gastado, con las tiras anudadas porque ya se habían roto tantas veces. Es que me costaba tirarlo, como a un trapo viejo. Lo amaba. Con él había parido a Pablo.Salí del baño peinándome frente al ventilador. Tenía toda la ventana abierta, podía ver a Delia, mi vecina, que estaba sentada mirando tele muy seria, como entumecida.

La luz de unos fuegos artificiales cautivaron mi atención. Desde niña me fascinaron los destellos coloridos iluminando el cielo. Entonces llegaron a mi panza esas mariposas inquietas, llenas de recuerdos.

Le di permiso a mi pasado, y volví a ver ese patio con la mesa larga, y a nosotros los niños, correteando alrededor. Nostalgias de los besos mojados de las tías, de mi mano limpiándome inmediatamente las mejillas sin que se dieran cuenta.

De verlas vestir la mesa con el mantel de fiesta, y usar las servilletas de tela; sacar las copas finas de la vitrina y a los niños, no dejarnos ni tocarlas. Llegaban a mí las voces de ellas, discutiendo quién traía el pan dulce, quién se encargaba del vitel thoné; de las frutas secas.

Casi largué una carcajada cuando recordé al famoso carocero con forma de sapo, con la boca abierta, y me vi, escupiendo los carozos con fuerza, para ver si los embocaba. Las fiestas que vinieron después fueron más solitarias. La gente se nos va yendo, las sillas van sobrando, y a la hora del brindis, se escapa sin querer, desde el corazón, alguna lágrima. Lo que nos queda por siempre son recuerdos de distintas épocas, con distintos amores.
El locutor de la radio, con esa voz que enamora sin conocerle la cara, estaba haciendo un balance del año. Cuando dio la noticia el peine se me cayó de la mano. De lo que dijo antes, no había prestado atención.

Los dedos de las manos no me respondían. Temblaban a un ritmo, que tuve que sostener una mano con la otra para prender la tele. Entonces lo vi todo. Impávida, con la boca abierta, no hacía nada. No podía, no me animaba. Salí del departamento en camisón.

Cuando llegué a la calle comencé a caminar desenfrenadamente. Sin rumbo, y con las manos tendidas. Como esperando que alguien, desde no sé dónde, me marcara el rumbo. Un taxi se detuvo .Alguien me ayudó a subir, y, sin decir una sola palabra me llevó a las puertas del infierno. Bajé del auto con torpeza, ni siquiera esperé a que parara. Comencé a buscar aterrada. Estaba confundida, mareada. Había perdido una chancleta. No sabía por donde empezar.

El ruido escalofriante de las sirenas hacía que girara sobre mi misma, tapándome los oídos con las manos, produciéndome un vértigo nauseabundo. Gritaba sin emitir sonido. Tantas veces me declaré atea, tantas otras juré y perjuré no creer en nada y sin embargo, sólo podía decir
” ¡Dios mío ayúdame!”, “¡Dios mío ayúdame!”.

Seguí dando vueltas. Sentía que me pisaban, me atropellaban. Caí al suelo de boca, y desde allí abajo vi, lo que jamás hubiese querido ver. Cuerpos sin vida salían por decenas, ennegrecidos, como si fuera una guerra. Alguien me levantó. Seguí a un grupo de gente y me encontré parada en la puerta de un hospital. Leían una lista. Cada vez que los escuchaba decir un nombre sentía que mi respiración se detenía. En cada grito escuchaba su voz. Cada llamado era un mamá “acá estoy”.
Caminé toda la noche. Nunca cerré los ojos. Los tenía secos.

A las 7 de la mañana llegué a mi departamento. La puerta estaba abierta. Entré casi arrastrándome. Los pies me sangraban. Busqué las llaves y creí cerrar la puerta para siempre.Apagué la tele, y caminé como un zombi hasta mi cama. Me tendí sobre ella. Ya no temblaba, estaba fría. Sentí mis labios secos, tajados. De a poco los fui cerrando.
Mis ojos también lo hicieron… habían visto tanto horror…

Escuché las llaves en la puerta; el picaporte girar. Pero ya no tenía fuerzas para levantarme.
Pasos lentos, tan suaves que parecían no tocar el suelo, se acercaban a mi dormitorio. Pablo se paró a los pies de mi cama, como cuando era pequeño y tenía una pesadilla. Sin abrir siquiera mis párpados nos miramos en silencio por mucho tiempo. Entonces volví a verlo nacer; lo volví a acunar. Le puse el pintorcito, el guardapolvo blanco. Le preparé la chocolatada con mucha azúcar. Jugamos al avión loco en mi cama. Lo volví a despedir en su viaje de egresados, y lo volví a recibir cuando bajó del micro. Besé sus lágrimas, y tragué las mías, cuando su noviecita lo abandonó.

Puse la mano sobre mi pecho y sentí a mi corazón latir muy bajito. Como desganado y a punto de dormirse. Quise abrazarlo, pero temí lastimarlo. Al tomar su mano, lo sentí tan frágil…
Busqué sus mejillas para besarlo. Noté su piel tan suave, como la de un ángel. Creo que pasamos varias horas así, en ese hilo tan finito que existe entre la vida y la muerte…

Lentamente me fui incorporando. ¡Tenía tanto frío! Pablo ya no estaba allí.

Llegué al comedor en puntitas de pie para no asustarlo. La tele estaba apagada; la puerta cerrada, tal cual la había dejado. La ventana seguía abierta de par en par. Espíe al cielo.
El sol brillaba, encendido por la energía de las almas; y supe que, cuando cayera la noche, nacerían muchas estrellas que ya tenían nombre. Me senté en la silla mecedora, y comencé a balancearme. Despacio, rítmicamente, como quien desea dormir a un bebé.

Tendí mis brazos y abrí mis manos como abanicos. Sólo podía escuchar el ruido de la madera crujir cada vez que la silla se mecía. El balanceo fue cada vez más lento. El sonido casi imperceptible. Y el dolor cada vez más dulce, más liviano.

Mi corazón seguía el ritmo de la mecedora. Mis ojos entreabiertos se movían de lado a lado. Como un reloj cucú. Buscando.
El silencio fue sepulcral. De pronto, todo se detuvo al mismo tiempo: la mecedora dejó de moverse. Mis pupilas se clavaron justo en el centro de mis ojos.

Y allí estaba Pablo, sonriendo, con la carita limpia y la ropa impecable, como cuando salió de casa. Con el pelo todavía mojado y el perfume recién puesto. Partimos los dos hacia la vida. Hacia el todo, hacia la nada. Pero juntos.

Sin calendarios, sin estaciones, sin años nuevos.
Será porque sólo en sueños podía verlo… elegí no despertarme.
Alejandra Muente

martes, 10 de marzo de 2009

Tío Pablo

La Italia de pos guerra fue el detonador de su partida. 1949 había sido otro de aquellos años miserables, sin esperanza. “Quedarse no tiene sentido”, solía decirle a sus pocos amigos, y seguramente no se equivocaba tratándose de un pueblo que nada prometía, sin futuro.

Su elección, si bien difícil, le deparó más de una alternativa: Argentina, Brasil y Canadá. En cualquiera de aquellos ignotos países encontraría el abrigo de tan queridos como extraños parientes. Pero para él, cualquier lugar daba lo mismo: “Aquí o allá”, era la cuestión central... morir o vivir, penar o soñar.

