domingo, 23 de diciembre de 2007

La inercia de las no palabras

Indiferente a las voces externas, portadoras de frases inconexas, pedidos rutinarios, preguntas tendientes a desmenuzar el silencio, reclamos interrumpidos por un penoso vacío, Abel experimentaba un misterioso estado de excitación y angustia, habitual en los momentos en que se veía enfrentado a la incómoda interpelación de una hoja en blanco.
Su obstinada fe, o mejor dicho, su perseverancia caprichosa ante cualquier argumento racional que pusiera en tela de juicio esa seguridad absurda de conseguir trascender un instante de pánico y naufragar en un mar de impotencia, le transmitía cierta tranquilidad.
Al mismo tiempo que su cerebro, recorría el inextinguible repertorio de palabras, acumuladas durante horas y horas –quizás, media vida si alguien se tomara el esfuerzo inútil de contabilizarlas, yo no lo haré- de lecturas para comenzar a escribir y, así, superar el duro trance -sabrán disculpar la redundancia, ¿no?- de comenzar a escribir algo, estiró las piernas hasta por fin lograr una fugaz comodidad. La tos quejosa de un anciano, tapado por la voluminosa silueta de una mujer en pleno deleite gastronómico de un pebete de jamón con tomate, lo perturbó.
En realidad, le resultaba trabajoso discernir qué era exactamente lo perturbador. Todo se resumía a la irritante tos, no había dudas. Sin embargo, no podía obviar el malestar generado al levantar su cabeza y encontrarse con el patético cuadro, enfrente: la deglución obscena de un pebete.
El término obsceno parecía una exageración. Por lo general, se utiliza para referirse a otro tipo de situaciones, no ligadas a la sensación de asco como en este caso, sino con el firme propósito de establecer distinciones entre una conducta normal y otra desmedida. Un acto tan simple y natural, por ejemplo comer, supone la perfecta armonía del cuerpo y el espíritu, el control del instinto en pos del placer gustativo, reminiscencias de sabores pasados que convocan recuerdos.
Las sobras de medialunas, que Abel había dejado tras un lacónico -dos medialunas, por favor- horas antes de que el bar comenzara a atestarse de gente, los mozos debieran soportar pedidos incongruentes- sandwiches de miga con poca miga para no engordar- y que la humareda no llegara hasta su mesa, a unos metros de la caja registradora hacia donde, de vez en cuando, dirigía la mirada para perderse en los ojos soñados de esa chica o se contagiaba de sus bostezos.
Las medialunas, en el plato, mantenían latente la consistencia gomosa de su masa.
Ella, la chica que ahora mismo se debate entre el aburrimiento y el temor de cobrar de más algún ticket, se había acercado para retirarle el plato y Abel le había obsequiado un gesto desaprobatorio e incomprensible. Similar al que se puede recibir en ocasiones donde uno se apropia de lo ajeno. ¿Por qué esa reacción desmesurada frente a un acontecimiento insignificante? Pregunta molesta para un hombre acostumbrado a pensarlo todo.
Bastaba con un sencillo -déjelas, por favor, señorita - pero no. No. De acuerdo a los parámetros seguidos por Abel, la suya no sólo había sido una conducta anormal, sino que, además, podía considerarse obscena. Sin proponérselo, el vulgar gesto lo equiparaba al nivel de la devoradora de pebetes, despreocupada por la mayonesa, que se escurre por sus labios fucsia y cae en un hueco del vestido junto a restos de tomate. No encontraba una posición adecuada para sus piernas, demasiado largas, conflictivas desde su infancia, al extremo de privarlo en la calesita-por citar uno entre muchos otros casos- de sentarse en autos, aviones o helicópteros.