Buenos Aires le presentaba el mejor candidato para semejante jugada: el tío Pablo... y se llamaba igual que él, para más. Casualidad, o quizás no tanto – reflexionaba - pero sí razón suficiente para conferirle a su inminente desarraigo el toque personal e íntimo que necesitaba en aquel momento... Esa cuota de magia ligada al destino que anima a todo ser humano a tomar grandes decisiones al menos una vez en la vida.

Siquiera había partido, y ya fantaseaba con su llegada a estos pagos. Imaginaba que el tío Pablo sería la persona ideal para querer, para convertirla en su nuevo padre, uno merecidamente mejor al que con ninguna tristeza dejaba atrás en su pueblo natal.

El tío no tenía hijos, lo que lo hacía aún más entrañable; representaba para él ese deseo siempre adelantado de un porvenir diferente; la realización de un proyecto muchos años demorado; un lugar en el que nadie le era cercano y todo estaba por hacerse.
Su tío era el hermano de su madre. Había llegado a Argentina mucho tiempo atrás, a principios de siglo, y ostentaba una holgada posición económica, hecho que en su condición de único sobrino le garantizaba la generosidad y el afecto que tanto le negaran durante su niñez.

Una niñez cargada de ausencia paterna – “Me voy a hacer la América “ le dijeron alguna vez que fueron las últimas palabras de su padre cuando partió a Estados Unidos a forjar fortuna por más de 10 años -; una niñez famélica de ternuras, y al cuidado de una mujer joven y sola – su madre - que no encontraría nunca completo alivio en la sola compañía de un hijo de apenas 4 años.

Esa infancia había sido su pequeño infierno, quería escapar de ella a cualquier precio. Imploraba olvidar todas esas imágenes fragmentadas, incompletas, ambiguas con las que había convivido; desterrar para siempre ese infausto pasado, tan doloroso como vacuo.

Su renguera, producto de un accidente en su adolescencia, le reclamaba huir desesperadamente de la vista y del comentario de todos; era el desvalido del pueblo, el probrecito, al que solo la lástima no le era esquiva.

“Sí, Buenos Aires”, se dijo, y partió a conocer a su tío Pablo, tan lejano como deseado, tan amenazante como prometedor.

Y luego de un interminable mes en barco, llegó el día de aquel ansiado encuentro. En un Parque Chacabuco que lucía muy diferente del pueblo pastoril que lo acompañó por casi 30 años.

Esta nueva tierra le daba tanto miedo como asombro; las mismas ganas de amarla como de odiarla. Pero ya estaba allí, y con el dedo sobre el timbre de la casa de su tío, pero sin las fuerzas suficientes como para hacerlo sonar. Le faltaban agallas, estaba atemorizado ... Se le abría un mundo nuevo, pero desconocido a la vez. Se alejó de la casa y regresó tantas veces como su falta de coraje le sugirió hacerlo. Pero, después de infinitas cavilaciones, la noche y el frío le aconsejaron golpear la puerta y terminar con esa angustia de una vez por todas.

“Pablito!!!” fue lo primero que escuchó de aquel viejo que, duro en apariencia, no disimuló sus ojos vidriosos por la emoción. Lo estaban esperando, él y su esposa, Antonia, que se perfilaba por detrás, con una sonrisa encantadora de bienvenida.
“Tío Pablo”, devolvió él instintivamente, y con tanta emoción como supo. De pronto, se sintió soñando, querido como pocas veces...... Un guiso sabroso, pocas palabras y muchas sonrisas nerviosas coronaron aquella primera velada juntos.

Él habló castellano como pudo; el largo viaje le había servido para aprender algo de español. Su tío – piadoso - le facilitó la tarea “... Parlando italiano”, lo que le hizo perder un poco de ese temblequeo nervioso que lo había perseguido desde que entrara.

La primer noche lo acogió apacible, en una cama blanda, y cobijado bajo perfumadas sábanas ... "¡Querida tierra ... gracias, me siento vivo!", se dijo, y se echó a dormir.

Los siguientes días le sirvieron para ponerse a tono con el lugar. Muchas presentaciones familiares, vecinos y curiosos, le ocupaban gran parte de su tiempo. Pero no era fácil para él, un recién llegado, hacer migas tan pronto; nada ayudaba: el desconocimiento del lugar, el idioma, su renguera, y esa temeraria timidez para relacionarse socialmente… Todo conspiraba en contra suyo.

Creo que fue el taller de su tío - ubicado en la azotea de la casa – el que con sus chucherías y herramientas, le acercó un poco de esa felicidad perdida que no podía encontrar en la nueva gente. En Italia, había estudiado Ingeniería electrónica por 2 años; estaño, diodos, resistencias y condensadores, le eran muy familiares, estaba a gusto con ellos. Su vocación hizo que en poco tiempo se convirtiera en otro más de esos tantos “ingenieri” que solieron darle vida a la Industria Argentina en los años 50.

Pablito armaba radios, arreglaba los primeros televisores blanco y negro, reparaba planchas, veladores y cualquier objeto que el barrio le traía. Era el genio que estaban esperando, el que sabía de todo un poco.... “Lástima que sea rengo...”, se escuchaba comentar de la vecindad. Especialmente de las mujeres, que las había en cantidad, hijas de italianos, españoles, polacos y franceses.

Del otro lado estaba el tío Pablo, quien se desvivía por él. Estaba en todo y para todo, no había demanda de su sobrino que no cumpliera: comida, ropa, dinero, regalos... todo era para Pablito. Podría agregar que sentía un verdadero orgullo por él... Como si fuera su padre. Hablaba de su sobrino y se le llenaba la boca, le brillaban los ojos. En su afán de dar, intentaba robarle cualquier momento, aunque fueran tan sólo unos minutos o segundos.

Esa actitud empalagosa comenzó a molestar a Pablito, quien no dudaba en hacerle notar a su tío el fastidio que sentía ante tanta condescendencia. Un tedio que llegó al punto de llevarlo a cuestionarse qué era mejor, si su pasado en Italia – triste y desvalido - o su presente, cargado de sobreprotección.

Sin embargo, y más allá de esa falta de correspondencia entre él y su tío, los días y los meses pasaron en notable armonía. Pablito era el dueño y señor de la casa, entraba y salía cuando se le antojaba. Lo que empeoraba notablemente con el correr de los días era su carácter, cada vez estaba más huraño y hosco ... buscando siempre refugio en el taller de la terraza ... su único lugar.

La desesperación de su tío en su afán de agradarle, crecía en la misma medida que su desdén por él. Era habitual verlo desenfundar su viejo “fuelle” – un bandoneón Doble A del 1900 -, y hacer de las suyas con un valsecito como El hospital o El aeroplano para llamar la atención... Pero no recibía la más mínima respuesta de su sobrino.

Pablito pasaba delante de él casi ignorándolo, apenas mirando de reojo, como ofreciendo una limosna a un mendigo.

Quizás la desilusión haya sido mutua, no sabría decirles. Posiblemente el tío Pablo no fue para él más que un viejo aburrido y patético, una mala copia del padre que lo abandonó por diez años cuando niño. O acaso haya creído que comenzar de nuevo en otro país le depararía la solución a su infortunio.... ¡Vaya uno a saber!.

Si tuviera que darles mi punto de vista, les diría que el tío Pablo hizo por su sobrino todo lo que estuvo a su alcance para decirle cuánto le importaba, cómo lo quería. En cambio, el destinatario de tanta bondad nunca contribuyó a alimentar la relación, siempre devolvió su más inmisericordioso desprecio a cada una de las demostraciones de afecto de su tío.

Ya al año de su llegada, y en una tarde cualquiera, sucedió lo inevitable. Pablito se encontraba trabajando en el improvisado taller del altillo. Su tío se le acercó como en varias ocasiones lo había hecho, y trató de llegar a él de la manera en que un padre se acerca a su hijo... Con una frase azarosa, casual, con el único deseo de compartir un momento con su ser querido.

“¿Pablito, en qué andás ... qué estás haciendo? – le inquirió. Él, concentrado en lo suyo y ausente como de costumbre, le respondió con un frío “Trabajando ... ¿No ve?”. La antipática respuesta no fue suficiente para desilusionar a su tío.... Estaba acostumbrado a sus descortesías, e insistió en su cometido.

¿Querés que te ayude, puedo darte una mano?, le habló casi al oído, y poniéndole su palma sobre el hombro.

Quizás fue la sorpresa del contacto físico, o acaso haya sido la falta de costumbre de ese afecto nunca recibido .... Pero cualquiera haya sido la razón – no importa -, su cuerpo se estremeció dejando caer una radio que estaba arreglando, con tan mala suerte que se hizo pedazos al tocar el piso.

“¡Pero la puta madre tío... Por qué no me deja de romper las pelotas... Mire lo que me hizo hacer!", le gritó, mirándolo fijamente a los ojos y quizás por primera vez con tanta determinación y odio.

El tío se quedó mudo, ahogado en su propia impotencia. La frase “¡No me rompa las pelotas!” le resonó una y otra vez, como la voz de un eco interminable. Era un viejo de casi 70 años, hecho a la antigua... No estaba acostumbrado a que le faltaran el respeto de esa manera.

Miró a su sobrino sin proferir palabra. Sus ojos estaban vidriosos, llorosos. Su respiración, entre agitada y contenida. Dio media vuelta, y se fue sin abrir la boca.

No entendía el por qué de la ira y maltrato de su sobrino. “¿Qué le hice?”, se preguntaba. No encontraba razón, él y su esposa no habían hecho otra cosa que darle todo. Y quizás ése haya sido el motivo: ninguna imitación sustituye al original, ningún tío al padre. Ningún nuevo amor, por bueno que sea, entierra los todos los fantasmas de la sangre.

Y así fue que desde aquel día nada más se dijeron. Nunca más se hablaron. Todo lo que se debían entre ellos, era resuelto a través de un intermediario: la tía Antonia.

Ella ofició de intérprete por más de 15 años. Quince años durante los cuales nada se supo de lo que uno y otro sentían. No hubo amor ni odio visibles... Nada. Sólo un rencor inconfeso, pero latente como aquella frase que cambió la historia entre ambos, solo intercambio de consignas a través de la tía Antonia, en su nuevo e incómodo rol de mensajera: “Tía, dígale al tío que mañana.....”, o, del Tío Pablo, “Decile a ese que cierre la puerta del taller cuando se vaya porque....”.

El tío ya no se referiría más a su sobrino con el tan entrañable “Pablito”, sino con un “Ése”, desprovisto de afecto, cargado de mudo resentimiento. Su nombre no sonaría más de su boca, por largos quince años. Y me consta que fue así... El nombre de mi padre, Pablito, jamás se volvió a mencionar en aquella casa de Parque Chacabuco hasta el día en que me contaron esta historia.

Y fue de la boca del propio “tío Pablo” -así lo llamaba yo también-, que la supe.
Una mañana cualquiera, cuando me negué a acompañar su bandoneón con mi guitarra. Una mañana cualquiera, en la que yo también me fastidié y le dije: “Tío, no me rompa las pelotas”, y él se volvió loco: “¡Sos igual que él!”, me gritó, y se puso a llorar como un chico... “¡Sos igual que tu padre!”.

“No tío”, le dije... “¡No soy igual, yo soy Luis, perdóneme, yo lo quiero mucho tío, no sabe cuánto lo quiero!”. Y sin más, lo abracé fuertemente. Él hizo lo mismo, y nos pusimos a llorar como chicos; aún hoy me estremece recordarlo.

Mi papá no estuvo presente aquel día
de mi discusión con el “Tío Pablo”, ya se había separado de mi madre. Jamás se enteró de lo ocurrido.

Poco tiempo después, el pobre Tío enfermó. Y fue a mí a quien le tocó padecer la agonía de aquel querido viejo. Estaba muy cansado, llevaba 85 años a cuestas.

No soportaba la idea de verlo morir en un hospital, era injusto. El tío Pablo no se merecía una despedida así. Ese viejo era mío, parte de mi vida.... Lo había sido todo: mi tío, mi abuelo, mi padre ausente.

No sabía qué hacer, y me faltaba valor para estar junto a él en su partida. Desesperado, sólo rezaba todas las noches y fantaseaba con la idea de un milagro.

Una tarde, a pedido de “Mi tía Antonia” – así llamaba yo también a su esposa – me decidí a ir al hospital. El Tío estaba acostado, medio dormido, con los ojos cerrados. Debió de haber sentido mi presencia, no sé cómo explicarlo... Pero a poco de entrar a su habitación, recobró la lucidez.

“Tío!”, le dije contento de ver sus ojos buenos una vez más.

“Hola Pablito”, me respondió. “¿Cómo estás?... ¡Qué lindo que me hayas venido a ver! .... “¿Te acordás cuando íbamos al cine del pueblo a ver las películas de Chaplin?.... “¡Cómo nos reíamos, te acordás! ... ¿Qué lindo volver a verte, Pablito .... Qué alegría que estés aquí!”

Yo estaba desconcertado, no supe qué decirle.

Por detrás, su esposa Antonia me dijo que hablaba incoherencias y lo mezclaba todo: nombres, rostros, fechas... Que quizás me confundía con algún amigo de la infancia, de aquella Italia mágica a la que jamás retornó. “Seguile la corriente”, me sugirió ... Y conversé con él por unos minutos hasta que se durmió susurrando aquel nombre, el de mi padre.

Sus últimos recuerdos antes de partir le habían jugado una mala pasada. Sus últimas palabras traicionaron quince años de innecesario rencor y silencio, dejando al descubierto un inconfeso amor, un amor deseado desde lo más profundo del corazón.

El amor por su sobrino, su hijo postizo, “Pablito”, pero lamentablemente enredado con el rostro de quien tiene a cargo contarles esta historia.

“¡Qué muerte triste!”, reflexioné. Debió haber sido mi padre el que ocupara mi lugar... A él estaban dirigidas esas palabras.

Fue desde aquella tarde que comprendí la necesidad de perdonar, de no vivir con un estúpido resentimiento a cuestas. Me dije a mí mismo “No hay nada que no valga la pena ser perdonado”, aunque duela, aunque parezca imposible.

Cada vez que necesito grandeza de espíritu, indulgencia, recuerdo la voz del tío Pablo antes de dejarme: “Pablito, Pablito, Pablito”.

Patricio

(dedicado al Tío Pablo - 1891-1976)

jueves, 22 de enero de 2009

Vuelo de primavera

Tenue volar de mariposas lábiles.
Noche plagada de destellos azules.
Ángeles ciegos que no acuden a la cita
por temor a encontrarte aún desnuda.

Hay un rumor de manantiales claros
y una graciosa flor que se acomoda
entre las piedras de mis desvaríos,
para ceñirse el traje de la despedida.

Suenan violines, nace la aurora,
cantan a dúo los pájaros y el cielo.
Bebo en tu cántaro de miel y espero
que el sol de la mañana no te lleve.

Pero es inútil: soy invierno y frío.
Nada es capaz de detener tu vuelo.
Surges de pronto, debajo de la nieve
y es imposible pedirte que te quedes.