Debió conformarse con montar unicornios y burros en el lapso que duró su encantamiento por la calesita, antes de volcarse, en forma definitiva, a la lectura y, posteriormente, a la escritura. Y ahí se encontraba, abrumado por la hoja que seguía igual de blanca, a la espera de alguna frase inspirada, o comentario acerca de las medialunas que había cuidado con recelo.
No iba a comerlas, estaban gomosas. Peor entonces, la necesidad de deshacerse de ellas incrementaba su angustia. Hacia donde mirara, no encontraba otra cosa que gente comiendo, chorros de salsa vertidos sobre un plato de fideos, danzas de bandejas repletas con bebidas, tragos multicolores, desfile de comisuras sucias, donde los pedacitos de servilletas de papel quedaban impregnados.
Entre la bruma de humo incesante, que de a poco se estaba apoderando del lugar, todos parecían espectros. Solo en un mundo de espectros, lo escribió con desgano, poco convencido de decir algo interesante.
Lejos de encontrar alivio tras haber derrotado a la inercia de las no palabras, sentía, a partir de este momento, otra interpelación: la de la hoja escrita, por un tiempo inmaculada, suspendida en la eternidad de lo que pudo haber sido, un cuento, un poema, el prólogo de un ensayo sobre las medialunas, una carta de amor dirigida a la víctima del gesto censurable o el escueto trazo de un personaje abatido por el ojo acusador de quien lo creó. Dejó escapar un resuello. Una, dos, tres veces.
Veía todo más nítido: el bar era un inmenso teatro de marionetas entrelazadas por un hilo invisible que pendía del techo, sombras de movimientos repetidos sobre la pared, atravesadas por el grito prolongado de mil gritos. Solo en un mundo de espectros, atravesado por el grito de mil gritos, siguió escribiendo.
Secó su frente transpirada en medio de un desahogo sordo. Reparó unos segundos en la figura extraña que se había formado a raíz del sudor. Luego, intentó con todo el rostro. Apretó. La tela le devolvió una huella de sus facciones. Su boca, ésa era su boca, el resto no le pertenecía. Sorprendido del hallazgo, volteó sus ojos hacia la caja registradora. Ella estaba de espaldas. El pelo cubriéndole los omóplatos.
Movía los hombros para desembarazarse del hastío, presa en una jaula de vasos de cristal y botellas. Giró, de repente. Los brazos sueltos y sus ojos intensos, de un celeste intenso, relajado e irresistible. Un estallido de luz celeste alcanzó a Abel y el bar ya no era un bar. Se trataba de una playa donde Abel tampoco era Abel, sino un caminante errabundo a merced del dictado de la arena. La mujer obscena del pebete se había vuelto una niña, al borde del éxtasis con un helado derretido, los cachetes manchados como su vestido de lunares blancos, deslumbrada por el carraspeo de las olas. La arena quemaba. Pero qué importa, el errabundo seguía embelesado con los anillos de espuma, que reposaban en la orilla y, al desaparecer las olas, el celeste intenso de los ojos del mar había borrado la playa, la nenita del helado, todo.
Menos el anillo de espuma blanca, que ahora rebalsaba en la orilla de un chop de cerveza fría para la mesa cinco. “Solo en un mundo de espectros, atravesado por el grito de mil gritos entre la espuma del mar celeste e irresistible”, agregó a la hoja en blanco, con la tranquilidad de haber derrotado a la inercia de las no palabras.

Pablo Ernesto Arahuete

domingo, 25 de noviembre de 2007

El Viaje definitivo... La fuerza de todo lo que existe

Como un puma que descansa en el hueco de un árbol, que frunce el ceño y contempla con la desdicha melancólica del desafortunado, entre pastos largos y gotas de rocío salado. Arturo Kepec se reconocía en un puma, en esa mirada atónita que atraviesa, intensa pero sin fijeza.

Nunca en su vida había sufrido un ataque de tal melancolía. Una tristeza horizontal, sin fundamento preciso. Una mezcla de añoranza pura por aquellas zonas profundas que develan la existencia y un absoluto horror de su escalofriante soledad.

Podía pasar extensos periodos de embotamiento ensimismado en la presicion de su conciencia. Intentaba descifrar algo vedado: un secreto desarrollado en las condiciones más inhóspitas, un cifrado jeroglífico aturdido.

Arturo Kepec estaba sentado desde hacia tiempo y dejaba que el fluir determinase su estado, permanecía esperando el resplandor de la conciencia que le acrecentase la visión. Estaba decidido a pelear contra todos los enemigos que se cruzasen y a morir si era necesario.

Había elegido la guerra y ya no le quedaba otra opción que pelear como un buen guerrero contra los embates fraudulentos de la soberana cruel que reinaba en los corazones frágiles. En la vida de los guerreros es algo natural estar triste sin ninguna razón aparente. Se presiente el destino final cada vez que uno rompe las fronteras de lo conocido: vislumbrar la eternidad es suficiente para romper la seguridad.

Sabía que necesitaba de todo su caudal energético para atravesar el umbral de lo conocido y adentrarse en otras aguas. La única manera de lograrlo era destruir los hábitos innecesarios. Este mecanismo liberaba a su conciencia de la absorción de si misma y le brindaba libertad para enfocarse en otras cosas.
Poco a poco fue desprendiéndose de su importancia personal. Cada vez las cosas le afectaban menos. Su máximo deseo era adentrarse hasta el meollo y poder contemplar con la serenidad de la visión esa voz debeladora del misterio humano. En muchas ocasiones mientras estudiaba sus procedimientos, su pensamiento se desviaba y retornaba a cierta lógica fraudulenta que le hacia ver su excentricidad, su locura nominal y absurda, su carencia de utilidad, su proyecto desmesurado y cómico.

Poco a poco fue desprendiéndose de este hábito, ya casi lograba con total facilidad transportarse hacia una zona donde su pensamiento corría el velo de la ordinariez. Kepec tenia almacenada la energía necesaria como para captar lo desconocido, mediante una serie de practicas, formulas inescrutables, encantaciones y largos procesos que tiene que ver con el manejo de una fuerza muy particular, una fuerza que se encuentra presente en todo lo que existe.

El misterio de esta fuerza fuel el que le hizo crear sus practicas secretas. El conocimiento de la tierra tenia que ver con todo lo que se encuentra en el suelo. Había series particulares de movimientos, palabras, ungüentos, pociones que se aplicaban a personas, animales, insectos, árboles, plantas pequeñas, piedras y todo lo demás.

Arturo Kepec estaba sentado desde hacia tiempo. Su rancho es grande, caleado, oscurecida la paja del techo. Un patio de tierra mal afirmada, perros flacos, un puerco, gallinas, patos. Trozos de alambre, madera. Aparecen las estrellas, Arturo acomoda los troncos y el fuego crece. Saca un pedazo de tela de su morral, lo desenvuelve y acomoda la tela abierta en la tierra; toma dos de las semillas y las suelta dentro de un jarro metálico agregándole agua que hervía en una caldera al fuego. Luego bebe la infusión de un solo trago. Otra de las semillas la entierra un dedo y la última la traga sin masticar. Se escucha el alarido de un cerdo y un rayo atraviesa el cielo partiéndolo al medio provocando un fogonazo de luz.

Arturo Kepec bate el parche de cuero de zorro tensado sobre el tronco hueco de un ceibo. Borro todos sus pensamientos, el asunto consistía en no pensar en nada. Dejo vagar su mirada sin enfocar ninguna parte. En el lugar donde había enterrado la semilla comenzó a brotar un tallo ni bien el agua de la lluvia humedeció la tierra. Arturo Kepec había aprendido que el agua no solo era la fuente de la vida, sino también humedad y fluidez. La humedad del agua humedece o empapa, la fluidez del agua mueve: “El agua nos fue dada no solo para la vida, sino también como la conexión, como el camino a otros niveles”, esas palabras resonaron en su memoria como un latido del pasado.

Del tallo creció una Bromelia, y la Bromelia comenzó a llenarse de agua, de esa acumulación apareció un sapito negro con manchas rojas. Todo el proceso ocurría con aceleración, era un proceso natural acelerado por la magia de las circunstancias.

El cuerpo de Arturo Kepec tembló, se sacudía de pies a cabeza. Lentamente logro controlar su temor. Sentía una fuerza incontenible que lo apretaba. No sentía dolor, ni siquiera angustia. No sentía nada, pero sabía que no podía romper el apretón de esa fuerza mediante un acto de voluntad o fortaleza. Sabia que se estaba muriendo… levanto la vista automáticamente para mirar al cielo y en ese instante dos gotas cayeron sobre sus ojos abiertos, el sapito salto en el aire y paso por sobre su cabeza, alcanzo a oír una voz que le decía: “Nuestros ojos son las llaves que abren las puertas de lo desconocido, contemplar el agua permite que tus ojos abran el camino”.

Cuando el sapito desapareció por detrás de su cabeza, la lluvia amaino y la fuerza lo soltó. Estaba libre. Arturo Kepec se levanto y camino en silencio. La fuerza que lo envolvió fue tan poderosa que durante varias horas después, quedo incapacitado para hablar, incluso para pensar. Lo había congelado una total ausencia de voluntad.