¡Déjame entonces! Vete, si quieres.
Tú eres la fértil. Yo soy la espera.
¡Qué no permita Dios que este capricho
deje sin germinar la primavera!

Lucio

domingo, 28 de diciembre de 2008

Andares

Desde lo alto de la loma, el pueblo parece adormecido.
Desciendo y lo bordeo.
Existen infinidad de entradas.
Elijo una y la traspaso naturalmente, como si fuera de la casa.
Un perro se incorpora, ocupa el rol de anfitrión. Solitario deambula. Me ha visto.
Se dirige hacia, mí describiendo círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta ubicarse a una distancia prudencial.

Su mirada es profunda y persistente. Se vuelve a echar.
Atemporal es la palabra que viste al entorno.
Envolvente, otra que le da cuerpo a mi sentir. Mi estado esta acorde. A tono con el lugar. Me hospeda.
La única melodía presente es la ejecutada por el viento.
Algo me impulsa y comienzo a recorrerlo.
Las calles están dispuestas en forma circular. La mayoría se solapa y las casas siguen el mismo patrón. Conforman una extraña geografía y un andar paradójico.
Pirata, así se llamaba el perro de Ana, compartía el mismo calvario que mi eventual compañero. Ambos carentes del ojo izquierdo.
Detengo mi marcha sin saber por qué.
El viento calma y escucho el crepitar de las hojas.
Ahora yace sentado a mis espaldas.
Se parece bastante al de Ana...
Retomo el camino. Me sigue .lo sigo. Mis dudas también.
Por algún extraño motivo me dejo guiar.
Parece un juego que alguien dispuso para mí.
Una señal ó simplemente un espejismo creado para preservarme y no terminar alienado.
Hubo un tiempo….
Es tarde…, perdí mis referencias y estoy a la deriva.
No es algo pasajero ó coyuntural. Es definitivo.
Ana y Pirata, habían vuelto a ocupar mis pensamientos de un modo fragmentario. “La memoria guardará lo necesario, ella sabe de mi mas que yo y no desecha lo que merece ser salvado “, decía Eduardo. Celebro su rescate en silencio. Me lo había ganado. No tenía cuentas pendientes.
Pirata se adelantó - me marca el camino. Su andar es tortuoso, pero avanza, siempre avanza.
Lo enigmático de las paradojas descansa en su incertidumbre. Sus pliegues. Cuando los extremos se tocan.
Estoy en paz.
Pirata se sienta a mi lado, lo acaricio.
Ya no hay camino.
Solo este inesperado, inexorable, sembradío de cruces.

Raúl Menéndez

domingo, 2 de noviembre de 2008

Momentos

Llegó al amanecer.

Abrió la puerta de rejas quebrando el silencio y la quietud que prevalecía en el lugar.
Luego traspuso el jardín y se detuvo bajo la arcada, a un costado del imperturbable macetón con malvones.

Recorrió su forma con la punta de sus dedos hasta encontrarla.

Procedió a introducirla en la gruesa puerta de madera que oficiaba de entrada principal.
Encendió luces a su paso.

Subió las persianas y desplazó ligeramente las ventanas que daban a la parte posterior de la casa.

De inmediato comenzó a percibir una agradable y conocida melodía natural que lo invitaba sutilmente a recorrer el parque.

Todavía era demasiado temprano.

Primero tenía que cerciorarse de que todo estaba a la altura de las circunstancias.
Durante la noche no había podido conciliar el sueño.

Una sensación de agobio brotaba de su interior.

Se acercaba la hora.

La casa tenía una distribución cerrada, nada especial. Los dormitorios, el living comedor, la cocina y el baño desembocaban en un pasillo común ubicado en el centro de la misma.

Aunque el hombre había experimentado que a veces la distancia entre alguno de estos lugares era tan grande que se perdía.

En otras circunstancias bastaba solo un giro ó unos pocos metros para que se encontrara ante un escenario completamente nuevo.

Al principio fue casi imperceptible, más tarde se extrañó.

Ahora le resultaba extraordinariamente natural.
La constante eran los viajes. Había temporadas en que algunos parroquianos venían de muy lejos y todo se bañaba de amarillo.

Se presentaban a menudo, pero rara vez se juntaban.

Sin embargo este encuentro era crucial.

En ocasiones las habitaciones crecían y crecían conforme se habitaban y su tonalidad cambiaba al verde, envolviendo a la belleza por venir.

En cuanto a sus paredes de ladrillos, no diferían de cualquier otra pared, pero si se observaba con detenimiento, guardaban una similitud notable con las arrugas que denotan el paso del tiempo.
Alguna de ellas emergía de lo profundo tomando forma de cicatriz.

Lo verdaderamente curioso era que tenía una extraña capacidad de almacenar sentimientos.
Pequeñas y grandes alegrías, sentidas pérdidas, fogosos deseos, profundas frustraciones.
Algunas veces las voces anunciaban su presencia, otras surgían explosivamente, como la risa franca, llena.

Acompañaban, siempre acompañaban latiendo al ritmo de sus habitantes.
En tanto la cocina ocupaba un lugar de privilegio, su peculiar aroma seducía y su expansión no conocía límites; hasta el silencio pasó a ser un huésped más, y luego por su persistencia fue tomando hegemonía.

Poco a poco fueron llegando hasta que estuvieron todos.

Por un instante la casa recuperó su bullicio habitual.

Solo faltaban ellos.

Entonces un sonido agudo llegó del exterior y repercutió en el vacío circundante.

El hombre observó por la ventana.

Eran ellos.

Les hizo señas mientras buscaba las llaves; entonces comprendió que el momento había llegado, se dirigió con pasos cortos en dirección al fondo de la casa.

Le pareció escuchar un murmullo, luego risas contagiosas, sanas, inconfundibles cuando la infancia juega.

Siguió decididamente hasta el umbral que delimitaba el mosaico con el pasto.

El día estaba despejado y calmo. Esperándolo.

Se paró y comenzó a recorrerlo palpando cada planta del lugar.

Todas estaban de pie, en señal de respeto. El sentimiento era mutuo. Cada una en su lugar, tan natural como anárquicas.

Se detuvo a escasos metros del sauce. Lo acarició –como se acaricia a los hermanos de la vida.
Posó sus manos en la tierra una vez más.

Se incorporó y prosiguió su recorrido con pasos lentos y armoniosos, haciendo inevitable su semejanza con una vieja danza oriental.

Desde lo alto de un pino vecino lo observaba el venteveo.

El pájaro lanzó su canto de bienvenida - como de costumbre. El hombre levantó la vista a modo de respuesta, se retiró como había llegado, en silencio.

De pronto se detuvo, giró, respiró profundo y echo una larga mirada.

Inmediatamente volvió a girar y se dirigió sin detenerse hasta antes de llegar a la puerta de entrada.

Paró, se compuso y con paso decidido, avanzó hacia la pareja joven que ansiosamente lo esperaba.

Sintió que sus fuerzas lo abandonaban; sin embargo puso su mejor sonrisa, entregó las llaves y estrechó fuertemente sus manos.

Se alejó caminando, previo saludar al joven que descolgaba el cartel. Era mediodía. Las calles estaban desiertas.

Otra partida.

Otra llegada.

Otro refugio.

Sintió entonces que de eso se trataba el viaje.
Solo de pasos y de paradas.

RAUL

lunes, 8 de septiembre de 2008

Algo habrá hecho...

Para Laura, las noches de los domingos tenían un olor especial. Sabían a pucherito humeante y a esperar sentadita a la mesa, junto a su papá Hugo, a que empezara “Polémica en el bar”, su programa favorito. Las ocurrencias de Minguito Tinguitella la hacían reír a carcajadas.
Después de cenar y levantar los platos, completaba su tarea, mientras su mamá planchaba con almidón el uniforme del colegio religioso al que concurría.

Ese domingo, 16 de junio de 1977, y con sus 11 años recién cumplidos, Laura nunca más iba a saber de risas ni de mesas domingueras y, lo que fue mucho peor, nunca más volvería a ver a su papá ; un hombre noble, buenazo, de mirada transparente.

Hugo era sindicalista metalúrgico. De esos trabajadores que se levantaban todos los días a las cinco de la mañana y volvían a su casa a las ocho de la noche. Un luchador de los derechos de sus compañeros de fábrica. Jamás callaba lo que pensaba, sin darse cuenta que, por aquellos tiempos en la Argentina, era muy peligroso pensar, luchar y, por sobre todo, hablar.

A Teresa, la mamá de Laura, no le interesaba demasiado la política y sólo escuchaba a su marido con atención. Pasaban sus días con un ritmo rutinario, bello, amable.
Sentada junto a él, compartiendo un licor de café al cognac, lo admiraba y sentía - más allá de la humildad de su hogar- que todo estaba como debía ser. Ese domingo hacía frío. La estufa estaba prendida, y Pucho, un perro callejero que habían adoptado, dormía plácidamente frente a ella.
El puchero estaba en la mesa, y los actores de “Polémica en el bar”, ya se encontraban reunidos para entretener a los televidentes un domingo más.

A las nueve en punto de la noche, golpearon la puerta de la casa, con una fuerza, que la familia pensó que la derribarían. No se equivocaron. La puerta se vino abajo y, tras ella, irrumpieron tres hombres con escopetas en las manos. Decididos a todo.

Teresa les imploraba, aterrada, que no les hicieran daño; Laura lloraba apretando los dientes y las manos; y Hugo, con la boca abierta y de pie frente a ellos, comenzó a gritarles sin miedo, con firmeza, que se fueran.

En la memoria de Laura quedaron grabados para siempre aquellos gritos. Los ruidos de los adornos que estallaban en el suelo del comedor. Los insultos. La silueta de su madre arrodillada rezando en voz alta un Padre Nuestro. Lo último que pudo ver fue a uno de esos hombres que la miraba fijamente, mientras encapuchaba y arrastraba a su padre a la calle. Madre e hija quedaron confundidas mirando por la ventana cómo el Ford Falcon verde partía. Nunca supieron hacia dónde.

Se abrazaron y lloraron toda la noche sin decir una sola palabra. Laura jamás olvidaría ese domingo de junio. Como tampoco olvidaría esos ojos negros, penetrantes, que casi con burla la miraban. Pasaron toda la semana en una confusión terrible. La desaparición de Hugo les era incomprensible.
Teresa desesperada llamó por teléfono a un compañero de su marido que, sabía, era abogado. El Dr.Verdini, la atendió de mala gana, pero le aconsejó y ayudó a presentar un “Habeas Corpus en la comisaría más cercana”.

Ella lo hizo. Parada frente al oficial de policía, con los papeles en la mano, se sentía desolada. El maltrato que recibió y las miradas punzantes, acusadoras, hicieron que la mujer, después de la presentación, huyera- porque ése es el término exacto- huyera corriendo, sintiéndose perseguida, señalada.

Cuando llegó a su cuadra caminó más despacio. Todavía estaba agitada. Pensaba. No podía parar de pensar… Entonces se dio cuenta que sus vecinas y amigas del barrio no habían preguntado nada. Tampoco la fueron a visitar, a consolar y, en el almacén de don Ángel, recordó haber escuchado - casi como un susurro- “y…algo habrá hecho”. Sin poder controlarlo, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Con un nudo inmenso en el pecho pero con el corazón colmado de esperanzas, el domingo siguiente, se sentaron las dos en la mesa. No prendieron la tele, y a las nueve de la noche, con el tenedor y el cuchillo en la mano, Laura lloró a los gritos porque sintió dentro suyo que su padre no regresaría; como tampoco su perrito Pucho, que había escapado en el alboroto y nadie se había dado cuenta.

Al otro día iría al colegio. Eso la ponía un poco mejor. Su amiga Stella la estaría esperando; como también sus maestras. De alguna manera le haría bien que la abracen en silencio, que no hicieran preguntas. Porque ella no tenía respuestas. Sólo podía decir que unos ojos fríos y llenos de maldad le habían insinuado lo peor que pudiera pasarle: no estar más con su papá. Caminó nostálgica con su uniforme y portafolios hasta la puerta de la escuela. Sus trenzas terminaban en dos moños blancos impecables. La Madre Superiora la recibió con una sonrisa que- a su entender- le pareció algo exagerada. La llevó a su despacho, donde Jesús crucificado la miraba desde un cuadro inmenso que colgaba en la pared, y la invitó a sentarse.

Con voz calma pero inconmovible dijo: “Laura, siento mucho la desaparición de tu padre; pero debes entender que por algo suceden las cosas y Dios siempre es justo. Si tu padre jamás abandonó el camino que Jesús nos ha marcado, volverá pronto; y si no sucede así, deberás entender que son pruebas que debemos enfrentar para fortalecer nuestra alma con resignación y obediencia.”

Laura cerró los ojos y escuchó, casi con desgano, que terminaba su discurso: “…a tus compañeros no les hables del tema. De “eso” en este establecimiento no se habla. Tu maestra te revisará el portafolios todos los días. No lo tomes como un agravio, simplemente debemos saber qué lectura llevas contigo. Puedes ir con Dios.”

Laura poco entendió de todo eso. Había fantaseado con que la Madre Superiora la tomaría entre sus brazos y le diría “yo te ayudaré, rezaremos juntas una plegaria a Dios”.
Obedientemente salió del despacho, subiendo sus hombros, como queriéndose decir a ella misma, que ya nada importaba, que lo único que le interesaba era que su papá apareciera. Y eso debía suceder así, porque esos hombres malos fueron los que perdieron el camino de Jesús. Su padre- estaba segura- caminaba por el mismo sendero de siempre.

Cuando llegó al aula, sintió un silencio que la hizo estremecer. Buscó con la mirada los ojos de Stella. No los podía encontrar. La maestra la hizo pasar gentilmente, con esa sonrisa que encerraba la misma artificialidad que había notado en la Madre Superiora. Le pidió permiso para revisar su portafolios y Laura notó que se quedaba con la libretita donde tenía los nombres y direcciones de sus compañeros. Sin darse cuenta, apretó tan fuerte una goma, que la terminó partiendo.

En el banco de Stella, que estaba al lado del suyo, no había nadie. El vacío era tan grande que sintió que terminaría por llenarlo con lágrimas. Éstas salían a borbotones de sus ojos sin control.
Todos los días, desde entonces, Laura sintió el aislamiento de sus compañeros y maestras.
A veces en los recreos se sentaba en el patio de la escuela y conversaba con Marisa, una nena de séptimo grado de tez negra, que, como ella, estaba sola, y compartían la merienda en silencio. Marisa le tomaba la mano y las dos se sonreían.