“No hay nada mas solitario que la eternidad” pensó Arturo Kepec tiempo después recostado sobre unas mantas en su rancho. Poco a poco iba calentándose y emergiendo una nueva luz en su interior, una especie de fuego que lo mantenía presente. “Nada es mas cómodo que la condición humana”, este pensamiento le sobrevino al vuelo, no era suyo; podía darse cuenta de que una pequeña corriente electrizaba su atención y la dirigía a una zona desconocida. En ese momento pudo vislumbrar con total certeza la razón de su tristeza, era un sentimiento recurrente en él, algo que siempre olvidaba hasta el momento de enfrentarlo de nuevo: la insignificancia de la humanidad. Alguien raspaba la puerta, Arturo Kepec se levanto y fue a abrirla dejando entrar a su perro negro. Agrego unos troncos mas al fuego y se acomodo en las mantas, el perro hizo lo mismo junto a el. El fuego ardía. La luna afuera colgaba del cielo y alumbraba con su mágico resplandor.

Shoters

viernes, 2 de noviembre de 2007

Ensueño del no vacío


Sí... El escepticismo nos llevó a desdeñar las advertencias de la mujer astral, la de los cabello de flama, cuando por primera vez tuvo sueños nocturnos.

En mitad de este sueño desperté de repente, más solo desperté para adquirir el convencimiento de que estaba soñando…

De haber estado atento a esos sueños llenos de presagios, esto no nos hubiera ocurrido. …Y era preciso que soñando siguiera. So pena de sucumbir, al modo que el sonámbulo necesita seguir soñando para no desplomarse.

Es por eso que ahora estoy aquí, montando estas extrañas escaleras de metal, que me devuelven en contra de mi voluntad a espacios iguales a los anteriores.
En sus visiones, nos hablaba de un eclipse del tiempo, donde en un cielo despejado se veía a la luna rodeada de un triple halo:

“El primero era de un color amarillo”
“El segundo era verde oscuro”
“El tercero era como una humareda gris”.


Hubo que verla el séptimo día, del séptimo mes, trepando la colina de las siete grutas, donde las ancianas sibilas develarían a través de su boca las visiones.

Hubo que verlas encaramadas sobre el trípode profético, desplegando con sus tortuosas y arrugadas manos las tablas astrológicas, pariendo las profecías:

“Sobrevendrá un tiempo….Los patriarcas han de disparar sus herméticos discursos adormecedores y aún cuando hablaren de paz y seguridad sobrevendrá de repente la ruina. Los guardianes tomarán por asalto el “vacío”, erigiendo en su lugar enormes pabellones repletos de abalorios y domesticarán a las gentes sin poder pensar, como en sueños posarán sus miradas sobre todas las cosas, buscando una facilidad momentánea, extremada sobre todo lo que les ofrecen, renunciando a la imaginación; le darán la espalda a los bosques, a los mares; olvidarán sus lecturas, sus viejas luchas. Todo se quedará quieto como sin tiempo”.

Hubo que ver, cuando ese día del día del que ya nadie recuerda su color llegó, como con indiferencia nos encogimos de hombros, volteando nuestras cabezas.

Hubo que ver, entre el polvo de los escombros, desaparecerían los antiguos lugares que solíamos frecuentar en compañía de nuestros amigos, olvidando nuestras charlas llenas de ideales….. ¿Cómo juzgar el miedo de los que nos dejamos vencer? Si en vez de modernos San Jorges, que hiriéramos el tiempo fatal, nos quedamos fascinados por el asombro, al descubrir en su lugar desmesurados edificios, como murallas oníricas almacenes de ramos generales invitándonos libremente a entrar.

Ya nada queda por hacer, si es que algo queda por hacer.

Sin moverse desciendo por peldaños hechos de aire, contemplo seres de rostros iguales deambulando por los pasillos, deteniéndose frente a los escaparates repletos de abalorios para un uso futuro con los ojos llenos de vértigo.

Asusta saber que no ha de hallarse una salida. Los colosales ventanales espejados devuelven la abominable faz de un cíclope, abajo una ciudad desolada sin arrabales.

La aurora, descubre en los umbrales, niños dormidos con los puños apretados.

Mis ojos erráticos giran sin finalidad por estos corredores de espacios indecisos y me pierde en galerías transparentes.

Carlos González

domingo, 14 de octubre de 2007

15-10-07: Apoyo a Blog Action Day

Ingresa a http://www.youtube.com/watch?v=WfO8mGjXoe8 y mira el vídeo de BLOG ACTION DAY sobre el "Medio Ambiente".

Apoya la iniciativa a través de tu Blog este 15 de octubre. Informate en http://blogactionday.org/es.

También están con esta cruzada los Blogs de "Ferrante Kramer, el "Peruano Dorado", y el de la "Fundación Ferrante Kramer".

Gracias.