Después de algunos meses de tristeza, de indiferencia, Laura estaba ansiosa porque sonara la campana que la haría volver a su casa. Cuando por fin sonó, se puso un poquito contenta, guardó sus útiles y salió. Caminó despacio. Los árboles estaban comenzando a florecer y sabía que, cuando llegara, Pucho no la recibiría ladrando como siempre. Eso hizo que el dolor volviera a invadirla con más fuerza. Encontró a su madre en la cocina, bordando un pañuelo blanco. Pudo leerlo casi al descuido. Era el nombre de su padre. Laura creyó que la cabeza le estallaría en mil pedazos. Dos palabras salieron sin querer de su boca “¿Para qué?”.

Teresa levantó la vista, dejó el bordado y le explicó que a partir del jueves próximo iba a dar vueltas a la Pirámide de Mayo junto con otras mujeres, madres, abuelas y esposas de desaparecidos. “Lo hacen en busca de respuestas, en silencio, con un pañuelo blanco en la cabeza, donde está bordado el nombre del ser querido que no pueden encontrar”.Con una bella sonrisa, la invitó a danzar junto a ellas. Laura sintió una bronca que le golpeaba contra el pecho y hacía que su corazón latiera a un ritmo descontrolado. ¡Todo lo que había vivido en el colegio, y todavía su madre con esto de “girar” en círculo en la Plaza de Mayo!

Comenzó casi a gritarle, tratando de hacerle entender que por llevar un pañuelo blanco y girar nada más, su padre no aparecería. Que ella quería luchar, que sentía odio y vergüenza, que en la escuela la discriminaban todos y no entendía porqué. Que el otro día, a la salida de la escuela, la mamá de Stella agarró la mano de su hija y salieron como si se las llevara el demonio.
Teresa suspiró hondo, le acarició las mejillas mojadas y trató de explicarle que ella estaba luchando por su padre, pero desde otro lugar. Tratando de vaciar su corazón de odio. Llenándolo de comprensión y sabiduría. Que todo sentimiento de rencor y venganza no la llevarían a nada, más que a engendrar más odio. Girar en la plaza era una manera pacífica de manifestar su inmenso dolor, y que, a la vez, las vería el mundo entero.”Es una manera de hacer algo, hija”.
Cuando Laura se fue a dormir, no lograba conciliar el sueño. Sentía miedo. Miedo de que la vieran la Madre Superiora y sus compañeras de escuela, girando, con un pañuelo en la cabeza. Pensarían que estaba loca, que su madre también había enloquecido… Miedo, mucho miedo, de que- al verlas- “ellos” volvieran a buscarlas al domingo siguiente.
Cuando llegó el día jueves, Laura se sintió diferente. El miedo se había disipado, y las palabras que le había dicho su madre le daban una fuerza que ni ella misma entendía. Fue como soltar una mochila que llevaba en la espalda y poder caminar más liviana. Primero giró alrededor de la Pirámide, de la mano de su mamá, con la cabeza gacha, como con vergüenza. Cuando tuvo el valor de levantarla, escuchó las risotadas de unos oficinistas que caminaban por la plaza. Entonces apretó fuerte la mano de su madre. La miró, y se enorgulleció de ver un rostro con una mirada altiva, triste, pero segura. Lloró en silencio. Por su padre, por su madre, por tanta incomprensión que había tenido que aprender a soportar a sus 11 años. Por la Madre Superiora. Por Pucho, que lo extrañaba horrores. Por la vida misma que, sentía, le dolía en cada paso que daba.

Los meses pasaron. Todos los jueves sin decirse nada, con total complicidad, tomaban el subte “A” y giraban, gritando en sigilo tanta impotencia. Y, aún así, ese silencio era escuchado. A veces con insultos, otras con corridas, con nuevas desapariciones. Pero manteniendo intactas las mismas convicciones. Sin odios, ni resentimientos, ni venganzas. Ni siquiera el recurso a la voz para exigir “¡Justicia!”. Cuando llegó noviembre y también la finalización del año escolar, Teresa acudió orgullosa al colegio de su hija. Pero esa alegría se desvaneció rápidamente cuando, al verla, la Madre Superiora la invitó “a conversar”.

En su despacho, y otra vez con el cuadro de Jesús como testigo, le comunicó con pocas palabras que no había vacante para su hija el año próximo. Que no lo tomara a mal, que Dios y otra vez Dios, las guiaría hacia el camino correcto. Que ese establecimiento no la podía albergar, “porque el alumnado había estado preguntando” y bla, bla, bla, bla. Teresa le sonrió, se levantó torpemente y salió de esa escuela dándose cuenta cuánto se había equivocado al haberla elegido. Tratando de olvidar ese triste episodio para siempre.

Pasaron los años. El tiempo no se detiene. Camina para algunos, corre para otros; pero continúa, indefectiblemente. Con un sol que nace todos los días y se esconde a la noche, para renacer otra vez, en cada uno, con la misma calidez. Laura creció. Se hizo una bella mujer, por dentro y por fuera. A Teresa ya no la tenía. Había partido cuando llegó la democracia a la Argentina y pudo al fin sentirse en paz, sabiendo que su hija era un ser íntegro, libre de odios y venganzas. Fue una mujer que prefirió descansar con la grandeza de aquellos que han sufrido mucho y, aun así, saben perdonar. A Laura los médicos le dijeron que “se había ido apagando como una velita”. Y ella también lo creía así. Se convirtió en una maestra jardinera- ésas que los chicos no pueden olvidar- y era feliz en ese mundo de inocencia.

Todos los días iba a su trabajo con alegría. Tomaba el colectivo y luego de una hora de viaje, se bajaba. El trayecto lo hacía, a veces leyendo, otras, escribiendo informes.
Pero esa mañana de abril tenía su cabeza en blanco. Miró distraída a los demás pasajeros y, entre sus caras, percibió una mirada que conocía muy bien. Negra, fría, penetrante.
Entonces recordó. Y, al hacerlo, tembló.

Era él, lo sabía. ¿Cómo no reconocer esos ojos? Los había visto tantas veces en sus pesadillas, en todos esos años de terapia…

No podía dejar de mirarlo. Él, en cambio, trataba de ignorarla. A partir de ese día Laura estaba obsesionada con volver a verlo, hablarle, preguntarle por su padre. Se sentía confundida.
Por momentos la asaltaban ráfagas de odio y, a su vez, las ansias inconmensurables de saber qué sucedió ese domingo oscuro de junio.

Varios meses transcurrieron. Todos los días siguió buscando - fascinada y a la vez aterrada- esa mirada. Esas respuestas que tanto necesitaba. Y la volvió a encontrar…

Una mañana cálida de primavera, cuando subió al colectivo, mientras sacaba boleto, lo vio. Estaba sentado solo en un asiento de dos, del lado de la ventanilla. El corazón le dio un vuelco.
Se sentó junto a él. Comenzó a mirarlo. Podía sentir su respiración, reconocer su olor, sus manos…

Sus manos eran lo que más la obsesionaban. Esas manos que habían tocado a su padre, ésas que estarían manchadas por siempre con su sangre. Las mismas que lo habían encapuchado, arrastrado, y también quizá…lo habrían matado. Tantos sentimientos encontrados: odio y venganza mezclados con perdón y compasión. Años de enseñanza que le había dado su madre. ¡Cuánto había imaginado y esperado ese momento! Y ahora lo tenía allí, sentado junto a ella…
Sin pensarlo -como un acto reflejo- tomó las manos de ese hombre, las puso entre las suyas y las besó, mientras lloraba desconsoladamente. Las besaba pensando que así sus lágrimas limpiarían la sangre derramada de su padre. Las besaba como un símbolo de perdón.
Las besaba, tan sólo las besaba. Y se sintió feliz. Bajó del colectivo sin mirar a nadie. Se secó las lágrimas con el pañuelo blanco bordado que siempre llevaba en su cartera, y supo entonces que, a un pasado doliente, uno puede o bien pasarle por arriba, o bien abrazarlo.