De pestes, moscas y sombras - Última Parte

Así fue que de súbito se levanto de la vereda donde yacía sentado y pensativo. Una vez incorporado comenzó a andar por la calle mirando el cielo gris, mirando los rostros de la gente que ni siquiera se percataba de su presencia. Pestes caminaba alegre delante de él oliendo cuanta cosa encontraba.

Unas calles adelante se peleó con un perro que andaba por ahí husmeando por donde no debía, salió victorioso por supuesto, con aires de ganador llevo a su boca el hueso que obtuvo por su gran labor boxística. Durante el mediodía y la tarde siguieron así, tranquilos y sin mayores sobresaltos.

Cada uno en sus menesteres. Observando como el mundo podía marchitarse o encontrarse en el mayor esplendor, solo con un simple accionar de sus propias vidas.

Pero aún las preguntas que estaban por resolverse se hallaban en su cabeza. Giraban al igual que las moscas de Pestes alrededor de él. Miraba de reojo al perro esperando que algo sucediese, algo sombrío por supuesto. Pero nada pasaba, nada de lo que podía esperarse, inclusive había salido el sol, en un día que no podía esperarse que saliera el sol. De todas maneras esto reconfortó a los caminantes, ya que el hecho de que saliera el sol solo podía significar una cosa: menos frío. De una manera u otra la preocupación igual persistió dado que también el hecho de que hubiera más sol significaba más sombras…

En el momento que menos me lo esperaba, Pestes desaparece. Lo último que había sentido de él fue que se había escurrido a través de mis piernas para luego desaparecer de mi vista. Yo me había detenido a observar como una muchacha de hermosas piernas cruzaba la calle y luego descubría que además tenía muy lindos ojos; fue en ese momento que busque la mirada cómplice de mi fiel compañero, pero no lo encontré.

La duda y la desesperación atacaron mi alma repentinamente como un baldazo de agua fría. Miré en todas direcciones sin poder encontrarlo, y para colmo la cantidad de gente que había salido a la calle había aumentado significativamente una vez que salió el sol. Me encontraba demasiado nervioso para continuar la búsqueda, casi sentía que podía desmayarme. Lo cierto es que no había comido aún y esto empeoraba mi visión, la cual se perdía en el tumulto de gente. Buscaba por todos lados, miraba hacia todas direcciones y no podía encontrarlo. Pestes solía desaparecer, pero esta vez no era lo mismo, yo sabía que podía ser que no lo vea más.

Caminaba con cara de desesperación, moviéndose con rapidez, mirando todos los rostros, con su boca abierta tratando de sacar algo más del húmedo aire que podía hallar, giraba para un lado y para el otro, hasta finalmente decidió quedarse quieto donde estaba. Se sentó. Media lengua afuera y un respirar rápido y agitado. Hasta que finalmente, comenzó a mover la cola rápidamente, estaba tan contento que salió al encuentro feliz con su dueño que también corrió hacia él. Fue un momento de felicidad para ambos, pero más para su dueño, quien tenía en consideración los hechos ocurridos ese mismo día más temprano. La cara de felicidad de ambos podía ser vista desde cualquier rincón de la ciudad.

Pestes movía su huesuda cola para un lado y el otro. Su dueño, miraba de reojo con felicidad parado de costado a ese perro, hasta que una alegría le inundo el alma repentinamente y finalmente se decidió a abrazarlo, sin importarle las consecuencias de dicho abrazo.

De que me reía en ese momento, ni yo mismo podía explicarlo. De que estaba feliz, tampoco. Pero sabía de alguna manera que algo de lo que había pasado esa mañana no tenía explicación, sabía que no se trataba de hechos comunes. Pero aún seguían ocurriendo situaciones inesperadas e impensadas.


Ahora mirando nuevamente a Pestes, este había perdido la totalidad de sus moscas. Esto me preocupo mucho. ¿Qué significaba este simple hecho? ¿Qué sería de Pestes sin sus moscas? ¿Qué sería de mí sin mi Pestes? Seguramente sería un vagabundo errante que andaría buscándolo por aquí y por allá, tal cual seguramente Pestes estaría buscando a sus moscas cuando lo había perdido, pero de todas maneras, lo que me sorprende es que haya detenido su búsqueda. Yo en su lugar no hubiera dejado de buscar.

Pero la respuesta ante este pequeño dilema me sale al paso rotundamente, el perro es mi fiel compañero, y podrá vivir sin sus moscas, pero no podrá vivir sin mí. ¿Quién lo alimentaría sino? ¿Quién se encargaría de jugar con él? ¿Quién le contaría las moscas…? Pero ya no más, Pestes estaba liberado de las moscas y ahora me tocaba el turno a mi -según me lo había develado la sombra- de liberarme de Pestes.

Encontraba ese sentimiento como algo perturbador en su interior, algo que lo hacía regocijarse y al mismo tiempo le empeñaba una dura sanción de tristeza. No encontraba explicación a ello, no hacía falta, cada minuto era muy importante, ya no había demasiado tiempo para pensar. El final de la tarde comenzaba a llegar y las sombras eran cada vez más largas, la noche se acercaba y el frío volvía de a poco a tocar suavemente los huesos.

Continuó caminando por la ciudad con su carro y su perro correteando alrededor de él. El corazón latía distinto, se sentía más de lo que lo sentía de costumbre. Lo único que podía pensar es que se trataba simplemente de un juego de su cabeza, otra artimaña que lo preocupaba y lo sacaba fuera de sus pensamientos por un rato. Con rudeza lograba conseguir sobreponerse y seguir adelante con sus pensamientos y preocupaciones. Ahora caminaba por un barrio, miraba las casas, todo le parecía muy familiar.

Cada centímetro de la calle era mío. Siempre lo sentí así. Iba por la calle sabiendo a donde mis pies iban aún sin mirar el suelo, aún sin tener un destino. Sabía donde estaba parado, sabía hacia donde ir. Pero todo era una simple mentira que jugaba en mi cabeza para sentirme dueño aunque sea de algo, aunque sea del dulce sentimiento de que esa sucia calle me pertenecía. Esa calle, ese barrio, eran míos. Hacía mucho que no lo visitaba. Tenía esa sensación. Tenía la sensación de estar volviendo a un lugar que realmente me pertenecía. Conocía los pozos de la calle. Conocía los frentes de las casas. Y este simple sentimiento comenzaba a atormentarme, aún mucho más que el mensaje de la sombra aquella mañana, aún más que la desaparición de las moscas de Pestes…

Caminé esa larga calle y al llegar a la esquina miré hacia el interior de una de las casas, podía ver que había gente en ella, aún no habían cerrado las ventanas, pero el sol ya se estaba escondiendo y la luz del interior debelaba lo que ocurría dentro. Me quede parado, mirando. Al rato alguien se asomo, un niño que al verme huyó asustado, como buscando a alguien a quien contarle que había visto a algo tenebroso.

Al poco tiempo, apareció una silueta de una mujer, una sombra que al ir acercándose a la ventana comenzaba a hacerse más clara. Me miró a los ojos. Se tapo la mano con la boca y comenzando a llorar corrió la cortina y cerro la ventana no dejando que se pudiera seguir mirando en el interior. Esto lógicamente me tomó por sorpresa. Me llenó de angustia. No pude más que seguir caminando lentamente. Alejándome de aquella esquina que me traía recuerdos desde algún lugar de mi interior, que me hacían sentir nostalgia de algo que no podían ser más que preguntas.

Guiado por su humilde amigo, lo siguió calle abajo, y luego calle arriba. Inmutado por el ruido de los pájaros que ahora iban despidiendo el día. Su abatimiento era cada vez mayor. Pero su alma estaba aún mejor. Sentía que se hacía más liviano, que todos los sucesos de aquella tarde tenían un porqué, y lo que se avecinaba con las ultimas gotas de luz de aquella tarde no era nada más, ni nada menos que algo tan inevitable como apacible. Y así, con los últimos rayos del sol, aparecieron más y más sombras, todo empezaba a ser sombra.

Y el día, en un último intento por sobrevivir, abrió el cielo y el sol se agigantó de una manera inexplicable. Hacia allí fue él, sediento de luz y de paz. Comenzó a ver de repente todo con mucha claridad, sentía que el cuerpo le iba pesando menos, que sus pies se alejaban del suelo y veía que se alejaba de Pestes, que lo miraba con los mismos ojos de alegría de siempre. Ahora ya todo lo que la sombra le había dicho tenía sentido, no se iba Pestes, se iba él.

Recordó entonces quién era esa mujer, a quién pertenecía esa casa y a quién pertenecía esa profesión. Se sabía como un hombre de leyes, y ahora vivía en la calle. Recordó a quien pertenecía esa sombra. Recordó a quien pertenecía esa peste, a quien pertenecía ese resultado. Cayó en la cuenta de que todo había terminado, porque alguna vez todo había comenzado. Un día partió y hoy pudo volver, para dar con su mirada, un último adiós a aquellos que lo amaban.

Adiós Pestes…

Leandro Will



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