Y Laura pudo abrazarlo.
Alejandra Muente

FIN

domingo, 10 de agosto de 2008

BASES PREMIO NARRATIVA "GUADALQUIVIR· PARA AUTORES NOVELES 2008

Nos llegó ayer, y pensamos que podría ser del interés de nuestros lectores. Esperamos, les sea de mucho provecho.

Patricio/ AlexB/ Demian


BASES DEL PREMIO DE NARRATIVA "GUADALQUIVIR" PARA AUTORES NOVELES 2008

1.- Podrán concurrir a este Certamen cualquier escritor que no haya publicado ninguna obra de narrativa, con trabajos escritos en lengua castellana y en prosa.

2.- La temática y el contenido de los trabajos será libre, pudiéndose presentar más de un trabajo por autor.

3.- Cada trabajo deberá tener una extensión mínima de 200 páginas y máxima de 400, han de ser originales e inéditos, en Tipografía Arial, Times new Roman o Garamond, cuerpo 12 y con espaciado de 1,5.

4.- El plazo de admisión de los trabajos finalizará el domingo 31 de agosto.

5.- Los trabajos se remitirán cumpliendo los siguientes requisitos:

Se enviarán a través de la página Web http://www.premioguadalviquir.com/siguiendo las instrucciones que allí se indican.
Se enviarán dos archivos: uno con la obra que se deberá titular como la misma y otro con la plica que se llamara "plica [titulo de la obra]" en la que deberán figurar los siguientes datos: nombre y apellidos, nacionalidad, direccion, teléfono y cuenta de correo electrónico.

6.- El jurado calificador estará compuesto por 5 miembros cualificados de los que tres serán designados por la editorial y dos por la Escuela Andaluza de Escritores (http://escribes.es/). Dicho jurado emitirá el fallo, que será inapelable, en un acto público que se celebrará antes del viernes 31 de octubre.

7.- Los autores galardonados comprometerán su asistencia al Acto público, en cuyo transcurso harán una breve presentación de sus trabajos, recibiendo los premios que les correspondan.Ante la ausencia del interesado, este podrá delegar en otra persona autorizada por él, la cual portará documentos acreditativos del autor. Faltando ambos, el premio se considerará desierto.

8. El premio consistirá: para el primer premio, la publicación de la obra por parte de RD Editores en una colección creada a tal efecto. De la misma manera firmará un contrato de edición con dicha editorial de donde se devengaran anualmente las liquidaciones en concepto de derecho de autor.

9.- Todos los trabajos originales, quedarán en poder de la editorial para su posterior publicación, si procede. En caso de ser publicado deberá constar, el premio obtenido y una mención a la Escuela Andaluza de Escritores y RD Editores.Los trabajos no premiados serán destruidos a los tres días del fallo del jurado.

10.- Si de todos los trabajos presentados, ninguno de ellos tuviera la suficiente calidad requerida por el jurado Calificador, este podrá declarar el primer premio desierto, al igual que los finalistas.

11.- El hecho de tomar parte en el Premio de Narrativa "Guadalquivir" para autores noveles supone el conocimiento y total aceptación de estas bases.

Composición del Jurado del Premio Guadalquivir de narrativa para autores noveles.

Presidente : Rogelio Delgado Romero (Director General de RD Editores)

Jurado : Pablo Rodríguez Balbontín
Licenciado en Teoría de la literatura y literatura comparada por la universidad de Granada y Licenciado en Filosofía pura por la universidad de Sevilla. Máster internacional de escritura para cine y televisión por la universidad autónoma de Barcelona. Seleccionado entre los 8 mejores jóvenes escritores andaluces del año 2006 para la Feria Internacional del Libro de México con el relato Pájaro, mujer y yermo. Publicado en la revista: Punto de partida Nº148. Autor del libro Yo sobre la tierra , Padilla Editores, Sevilla, 2005.

Andrés Nadal: Es el director de la Escuela Andaluza de Escritores, que se encuentra en Sevilla.
Después de licenciarse en historia y en antropología se dedicó profesionalmente al mundo del libro y a la informática. Desde el año 1993 enseña técnicas de escritura creativa. Se ha especializado en la estructura de la novela y en la aplicación de la informática en la estructura narrativa. Ha dirigido muchos equipos de trabajo, desde pequeños grupos con una docena de personas en empresas muy especializadas hasta grandes equipos en organizaciones de ámbito estatal. Ha contribuido a la técnica de la escritura con estudios sobre la estructura de la novela y las relaciones entre los personajes.

Andrés Sorel: Nacido en Segovia de padre castellano y madre andaluza, actualmente es Director de la Asociación de Escritores de España y director de la revista República de las Letras . Ha colaborado en los principales diarios españoles y fue fundador y presidente del diario Liberación. Tiene publicados cuarenta libros, entre novela y ensayo, y ha sido traducido al inglés, rumano, eslovaco y portugués. Su vida puede considerarse inmersa en una sola palabra: compromiso. Ahí radica su patria, su lenguaje, la síntesis de su biografía. Confiesa ser escritor no correcto, ni política ni literariamente. Situado al margen de los usos y exigencias del mercado literario, rechaza las normas y prácticas de una "literatura a la que matan la gramática y el estilo" (Samuel Beckett). "Mera máscara". Piensa que su obra es su vida. Por eso escribe sobre los vencidos, para denunciar a los inmorales, corruptos personajes políticos o literarios que denominan como protagonistas de la historia y aparecen sonrientes y comedidos o prepotentes en los medios de la incomunicación, la desinformación y la mentira institucionalizada. Algunas de sus obras más conocidas son Las voces del Estrecho (1999), La noche en que fui traicionada (2002), Guerra antifranquista (2002), Concierto en Sevilla (2003), Apócrifo de Luis Cernuda (2004), Jesús, el hombre sin evangelios (2005), Mañana, Cuba (2005) y Siglo XX. Tiempo de canallas (2006) y La caverna del Comunismo (2008).

Rafael de Cózar: Nace en 1951, en Tetuán (Marruecos). A partir de los once años reside en Cádiz, lugar donde inicia su actividad artística como pintor. En Cádiz participa en la fundación del grupo literario «Marejada». Se doctora en Filología Hispánica, y a partir de 1972 cambia su lugar de residencia a Sevilla, donde actualmente ejerce la labor de profesor titular de Literatura Española.
Es también miembro asesor del Centro Andaluz de las Letras así como de la Comisión de Ayudas a la Edición de la Consejería de Cultura (Junta de Andalucía). Entre 1982 y 2002 ha sido Presidente de la Sección Andaluza de la Asociación Colegial de Escritores de España. Como poeta es autor de Ojos de uva (1988), Entre Chinatown y Riverside: los ángeles guardianes (1987) y Poesía (1988) y Con-cierto visual sentido (2006). Es autor también de novelas como Motín de la Residencia (l978), El Corazón de los trapos (1996) que obtuvo el Premio Vargas Llosas y de libros de relatos, Bocetos de los sueños (2001). A parte de su tarea como escritor, ha sido director Literario de la Editorial «El Carro de la Nieve » y colaborador en diversos medios ( ABC , Informaciones , Diario 16 , Canal Sur). Ha recibido numeroso premios, entre los que cabe destacar, aparte del ya citado, el Premio Extraordinario de Doctorado (l985); Premio «Ciudad de Sevilla» para Tesis doctorales (l986) por la obra Poesía e imagen . Y ha sido finalista de los premios de poesía «Ricardo Molina» de Córdoba y «Rafael Montesinos» de Sevilla.

Juan José Téllez: Nació en Algeciras, 1958 y cursó estudios de Historia en Cádiz .Ha trabajado en Diario 16, en la agencia Efe, en la cadena Ser, ha escrito guiones para el "Loco de la Colina ", frecuenta los platós de Canal Sur y tiene un programa de radio sobre la inmigración, Bienvenidos , que le ha hecho merecedor de un premio Ondas. También ha trabajado en Europa Sur, que ha dirigido, en Diario de Sevilla y en Diario de Cádiz. Ha publicado seis libros de poemas entre 1979 y 2000: Crónicas Urbanas , Medina y otras memorias , Ciudad sumergida , Bambú, Daiquiri y Trasatlántico . También ha publicado varios libros de relatos, Territorio estrecho , Amor negro , El lobo pálido y Main street , así como diversos ensayos de corte periodístico: Moros en la costa , Paco de Lucía en vivo o Gibraltar, en el tiempo de los espías , entre otros.

Secretario: Ignacio García Alonso (Subdirector RD Editores)

domingo, 27 de julio de 2008

Joven caballero

Bla, ble, bli, blo, blu. Bla!. Blablá. Hace mucho, mucho tiempo, conocí una doncella. Desde la almena de la torre en la que estaba prisionera me gritó: “Caballero, los hombres hacen de las palabras que conocen sus inexpugnables castillos”.

Sorprendido por aquellas palabras, grité: “No se preocupe bella doncella, he venido a liberarla”. Desmonté, me quité la pesada armadura y escalé la torre dificultosamente. La doncella no estaba contenta de mi heroica acción, miraba mis ojos con odio de huérfana; desconcertado pregunté: “¿Qué pasa?, en tus ojos sólo veo odio. Arriesgué mi vida escalando esta torre, ¿acaso no deseabas ser rescatada? ¿No eres víctima de un hechizo? ¿Prisionera de un dragón?.”. Con más odio me miró, dijo enfurecida: ”Acaso no has escuchado lo que he dicho. No estoy en esta torre para ser rescatada. La he levantado con mis palabras, desde aquí veo el mundo sin necesidad de viajar en todas direcciones.” No respondí; avergonzado, herido en el orgullo, me fui.

Cabalgué largas horas a través de un hermoso valle, los margaritones alegraban mis ojos y el cielo mostraba su mejor rostro. “Buena señal”, me dije. Era un joven caballero, el desaire de una doncella no desanimaría fácilmente mi férrea voluntad. Abandoné el frustrante episodio en el laberinto de la memoria, y juré acudir al primer pedido de socorro sin vacilar.

Un poderoso castillo clavado en la cima de una colina, invitábame a probar mi valentía. El puente levadizo estaba bajo, las inmensas puertas de madera abiertas de par en par, un enorme foso vacío rodeaba a la construcción. Nadie me recibió, ni anunció mi llegada, deduje que el lugar estaba abandonado a causa de una peste, o de una invasión enemiga.

Desmonté en el patio principal dispuesto a explorar cada dependencia a pie, pero un grito misterioso me obligó a desenfundar la espada: “¿Quién eres?”. “Soy un caballero que ha jurado hacer el bien, ¿tú quién eres?.”, pregunté. Las puertas del establo crujieron al abrirse lentamente. Un hombre de un metro cincuenta de estatura, pelirrojo, barbudo, ojos vivos, vestido con una capa roja que envolvía todo su cuerpo, me sorprendió diciendo, “Inclínate ante el rey de Yolosé”. No cuestioné su pedido, arrodillado ante el pequeño hombre, besé su mano.

-¿Qué ha pasado con tu reino?- pregunté.
-Este es mi reino, ¿no lo ves?. Lo he construido con mis propias palabras desde los cimientos…
-Pero no hay súbditos, juglares, nobles… ¿y tu reina?
-Mi reina vive en su castillo. No necesito súbditos, nobles, ni juglares. No necesito sus palabras…
-No entiendo, ¿qué valor puede tener tú palabra si no la compartes con nadie? Eres el rey de un reino muerto…
-Joven caballero…mi reina, los nobles, los súbditos y los juglares han construido sus moradas…algunos tienen castillos y otros humildes casas. Todo depende de las palabras -contestó con impaciencia.
-Comprendo… pero eso no explica la soledad de este reino…
-¡Tras los muros de nuestras palabras juzgamos el mundo! -
respondió con fastidio, y señaló la puerta invitándome a salir de su castillo.

Me fui sin saludar, pensando en no regresar jamás. Una doncella que no quería ser rescatada, un rey sin reina, ni reino. Era demasiado. Sentencié porfiadamente que el día no culminaría sin que yo, Pedro Della Cabeza, realizara una buena acción.

El camino de la montaña era estrecho y tortuoso, cuando llegué al llano agradecí la fidelidad de mi caballo, ambos necesitábamos descansar. Caminé entre los inmensos robles de un bosque interminable, hasta que vi las chozas de lo que parecía un mísero poblado. Supuse que era acosado por un recaudador de impuestos. Me presenté ante el primer hombre que crucé, le propuse me diera albergue y alimento a cambio de mis servicios. Todos los habitantes del lugar me rodearon; el líder, un hombre robusto, de rulos negros como el carbón y mirada bondadosa, me dijo:

-No te necesitamos caballero.
-¿Por qué?, están vestidos con harapos, sus chozas son de paja. Este pueblo parece una aldea bárbara…
-Lo que ves es lo que hemos podido construir, el recaudador de impuestos nos quita demasiado oro por pocas…
-Pídeme que haga justicia, y le cortaré la cabeza, con el oro que ahorrarán levantarán una ciudad…
-No, joven caballero. Eso sería una locura, el recaudador a cambio del oro nos da las palabras, con las cuales construimos nuestros hogares. Somos ignorantes, si lo matas ¿quién nos dará palabras?, ¿tú? Otro recaudador vendrá…
-Pídeme que lo castigue para que el pago sea justo…
-Entonces, cuando te vayas, nos dará palabras vulgares, condenándonos a la ignorancia. Vete caballero, no hay lugar para ti…

Al borde de la ira caminé hasta un claro del bosque, encendí una fogata, pues el ocaso era inminente, quité todas las ataduras a mi fiel caballo y lo liberé dándole un chirlo en las ancas, enterré la pesada armadura al pie de un roble. En el centro del claro señalé el cielo con la espada y la clavé en el suelo gritando: “Me has engañado, de qué sirve ser un caballero errante, que por obra debe hacer el bien, si no hay doncellas que rescatar, reinos que salvar o campesinos que ayudar” Lloré abrazado a mi espada, una lágrima corrió por su afilada hoja hasta sumergirse en la tierra que había herido.

De la herida nació una dama blanca como la nieve, de rostro calmo y mirada celeste, desenterró la espada y dijo: “Joven caballero, nadie te ha engañado, toma esta flauta, ve de reino en reino, recitando los versos que tu corazón manda, y verás como en poco tiempo logras hacer el bien sin tu espada”.

Así fue, rescaté bellas doncellas de sus palabras, regalé cuanta palabra pude a los campesinos de todos los feudos, las distancias de un reino a otro se acortaron con mis versos y hasta los prejuicios huyeron.

Veglia